Ni karateca ni ingeniero: taekwondoca (+Fotos)

Juventud Rebelde dialoga con el multipremiado taekwondista cubano Nelson Sáenz Miller, quien se coronó seis veces campeón panamericano

Autor:

Julieta García Ríos

Le dicen el Niño y el apodo nada tiene que ver con su apariencia física, pues es alto, corpulento, de espalda ancha y grandes manos. Quizá sea por esa sonrisa que se le dibuja en el rostro mientras habla, pero en realidad es un gentleman.

Al dialogar con Nelson Sáenz Miller, una olvida por ratos que está ante el estelar taekwondista de la división superpesada, que en la década de los 90 fue seis veces campeón panamericano. Ese número de preseas áureas aún no ha sido superado por ningún cubano en este deporte.

El Niño era un atleta analítico, de gran capacidad técnico-táctica y un empleo de los desplazamientos asombroso. 

También integró el equipo que representó a Cuba por primera vez en un Campeonato del Mundo, el de Hong Kong 1997, de donde regresó con medalla de bronce. Los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 fueron su última competencia. Pero si fue buen atleta, Nelson ha sido mejor coach. En su exitosa carrera como entrenador atesora triunfos a nivel olímpico, mundial y europeo. En la actualidad es uno de los entrenadores del equipo de Gran Bretaña.

Lo conocí en 2011, durante el segundo intercambio entre taekwondocas cubanos y británicos, encuentro que él promueve desde 2008. Hace unos días volvió a La Habana, acompañado por sus atletas, para hacer un campo de entrenamiento previo al Campeonato Mundial de la disciplina, que se celebrará en Rusia del 12 al 18 de mayo próximo.

Aunque ha transcurrido más de una década de sus presentaciones sobre el tapiz, todavía al ex capitán de la selección nacional de taekwondo se le recuerda con respeto.

«El Niño era un atleta analítico, de gran capacidad técnico-táctica, tenía muy buena bandall (patada semicircular), un puño potente y un empleo de los desplazamientos asombroso. Fue tan bueno en sus movimientos que el peso no fue una limitante», comenta Roberto Cárdenas, director técnico de la selección nacional masculina de Cuba.

El niño se hizo grande

El apodo del Niño le viene desde la adolescencia. Entonces entrenaba kárate, y como practicaba en el grupo de los adultos, le decían así para identificarlo.

En ese deporte le fue bien, y aunque lo practicó por un corto período —de 1980 al 84—, logró ascender a la selección nacional. Allí permaneció 12 meses, hasta que decidió dedicarse a sus estudios universitarios. Graduado de ingeniero mecánico, nunca ejerció la profesión, pues su vida se enrumbó por otra arte marcial.

La palabra taekwondo la escuchó por primera vez en noviembre de 1986. Entonces tenía 21 años y ya llevaba tres años en la Cujae.

«Recuerdo que estaba en exámenes cuando mi entrenador de kárate, Pedro Pablo Pérez, me llamó a la casa y me preguntó si quería practicar taekwondo. Estaban buscando a ex atletas del equipo nacional de kárate para formar el de taekwondo. ¿Qué es eso?, indagué, y me contestó que un deporte de combate. Sinceramente, acepté por curiosidad», rememora.

Sin embargo, lo que comenzó por pura curiosidad se convirtió en algo muy serio. Este deporte lo atrapó para siempre.

Nelson está entre los iniciadores del taekwondo en Cuba. Integró el selecto grupo que preparó el maestro ecuatoriano Fernando Jaramillo con vista a los Juegos Panamericanos de Indianápolis, 1987. Sobre esos días fundacionales contó:

«Tuvimos pocos meses de preparación. La competencia fue en agosto. Allí debutamos internacionalmente. Con lo que aprendíamos en las prácticas y viendo videos, tuvimos idea de cómo se peleaba. Pensábamos que el taekwondo era boxeo con kárate.

«A Indianápolis fuimos cuatro atletas: Alberto Chang (64 kg), Salverio Bello (54 kg), Guillermo Linares (78 kg) y yo en el peso completo (+ 83). Éramos inexpertos. Gané el primer combate, pero no tenía idea de la táctica ni de la estrategia. Imagínate que iba ganando y seguía peleando, me cansé. Estaba estresado, ansioso, quería ser campeón y me desgasté bastante. La segunda pelea la perdí con un atleta de Islas Vírgenes que tenía experiencia en panamericanos y copas del mundo.

—¿Te ayudó haber practicado kárate?

—Los desplazamientos aprendidos en el kárate me ayudaron bastante, sobre todo en una división donde los atletas no se mueven mucho. Aunque no marcaba tanto, utilicé el puño para establecer el respeto entre el contrario y yo.

«Son deportes diferentes. El taekwondo necesita más explosividad y contacto. Las manos, aunque se ha promovido su uso, no tienen tanto protagonismo».

—¿Su competencia más difícil?

—La Olimpiada de Sydney 2000. Fui con 35 años.

—Pero llegas con madurez deportiva, era el cierre de una carrera en ascenso…

—Sí, pero no tuve la mejor preparación. Sabía que era la última competencia y tenía demasiada presión. Sin embargo, nunca fui un atleta de estar rezando por un buen sorteo.

«Tras varios años en los 97 y 98 kilos, llegué a Sidney con 92 kg, el mismo peso con que comencé en el deporte. Así que físicamente estaba debilitado».

Con el francés Pascal Gentil Nelson tuvo su primera y única presentación en la Olimpiada. «Fue un combate pasivo, con pocas acciones. Terminó por RSC; el árbitro detuvo la pelea. Yo pude haber seguido, pero fue su decisión».

—¿Y cuál victoria disfrutó más?

—Mi primera competencia panamericana en Puerto Rico, 1990. Viajamos por la ruta Habana-Miami y Miami-San Juan. Como los vuelos de conexión eran al día siguiente, dormimos en el aeropuerto. Yo era el único que competía el primer día, así que cuando llegamos solo tuve tiempo de dejar la maleta en el hotel y seguir para la sala del campeonato. Ya había pasado el pesaje, así que los jueces me miraron y calcularon mi división. Fui directo al área de competencia. Participé en tres combates y los gané.

—¿Fue muy difícil abandonar la carrera deportiva?

—Sí, sobre todo porque no fue mi decisión. Después de la Olimpiada quise seguir hasta la Copa del Mundo, para volver a pelear con el francés. Mi entrenador Lay no estaba en Cuba en ese momento para apoyarme, y el resto de los técnicos de la selección consideraban que retirarme era lo mejor. Me sentí muy mal.

—¿Qué experimenta un ex atleta cuando es entrenador?

—Tomar a un atleta y hacerlo campeón es lo más lindo que puedes vivir. Hay muchos aspectos en la preparación que debes tomar en consideración. Transmitir tus ideas, tus experiencias, es muy bonito. Parto de las victorias, pero las derrotas son importantes también.

—Al taekwondo cubano, ¿cómo lo ves?

—Está pasando por un buen momento en cuanto a resultados. Tanto el equipo femenino como el masculino tienen buena calidad entre sus miembros.

En La Habana, enero del 2011, junto a la británica Jade Jones, monarca de las Olimpiadas de Londres 2012.

—¿Cómo llegaste a ser entrenador del equipo británico?

—Después del retiro estuve tres meses en Ecuador, por una invitación del maestro Fernando Jaramillo. A mi regreso, en lugar de quedarme como entrenador del Centro de Alto Rendimiento Cerro Pelado —vivía a solo 800 metros de allí—, me enviaron al (Giraldo Córdova) Cardín en la Villa Panamericana. Yo debía levantarme a las cuatro de la madrugada para llegar puntual a los entrenamientos que comenzaban a las seis. Me costó adaptarme a ese ritmo, pero poco a poco lo superé. Luego Holanda me contrató como entrenador de su equipo nacional y estuve con ellos durante cuatro años, hasta que pasé a trabajar con la selección de Gran Bretaña. Después del Mundial del 2011 en Corea del Sur, cuando los británicos obtuvieron un título, dos medallas de plata y una bronce, otra vez decidí regresar a Holanda, donde trabajé con el equipo nacional con vistas a clasificar a los Juegos de Londres 2012. En esa ocasión asistimos con un atleta en la división de los 80 kilogramos.

—¿Qué le aportó el taekwondo a su vida?

—Mucho. A mi esposa la conocí en Holanda, por el taekwondo, y con ella tengo dos hijas. El deporte me dio la posibilidad de conocer el mundo, transmitir mi experiencia y aumentar mis conocimientos.

Los años en el exterior no han cambiado al Niño de los superpesados, a ese que se crió en el reparto capitalino Víbora Park. Solo que ahora, en la distancia, evita escuchar los ritmos cubanos para que la nostalgia no le nuble la vista. Cada vez que los escucha, llora.

Los números rojos

Nelson Sáenz fue campeón panamericano en Bayamón, Puerto Rico (1990); La Habana* (1991); Heredia, Costa Rica (1994); Mar del Plata*, Argentina (1995); La Habana (1996); Lima, Perú (1998). Además, conquistó la medalla de bronce en el Campeonato del Mundo de Hong Kong, en 1997.

Pero tengamos en cuenta que en los años 1992 y 1993 Cuba no compitió a nivel internacional.

*Juegos Panamericanos

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