¿La burbuja infalible?

El solitario título conquistado por el Real Madrid en la actual temporada pone en entredicho su peligroso modelo de gestión

Autor:

Raiko Martín

En una temporada marcada por los «cuatro clásicos» del fútbol español, el FC Barcelona consiguió su tercer título de Liga en forma consecutiva, y como si no fuera suficiente reconquistó la Liga de Campeones, perdida hace un año.

Una vez más el arrollador paso de los azulgranas echó por tierra las aspiraciones de un Real Madrid que sigue sin rentabilizar un modelo de gestión basado en contrataciones multimillonarias.

Apenas el triunfo este año en la final de la Copa del Rey frente a su eterno «enemigo» fue un bálsamo en las heridas de la entidad blanca, que también encontró algo de consuelo con el avance a las semifinales de la Champions por primera vez en los últimos seis cursos.

A los ojos de una afición extremadamente exigente y acostumbrada a grandes triunfos, la cosecha ha sido pobre. Y no son pocos los que se cuestionan la pertinencia de gastar 250 millones de euros en fichajes, de traer al técnico mejor pagado y más polémico del momento, si ha sido insuficiente para destronar al más extraordinario Barcelona de la historia.

Contrastes

El estallido de la más reciente crisis económica mundial hizo estragos en todos los aspectos de la sociedad, y el deporte no fue la excepción. Pero mientras algunos de los «grandes» como la Fórmula 1 tuvieron que ajustarse el cinturón para hacer frente a la debacle, el fútbol prosiguió su paso triunfal en términos monetarios.

Al desatarse la tormenta financiera, Max Mosley, ex presidente de la Federación Automovilística Internacional (FIA), alertó que los grandes constructores sufrirían para seguir compitiendo cuando sus empresas fueran golpeadas por la crisis, y el tiempo no tardó en darle la razón.

De los seis constructores que competían en la F-1 en 2008, solo Mercedes Benz y Ferrari lograron capear el temporal. El resto abandonó el barco o se vieron obligados a vender parte de sus equipos para sobrevivir.

En contraste, el fútbol disparó sus ganancias durante la turbulencia, según se desprende de un informe elaborado por la firma consultora Deloitte. El estudio ilustra cómo los mejores 20 clubes de fútbol generaron un récord de 4 300 millones de euros durante la campaña de 2009-2010, lo que representó un incremento del ocho por ciento con respecto al período anterior.

La gran referencia de esta cofradía de élite sigue siendo el Real Madrid español, que con su particular modelo de gestión, encabezado por el empresario de la construcción Florentino Pérez, escaló hasta los 438,6 millones de euros en ingresos sin apenas conquistar uno de los títulos disputados en ese curso.

A contracorriente

A pesar de las impresionantes cifras, todo no ha sido color de rosa en el negocio del fútbol. Mientras que otros equipos con similares ingresos que el Real Madrid han apostado por la cautela, la entidad de Chamartín ha nadado a contracorriente, combatiendo la recesión con gastos.

La segunda etapa de Florentino al frente del club «merengue» se inició con las astronómicas contrataciones de Cristiano Ronaldo y Kaká. Para ello, el empresario madrileño consiguió dos créditos de 75 millones de euros provenientes de los bancos Santander y Caja Madrid, respaldado uno por el contrato de cesión de los derechos audiovisuales de la Liga y el otro por los abonos del estadio Santiago Bernabéu. Solo cien millones de euros en efectivo fueron invertidos por el club en las rutilantes incorporaciones.

La estrategia parece a simple vista arriesgada teniendo en cuenta su similitud con elementos que generaron la actual crisis financiera: compra de activos a un elevado precio y sin garantías, y gran endeudamiento. Pero el «mandamás» de los blancos lo justificó con una lapidaria frase ante sus colaboradores: «Los necesitamos como el comer».

A lo largo del segundo mandato el emprendedor madrileño ha manejado la institución como una empresa generadora de contenidos. Su imperio ha estado basado en la contratación de jugadores-gasto, como Benzemá, Di María o Xavi Alonso, y de jugadores-inversión como CR7. Los primeros solo juegan bien al fútbol y consumen capitales, y los segundos —los más escasos sobre el césped— juegan muy bien y además generan beneficios captando la atención de grandes audiencias y convirtiéndose en símbolos sociales.

La dinámica ya fue probada durante el primer «Florentinato», con la contratación del portugués Luis Figo, proveniente del Barcelona. Eran tiempos de bonanza y el Madrid pasó en poco tiempo de ingresar cien millones y tener pérdidas por unos 30 millones, a generar 300 millones y revertir en igual cantidad sus números negativos.

Para enfrentar ahora con éxito el colosal endeudamiento, el Madrid necesitará ingresar unos 500 millones de euros anuales. Desde la presidencia se vive la obsesión de superar la cifra en el 2013, aunque Florentino calcula que 450 millones serían suficientes para pagar los intereses de la deuda. La riesgosa adquisición de sus «estrellas» le ha permitido renegociar al alza todos los contratos de patrocinio y publicidad y colocar a la institución cada vez más cerca de cumplir sus objetivos económicos.

Pero en la parcela deportiva los números siguen en rojo, y nadie puede asegurar hasta cuándo. Otra cosa son los riesgos a largo plazo que pueden generar tales derroches. Y la alarma no ha dejado de sonar.

El grito en el cielo

La historia del fútbol en el Viejo Continente cambió radicalmente en 1995, cuando el Tribunal de Justicia de la Unión Europea dictó sentencia en el litigio entre el futbolista belga Jean Marc Bosman con su antiguo club, el RFC Lieja.

Desde entonces, muchos jugadores dejaron de ser extranjeros por poseer nacionalidades de países de la Unión, y los equipos tuvieron más libertades para «burlar» el sistema de cuotas que solo permitía alinear a tres foráneos por juego y mantener cuatro en la plantilla.

Los mayores beneficiados con la llamada «Ley Bosman» fueron los clubes más ricos, pues comenzaron a fichar a los mejores jugadores en una carrera incontrolable por alcanzar la superioridad. Entonces se hicieron cada vez más notables las diferencias entre los equipos y los títulos comenzaron a ser aspiraciones de unos pocos.

En España, por ejemplo, antes de la sentencia equipos como el Atlético de Madrid, Athletic de Bilbao, Valencia, Real Sociedad, Sevilla y Betis se llevaron títulos de Liga. Después, solo el Barça (seis títulos), Madrid (cinco), Valencia (dos) y Deportivo (uno) pudieron hacerlo.

En Francia ocurre algo similar: 15 clubes ganadores antes de la legislación y seis después; 26 frente a seis en Alemania; 23 contra tres en Inglaterra, y 16 a cinco en Italia.

Contra el peligroso engranaje que mueve hoy las finanzas del fútbol se han levantado no pocas voces. El francés Michel Platini, actual presidente de la UEFA (Unión de Federaciones Europeas de Fútbol), ha sido el principal abanderado del Fair Play (juego limpio) financiero dentro del fútbol, abogando por reglas que impidan gastar más dinero del que poseen.

Su compatriota Jean Michel Aulas, presidente del Olympique de Lyon, también ha disparado sus dardos contra ese modelo despilfarrador que atenta contra la real competitividad. «El fútbol actual vive en una gran burbuja, como antes lo hicieron los negocios de Internet, las finanzas y el inmobiliario. Todas ellas estallaron y es necesario un sistema de reglas para evitar un nuevo crack», repite con insistencia el también exitoso empresario.

Su visión ha llevado al Lyon desde la segunda división en 1987 hasta convertirse actualmente en el club más rico de Francia y en uno de los habituales animadores de las fases más importantes de la Champions. Y todo eso a base de mínimas inversiones y jugosos traspasos.

Pero en el actual contexto, el Olympique de Aulas ha tenido que montarse en el carrusel de los excesos para intentar conservar su competitividad. Si con discretos gastos ganó seis títulos sucesivos de la liga francesa, la pérdida de hegemonía durante las últimas campañas ha trastocado la filosofía del club y provocado los costosos fichajes de Lisandro (25 millones), Gourcuff (22), Bastos (18) y Cissokho (15), entre otros

No obstante el equipo de Guerland ha podido evitar el endeudamiento gracias a su capacidad negociadora y los enormes beneficios dejados por la venta de jugadores como Essien (38 al Chelsea), Benzemá (35 al Real Madrid), Diarra (25 al Real Madrid), Malouda (21 al Chelsea) o Abidal (15 al Barcelona). Pero las cuentas ya están al límite.

Jugada cantada

Ninguna de las ligas del fútbol europeo escapa a la presión de las deudas, y la puerta de salida aún no se vislumbra en el horizonte. Existen situaciones extremadamente preocupantes, como la del torneo español, pues diez de sus equipos de élite debían hasta finales de 2009 más de cien millones de euros al fisco.

La situación no es nueva, y ya el Gobierno ha saneado en par de ocasiones las finanzas del fútbol. Dos décadas después del último reajuste, y con ingresos que los clubes jamás soñaron, solamente la deuda con el ente tributario ronda los 694 millones, y el total se calcula que roza los 3 500 millones.

Ante tan alarmante situación y la falta de voluntad de los clubes para revertirla, el Gobierno estudia y experimenta nuevas fórmulas que puedan evitar un desastre como la Ley Concursal de Acreedores, diseñada para evitar la liquidación de entidades futbolísticas en quiebra.

Similar panorama se vive en Italia, donde el Parlamento salvó el colapso de la Serie A del Calcio, con normativas que propician ciertas fórmulas de «contabilidad creativa».

Pero nuevos dolores de cabeza llegan con las inyecciones desmedidas de capitales particulares provenientes de los petrodólares árabes —Manchester City y Málaga son ejemplos paradigmáticos—, al estilo del multimillonario ruso Roman Abramovich en el Chelsea, el premier italiano Silvio Berlusconi en el AC Milán, o Mássimo Moratti en el Inter.

«Si un día algo sucede con las cuentas de estos señores estos equipos entrarán en quiebra y pueden arrastrar a todo el sistema», reflexionaba Aulas, consciente de que el problema trascendería al mundo del fútbol e implicaría una solución global.

En definitiva, algo similar sucedió cuando estalló la «burbuja  inmobiliaria», que arrasó con todo el sistema financiero y obligó a los Estados a rescatar a no pocos bancos de inversión y empresas aseguradoras.

Así anda este juego siempre cautivador, siempre con un final impredecible. Como su burbuja.

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