Porque Fidel es el pueblo

Juventud Rebelde dialoga con el pelotero Yorbis Borroto Jaureguí sobre el líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIEGO DE ÁVILA.— Desde el balcón del apartamento de Yorbis Borroto Jaureguí se ve el terreno del estadio José Ramón Cepero. Al saludarlo es imposible dejar de mirar ese espacio, muy ligado a su vida como pelotero. Solo que ahora, en una zona próxima a la instalación, miles de avileños se concentran para rendir homenaje a Fidel.

La conversación ocurre mientras se escuchan en la Plaza de la Revolución Mayor General Máximo Gómez las melodías que acompañan el tributo. Yorbis las escucha un momento y reconoce que lloró al conocer la noticia y confiesa también el tributo callado que hizo.

«Yo sí lo conocí —cuenta el también miembro del Comité Nacional de la UJC—. Tuve la suerte de estar cerca de él, de oírlo, de sentir esa impresión grande que surgía cuando lo escuchabas hablar en persona».

—¿Pudieras hablar de esos momentos? ¿Cuándo fue el primero?

—La primera vez fue en la Ciudad Deportiva, cuando se recibió al equipo que participó en el Primer Clásico Mundial de Béisbol. La otra fue en el 9no. Congreso de la UJC. Fue una emoción muy grande escuchar su voz. No es que uno lo tenga como un ser sobrenatural, es el significado de su historia, de lo que hizo, su visión. Él se adelantó en muchas cosas: la alerta sobre el calentamiento global y el cambio climático, la crisis mundial. Todo eso lo predijo y esa sabiduría, ese afán de estudio, impresiona.

—¿Alguna vez pudiste estrechar su mano?

—No, lo que sí sentí fue el peso de su mirada. Fidel te miraba de frente y uno tenía que apartarla. No por miedo, sino por respeto. Sin embargo, ¿sabes una cosa?, Fidel era capaz de borrar esa distancia que imponía el respeto a su persona y su historia. Se las arreglaba para que sintieras confianza, pudieras hablar con él; jaraneaba, rompía los protocolos y es ahí donde se percibía su grandeza, que está en sus sentimientos, en su humanismo, en su sensibilidad por las personas. Fidel era capaz de ponerse hombro con hombro con una persona común.

—¿Tú guardas alguna anécdota especial con Fidel?

—Bueno, en 2009 nosotros ganamos la medalla de plata en el Campeonato del Mundo. Perdimos el oro frente a un equipo norteamericano, que jugó muy bien. Luchamos, pero al final no triunfamos y eso nos tenía mal. Y Fidel habló con nosotros por teléfono. Mira, yo me erizo todavía. No hubo regaño ni cuestionamientos. La voz que se escuchaba por el altavoz del teléfono tenía una carga de cariño y amistad muy grande.

«Dijo que él había visto el juego completo y que si habían ocurrido errores en las jugadas fue por la pasión de luchar y vencer, que era lo más importante. También dijo algo que a mí me caló muy hondo: que si nosotros hubiéramos quedado en el último lugar, aun así él nos estaría apoyando porque lo más importante ya lo habíamos hecho y era fajarse, pelear y no rendirse. Eso me marcó».

—En tu opinión, ¿por qué a Fidel se le quiere tanto?

—¡Porque Fidel es el pueblo! Esa es la razón. Él se metía en las calles, se preocupaba por las personas, luchaba por ellas, las escuchaba. No tenía miedo a conversar con la gente más humilde y con cualquiera que tuviera una inquietud. Él no daba a entender aquello de que era el Presidente, sino que formaba parte de ese pueblo. La obra de Fidel es un ejercicio constante de cariño y de ética.

—¿Qué rasgos de su persona tomas como ejemplo?

—Lo corajudo y lo dispuesto que era. Él es una constante inspiración. En mi computadora tengo una cantidad tremenda de frases de él, las leo, las interiorizo y me sorprende la vigencia que tiene su pensamiento. Hay cosas que como atleta las tengo muy presentes. El apego a los principios y la fe en que las cosas van a salir bien por muy difícil que esté la situación, los tengo muy en cuenta cuando estoy en el terreno.

«Mira, voy a contar algo. Yo tuve la oportunidad de saludar a Chávez. Fue en los Juegos del Alba y el Presidente venezolano pasó a saludarnos. En la fila, yo quedé al lado de Pedro Luis Lazo, que es inmenso y me hacía parecer más chiquito. Chávez me miró y preguntó: “¿Y este chiquilín que nos mandó Fidel?”.

«Yo respondí: “Presidente, Fidel nos manda aquí no por el tamaño de la estatura sino por el tamaño del corazón”. Chávez abrió los brazos y exclamó: “Por eso yo soy amigo de Fidel”. Esas son las enseñanzas que el Comandante nos deja y las que no podemos olvidar».

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