La final entre paréntesis

Con el oro de los vueltabajeros hay quienes ya comienzan a pensar que la dinastía creada por las mujeres de esa provincia durante casi un lustro puede encontrar en los varones los perfectos sustitutos

Autor:

Javier Rodríguez Perera

En el momento en que el equipo masculino de Pinar del Río logró su primera corona en la historia de la Liga Superior de Baloncesto, este deporte sumó a sus archivos el tercer plantel que se apodera de un título, desde que se aprobara en la temporada 2007-2008 el actual formato de Liga de ocho equipos. Con el oro de los vueltabajeros hay quienes ya comienzan a pensar que la dinastía creada por las mujeres de esa provincia durante casi un lustro puede encontrar en los varones los perfectos sustitutos.

Si esa conjetura cobra vida es por la sencilla razón de la encomiable labor realizada por dos personas que desde hace varios años tienen un lazo estrecho con el baloncesto, pues ambos fueron atletas de la selección nacional. Son los casos del mentor debutante Andrés «Tatica» González y su asistente Pedro Cobarrubia, quienes fueron capaces de formar un conjunto altamente competitivo, que tuvo de cabo a rabo la defensa a punta de lanza, además de un juego hábil y veloz que le fue esquivo a la tropa matancera en la final.

Otra de las piedras angulares de los campeones se visibilizó desde el perímetro, donde resultaron superiores en casi toda la línea a los yumurinos, quienes no sacaron un gran provecho de la mayor estatura de sus hombres, ni crearon una capacidad defensiva que le hiciera el pulso a los pinareños, verdaderos ejemplos en este aspecto durante el evento.

Como lo reconoció González, contar con dos bases de nivel en el baloncesto cubano, Osmel Oliva y Yosiel Monterrey, contribuyó mucho al añorado desempeño. Precisamente fue Oliva el jugador más valioso, amparado por 101 puntos en la fase decisiva y el protagonismo ofensivo en todas las rondas, y el quinteto ideal de la justa lo conformaron los villaclareños Andy Bofill y Yoel Cubillas, el santiaguero Esteban Martínez, el matancero Yuniskey Molina y Monterrey.

El triunfo pinareño, por notable que resulte, no puede enturbiar el resultado de los alumnos del matancero Allen Jemmot, quien en su primer año como director condujo a su equipo a repetir la plata de hace 11 años, según los archivos del estadístico Benigno Daquinta. A fin de cuentas, ellos fueron la otra parte animadora de la discusión del oro y su accionar favoreció a que los pronósticos de una final decidida en seis o siete juegos fueran cumplidos.

Es justo mencionar que los yumurinos hubiesen tenido más posibilidades de obtener la corona, de haber contado a tiempo completo con el alero William Granda y su armador Yasmany «El Bala» Dechapelle, aquejados de lesiones diferentes. Con la presencia de ellos, otro gallo hubiese cantado, me afirmaron varios aficionados.

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