Ronaldo Veitía: Las mujeres son como un crucigrama

A solo diez días de iniciarse en Róterdam, Holanda, el Campeonato Mundial de Judo, JR dialoga con el carismático entrenador de la selección femenina cubana

Autor:

Juventud Rebelde

Mi entrevistado, usted lo sabe, no tiene tipo de atleta. Es más, parece el antihéroe de cualquier historia sobre el tema. Sin embargo, le sabe una barbaridad al deporte. También a las mujeres, porque lleva casi 25 años trabajando con ellas.

Me recibió en el oscuro salón de judo del Cerro Pelado, donde se tejen muchos sueños desde la nada. Nos sentamos en un rincón del tatami y de vez en cuando el diálogo cesaba porque Veitía comenzaba a dar gritos: «Afloja», «Muchacha, no te quedes ahí, date vuelta», «¿Qué pasa, niña?».

«Pregunte, periodista, que si no estaremos aquí todo el día», me dijo al fin.

—Tengo entendido que usted siempre fue gordito. ¿Entonces llegó por casualidad al deporte?

—Cuando era niño, en el Cotorro apareció un profesor que empezó a dar judo y enseguida me gustó aquello. Es verdad que siempre fui grueso, aunque no tanto como ahora (se ríe). Practicaba con un short y una camisita y la gente se reía de mí. «Quema, me decían». Hoy muchos de aquellos burlones me tienen sana envidia. Es que en la vida uno está predestinando para algunas cosas.

—¿No le molesta que lo apoden «el Gordo»?

—No, aunque para decirme «gordo» hay que tener amistad conmigo. Nadie me puede estar diciendo eso porque sí. Mucha gente me pregunta hasta cuándo voy a engordar y les respondo algo sencillo: mientras haya ropa que me sirva, camas que me aguanten y mujeres que me quieran, no tengo problemas. Mi vida está hecha y no me preocupa presumir. No tengo nada que demostrar.

—¿Cuánto pesas ahora?

—¡Oh!, por lo bajito unos 187 kilos.

—¿Eres un hombre realizado?

—Voy a decirte algo: yo tengo una serie de reflexiones apuntadas en libretas que algún día pienso publicar. Una de ellas me gusta mucho. Te la leo: «he podido tocar mis sueños y debo cuidarlos, porque mucha gente los quiere volver pesadillas». ¿Ves? Yo sí me siento feliz y realizado. Pero mis éxitos son también los de un gran colectivo. Tenemos 48 medallas mundiales y 14 campeonas del orbe. Igualmente, 22 medallas olímpicas y cuatro mujeres que han subido a lo más alto del podio a ese nivel. Todo eso sin contar los despojos, pues el arbitraje no concibe que un equipo del Tercer Mundo tenga resultados similares a los de países poderosos.

—¿Es muy difícil trabajar con mujeres? Yo tengo una en mi equipo de periodistas que es un amor. Pero si tuviera tres…

—Así mismo (se ríe). Yo trabajaba con varones hasta que en 1984 me pusieron al frente de las muchachas. En ese mismo año obtuve mi primera medalla panamericana y ello fue como una revelación. Las mujeres son, y esta es otra reflexión mía que aparece en la libreta, como un crucigrama: cuando tienes las letras horizontales te faltan las verticales. Nunca están completas, son impredecibles. Frío por la mañana, buen tiempo por la tarde, y así sucesivamente. Claro, eso las hace interesantes.

—¿Qué buscas en las muchachas?

—Busco atletas que se interesen de verdad por el judo, porque este deporte se te mete adentro como un bichito. Ya cuando lo tienes inoculado, muere cuando mueres tú.

—¿Cómo las captan?

—Un compañero del colectivo asiste a las competencias escolares y ahí seleccionamos a las muchachas con condiciones para integrar el equipo nacional. No obstante, casi todas pasan primero un tiempo en la Escuela de Formación de Atletas de Alto Rendimiento Giraldo Córdova Cardín, donde van madurando poco a poco y pulen su entrenamiento. Es un trabajo de orfebrería.

—Si Veitía se va de vacaciones…

—(Me interrumpe) Tengo muy pocas vacaciones.

—Correcto, pero supongamos que se fue de vacaciones, ¿cómo sería un día de Veitía fuera del tatami?

—Primero, yo hago coincidir mis vacaciones con las de mis atletas. No es una pedantería, pero pienso en el judo y hablo de judo hasta después de hacer el amor. Mi esposa sabe que esa es mi gran pasión. Te leo otra reflexión: «El judo es mi novia, y no la hago mujer porque la necesito siempre virgen». Por lo demás, soy muy casero, me quedaría en mi cuarto oyendo música, viendo películas, o estaría sentado en mi patio, que es muy bonito.

—¿Sigue viviendo en el Cotorro?

—Sí. De ahí no me voy. Soy hijo ilustre del Cotorro y también de Ciudad de La Habana.

—Ahorita aludió a su esposa. ¿Puede hablarme sobre su familia?

—Tres de mis hijos se ligaron al judo. Uno es profesor aquí en Cuba y la hembra también tiene cinta negra. El tercero es jefe técnico del Club Valencia, que está entre los mejores de España. Afuera tengo otro que vive en Argentina.

Con mi esposa llevo como 32 años. El secreto lo tiene ella, porque yo a veces me miro en el espejo y no sé cómo ella puede soportarme tanto. El tiempo te ayuda a valorar las cosas que tienes en su justa medida. Así, sin abandonar la fogosidad de los primeros tiempos de relaciones, hoy la quiero más, porque tiene historia, ha sido capaz de aguantar mis pesadeces, de apoyarme, de disfrutar mis alegrías y llorar mis decepciones en el trabajo. Siempre digo que ojalá yo desaparezca primero si llegase el momento, porque no aguantaría su ausencia.

—Mencionó decepciones en el trabajo. ¿Se arrepiente de alguna decisión que haya tomado?

—Los momentos de decisiones no son de titubeos, y cuando defines algo después no te puedes arrepentir. Yo siempre he valorado muy bien las cosas antes de hacerlas, he analizado con profundidad, he tenido noches sin dormir. Por ello no me reprocho ninguna de las decisiones que he tomado. Al final, casi siempre la vida me ha dado la razón.

—¿Algún momento de especial significación dentro del deporte? ¿La medalla más disfrutada?

—No me gusta hablar sobre eso porque realmente todas las medallas que tengo son valiosas. Sin hacer mucho esfuerzo, recuerdo la de Castillo en Beijing 2008, por la coyuntura en que se dio. También la de Amarilis Savón en Atenas 2004 y las de Daima Beltrán. Curiosamente, todas esas fueron de plata, pero ya te hablé del arbitraje. Para mí valieron oro.

—Generalmente, en Cuba los entrenadores reciben más palos que aplausos, sobre todo los de béisbol. Sin embargo, en su caso no ha sido así, pues la gente lo ha puesto en un altar junto a otros como Eugenio George, Alcides Sagarra y Santiago Antúnez. ¿Qué le parece eso?

—Me siento muy honrado cuando me comparan con estrellas como Eugenio, Alcides o Santiago. Ellos han hecho una historia tremenda y me quito el sombrero ante sus resultados. A mí me entregaron un título, firmado por el Ministro de Educación Superior, donde se reconoce la labor pedagógica que hemos realizado en el equipo nacional. Ese día me sentí importante y casi admito que algo hemos hecho, modestamente.

—¿Cuál ha sido el secreto para tantos éxitos?

—El secreto, si lo hay, es el estudio constante, la dosificación, la planificación y la cientificidad que utilizamos en los entrenamientos. Por ejemplo, cuando nuestras atletas van a los Grand Prix, su primera tarea es observar a los contrarios del área. Nosotros hace mucho tiempo que dominamos en Centroamérica y el Caribe, y desde el año 87 no hemos perdido tampoco en los campeonatos Panamericanos. Pero no podemos bajar la guardia.

Contamos con un gran profesional en psicología, el doctor Antonio Martínez Mesa, quien antes estuvo con la natación. Su trabajo hace énfasis en la parte más importante, la disposición y el coraje, que son los atributos fundamentales de las atletas cubanas.

—¿Recibe el judo todo el apoyo que necesita?

—Con todos los resultados que hemos tenido, no se nos ha priorizado como merecen nuestras atletas. A veces es difícil hablar de estrategia o de táctica cuando faltan cosas fundamentales para el entrenamiento. Y no creas que son demandas inalcanzables, hablo del agua para bañarse, una compañera que vele por la limpieza, etc. Tampoco nos han aprobado todas las competencias necesarias, principalmente los campeonatos mundiales juveniles. Por eso han sucedido cosas absurdas como que Yanet Bermoy fue titular del orbe entre mayores y luego entre juveniles, cuando debió ser al revés.

Recientemente, para no ir demasiado lejos, Idalis Ortiz ganó el bronce en los Juegos Olímpicos de Beijing y luego no pudo asistir al campeonato mundial juvenil, donde tenía enormes posibilidades de ganar. Sin embargo, otros deportes sí participan en eventos de esa categoría. No me gusta hablar del vecino, pero hay cosas que no se entienden.

—¿Ser famoso le ha cambiado la vida?

—Ser popular, prefiero llamarlo así, me obliga a tratar de hacer las cosas bien. A veces yo voy manejando y cuando me paro en un semáforo veo que la gente me mira. Entonces tomo precauciones para que después no digan: «Veitía anda acabando por ahí. Se ve que él puede hacerlo». Nada de eso. Tengo un compromiso con el pueblo.

—¿Qué lecciones le ha dado su vida ligada al deporte?

—Me ha enseñado que la disciplina y el autocontrol son cualidades esenciales, porque con ellas se alcanzan grandes cosas. Lo otro es la pasión. Así se apuntalan los valores. Uno lucha por lo que cree. No es lo mismo competir por su Patria que por un club. Es la diferencia entre compartir la vida con alguien de quien estás realmente enamorado, o con alguien que te da ciertos placeres. Estos últimos son importantes, porque la vida es una sola, pero al final no deciden. Tristemente, mucha gente no llega a descubrirlo nunca.

—¿Algo se le escapó de las manos?

—Los embutidos son mi perdición. Jamón de pierna, lomo ahumado, ¿qué me dices? Aquí los médicos ya me tienen más o menos controlado y yo le pido a Dios mucha salud. Sin embargo, un día me tengo que morir y para entonces quiero haber disfrutado la vida a plenitud.

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