La pulga atómica de Kenya

Varios son sus apelativos: «Saltamontes», la «Pulga atómica»… Todos sugieren un gran poder, una descomunal fuerza en las piernas del medallista de oro en salto de longitud, Maikel Vidal

Autor:

Yahily Hernández Porto

CAMAGÜEY.— «Maikel fue un niño que llevaba el deporte en la sangre, bien adentro» —cuenta emocionada la abuela Lourdes Varona—; saltaba de la meseta a la silla, de la silla al suelo y de este a la mesa como si fuera un saltamontes. Incluso parecía una araña, porque trepaba por los marcos de la puertas con una facilidad que dejaba a toda la familia con la boca abierta».

Así comenzó el encuentro de JR con Maikel Yorger Vidal González, medallista de oro en salto de longitud en el recién concluido Campeonato Mundial de Atletismo para Cadetes, con sede en Nairobi, Kenya.

Hablar con el adolescente de apenas 17 años de edad supuso hacerlo también con su numerosa familia y otros invitados, el entrenador que lo descubrió, con apenas seis años de edad, Luis Martínez Castro, y los vecinos, quienes también se saben ganadores, porque su querido muchacho solo piensa en poner en lo más alto del podio mundial a Cuba, a Camagüey, y a su querido El Jardín, el reparto agramontino que lo vio nacer.

«Desde que era un niño —confiesa Maikel— me preocupaba constantemente por mi altura. Todos los días me medía en la pared de la cocina de abuela, porque no quería ser pequeño. Muchos saben que en el deporte ser una persona de baja o mediana talla, y más en el atletismo, no siempre trae buenas miradas», expresa sonriente el muchacho de 1,70 metros de altura.

Pero precisamente su tamaño y la fuerza en sus piernas le impusieron no pocos escollos deportivos, «muchos me admiraban y querían, pero todos para diferentes disciplinas».

Solo su constancia y natural empuje lo ubicaron en la disciplina para la que estaba predestinado: salto largo.

«Desde que me inicié en el deporte a los seis años —explica— siempre hubo dudas sobre si podía estar en salto largo. Llegué a correr todas las modalidades de la velocidad, con vallas y sin ellas, los 60 metros planos, los cien y mil metros…

«Un buen día, en el campeonato nacional del curso 2012-2013, impuse récord en tres eventos: 60 metros y 50 metros con vallas, y en el salto de longitud. Ese fue el salto que a los entrenadores les gustó, a pesar de mi tamaño».

—¿La vida deportiva ha sido muy intensa?

—Ha sido muy diversa. Llegué a lanzar hasta la bala, incluso tuve medallas de oro y plata en el triple salto, con el que rompí el récord mundial en la categoría de escolares, con 15,48 m, en noveno grado. Nunca dije que no, pues mi decisión era estar en la élite y que se me viera como un deportista con el que se podía contar.

—¿Cuándo te ubican en la disciplina por la que tanto te aplaudieron el pasado 13 de julio en Kenya?

—En 2015, cuando marqué 15,48 m en triple salto, muchos se fijaron en mí, y esto me permitió alcanzar la condición de mejor atleta escolar del país, porque además obtuve plata en el salto largo. Conservo con especial cariño el trofeo que José Ramón Fernández —presidente del Comité Olímpico Cubano— me entregó.

«Esa actuación me abrió las puertas para el tope entre Cuba y Estados Unidos, en el que tuve que competir con atletas de entre 17 y 20 años, y yo solo tenía 15. Allí me lucí con un impulso de siete metros en el salto de longitud, y eso definitivamente me puso en mi disciplina, aunque no se renunció a probarme de vez en cuando en la velocidad. Esa estrategia formaba parte de mi entrenamiento. Algunos «profes» me decían que esa variedad me ayudaría a despegarme, y así mismo fue.

«Posteriormente entré al equipo nacional en salto largo y empecé un desarrollo en ascenso. Desde entonces, en 2016 participé en el Memorial Barrientos, la Copa Cuba y en los Escolares; pero se repetía la misma historia, mis compañeros eran juveniles y yo cadete, lo que me ponía en una situación física desventajosa, aunque no mental, pues yo quería parecerme a los mejores».

—¿El salto que más te estremeció?

—El de Kenya me probó, pero el salto de 7,55, en 2016, me sacó las lágrimas. Luego vendrían pruebas muy difíciles y no solo deportivas, sino las que llegan por ley de la vida, las que me retaron una y otra vez, y me quitaron el sueño.

—¿Cuáles pruebas…?

—Ese salto de 7,55 metros, aunque me ubicó en la preselección del mundial juvenil, no fue suficiente para que me sintiera satisfecho, porque había dos marcas por delante de mí, que me desplazaron. Hay que recordar que estaba en desventaja por mi edad y tamaño.

—Pero por ese salto tus amigos te nombraron la «Pulga atómica»; ¿por qué?

—A finales de 2016, mi entrenador Juan me dijo: «Puedes saltar más de 7,60 metros», y logré exactamente esa marca en los Juegos Escolares Juveniles. Con ella sentía el mundo a mis pies. Aunque la alegría me duró poco, porque el buen rival que es Maikel Massó me ganó en un santiamén. Yo no me detuve y entrené.

«En 2017 marqué 7,63 metros en la Copa Cuba, y en el Barrientos la sobrepasé con 7,85, que me puso en el podio, entre lo mejor del salto de longitud en Cuba».

—Después de ese tremendo resultado de 7,85 metros, solo faltaban días para el mundial de Kenya. ¿Cómo asumiste ese tiempo y cuáles fueron tus prioridades?

—Me dediqué a entrenar y a perfeccionar el más mínimo detalle en mi técnica. Me concentré solo en eso y en dar pelea. Allá fue una final directa, entre 12 competidores y todos buenísimos, de gran talento y respeto mundial.

«Ese fue el momento de darlo todo y no dejar nada ni en el pecho ni en las piernas o el pensamiento. En el primer intento marqué 7,34 metros; luego vino el 7,88, que me inspiró, y después el 8,28, que me dio el título».

—¿Cómo fue ese momento?

—De repaso a todo lo hecho, y una oportunidad para amar más a mi familia, en especial a mi papá, Gerardo, a mi mamá, Yordanka, y a mi hermano, Yorber, al que extraño cada día. Fue ante todo un momento de amor y respeto por mi patria.

—¿Qué sabor te dejó esta competición?

—Después de ese salto hice foul tres veces, me desconcentré. Esa desconcentración no es buena, por eso hay que superarla.

—¿A quién agradeces?

—A mis amigos por confiar siempre en mí, a mi familia por no fallarme, a todos mis entrenadores por empujarme hacia el podio, y a Cuba, por todo su sacrificio, porque este deporte, como otros, es de pura voluntad del país. A Cuba le doy las gracias.

—¿Ídolos?

—Me gustaría parecerme a ese grande que es Iván Pedroso, conocerlo y llegar a ser como él. Esos son sueños que persigo.

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