El oro de mañana se juega hoy

La medalla de oro de la Serie Nacional sub-23 no es la que está en juego, sino el futuro de nuestro deporte nacional

Autor:

Norland Rosendo

Con juego o sin juego, la pelota nunca se acaba en Cuba. Aún duele en el lomo del Caimán la «mano de palos» propinada por Holanda en el pasado Clásico Mundial y ya dentro de unas horas, el domingo, comienza la temporada nacional con el torneo para menores de 23 años (y algunos lanzadores pasaditos de esa edad). Entre ellos deben estar algunos de los convocados en 2021 para «vengar la afrenta».

No es todavía el torneo que soñamos para unos jóvenes ávidos de jugar mucho y buen béisbol. Ni es tampoco el espectáculo que Cuba se merece.

Pero por ahora, es un bálsamo. Lo ideal sería la cura, esa de la que tanto hablan nuestros lectores y nosotros mismos (la prensa): que el béisbol recupere su protagonismo, su linaje, su orgullo y no ande cabizbajo, viendo en el mundo a otros que ayer ni siquiera sabían lo que era un bate y una pelota, y hoy se ufanan de jugar mejor que nosotros.

Coincido con quienes consideran que el problema no se soluciona con un campeonato, ni en un par de años. Y menos en las categorías superiores, los fundamentos de este deporte se deben aprenden en la infancia, en la adolescencia. Con el día a día. Con recursos (que no son pocos los necesarios) y entrenadores preparados. Y sobre todo, con inteligencia.

Pero mientras se perfilan y ejecutan las transformaciones radicales para rescatar lo que alguna vez fue orgullo y pasión hasta en los más empinados parajes, donde se jugaba en un terreno con la palma real en el medio, aprovechemos la Serie sub-23 y comencemos a corregir deficiencias que no debieran llegar a la selección nacional de Cuba.

Seamos prácticos, que el tiempo pasa. Además de la estrategia, pensemos en lo táctico, en lo urgente. Como me dijo una vez un hombre que le sabe cinco planetas a este deporte: Nuestros lanzadores tienen que aprenden a engañar al bateador y no a ser engañados ellos. Hay que saber qué bola tirar en cada circunstancia, y desde el otro extremo, a cuál hacerle swing.

Cada vez el béisbol se aleja más del empirismo y depende en mayor medida de la ciencia y de la técnica, de los estudios de scouting y de la sabermetría, de los entrenamientos personalizados por atleta y por posición. Hay que estudiar también cómo se juega en las ligas foráneas: en la MLB, en la de Japón…

Y volvemos al Clásico, allí donde exhibimos que no todos nuestros titulares saben tocar bola para adelantar a un corredor, o ajustarse rápido a un serpentinero de bolas lentas o que tira sus envíos por la zona más alejada del bateador. Eso no se aprende en un entrenamiento, pero hay que empezar ya, aunque sea con un «remedial».

Como mismo se les exige a los jugadores, también los directores y los entrenadores deben asumir, conscientemente, que los cambios son necesarios, que es hora de actualizarse. Que el béisbol moderno es otro; superior, incluso, al que nos llevó a ser referentes universales antaño.

Qué bien que Ariel Pestano esté dirigiendo al Villa Clara, y Luis Ulacia a Camagüey, que el hijo de Alfonso Urquiola asuma las riendas de Pinar del Río (si hijo de gato…, mucha expectativa debe haber entonces en la tierra donde se produce el tabaco de los dioses). O que Jorge Luis Machado siga por cuarta vez con Artemisa, que ya sabe lo que es ceñirse la corona.

Pero no es asunto de nombres; todos los que asumieron el reto de dirigir sus respectivos equipos tienen méritos para ello. El compromiso no es solo con su provincia, sino con Cuba: enseñar a esos muchachos, sin sonrojo, a jugar bien el béisbol, a disfrutarlo, a gozarlo en el terreno. Así de sencillo, que no es simple.

Ahora no son tiempos de «championismo». La medalla de oro de la Serie Nacional sub-23 no es la que está en juego, sino el futuro de nuestro deporte nacional. Ese que tiene tantas deudas con las categorías inferiores y que ha visto cómo en no pocos estadios han quitado las cuatro bases para poner dos porterías.

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