«No me desgracies la mañana» - Deporte

«No me desgracies la mañana»

Un diálogo con Andrea Bernal Aradid, quién lleva más de 30 años tratando de sobrevivir como vendedora en México

Autor:

Nelson García Santos

CULIACÁN, México.— La mirada deviene tan deliciosamente bondadosa que atrapa, y su verbo confirma esa expresión, porque también desgrana palabras a favor de los desfavorecidos. «Son a los que debemos ayudar», dice.

Charlamos en su modesto puesto de venta de ropa, unas colocadas sobre un catre y las camisas colgadas de una cerca al frente de una céntrica avenida.

Andrea Bernal Aradid, que lleva más de 30 años tratando de sobrevivir como vendedora, descubrió en segundos que era extranjero. Al decirle que venía de Cuba, terció: «¿cómo está aquello?, porque muchos cubanos han llegado acá, para seguir para Estados Unidos.

Le respondí con una pregunta: ¿Usted o algunos de sus familiares han tratado de emigrar?

«Qué va, esa gente no da visa y si te arriesgas a entrar puedes hasta perder la vida, mira cuántos mexicanos quieren botar de allá».

¿Qué sabes del famoso muro que le quiere levantar en la frontera el presidente de Estados Unidos?, le inquiero.

«Oiga, no me desgracie la mañana. Ese hombre está totalmente enfermo. Mencionárselo aquí a alguien es como mentarle la…; en vez de estar por la solidaridad y la ayuda, mira con lo que se viene».

La llegada de un cliente interrumpió nuestro diálogo y, entonces, afiné el oído.

—¿Qué se le ofrece?, dijo Bernal Aradid.

—¿Cuánto vale esa camisa?, indagó.

—80 pesos, le respondió.

El cliente hizo silencio mientras revisaba una y otra vez la prenda. «Lo que tengo son 65», dijo por fin.

«Pues, es suya, cuate».

Le comenté que le había rebajado el precio rápido. Sonrió antes de rematar: «te fijaste bien cómo venía vestido y en sus zapatos, ese es uno de los tantísimos desfavorecidos. Acabo de hacer una buena acción».

Me despedí, pero cuando había caminado unos metros me dijo en alta voz: oiga, pero por fin, ¿cómo está Cuba?

Ahí, luchando. Ah… ya no está ese privilegio único que ha existido en el mundo, de que un país le dé permiso de residencia a un ciudadano extranjero con solo tocar su tierra.

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