Virtuosismos en pelota - Deporte

Virtuosismos en pelota

Carlos Martí es hombre de una ética casi sin par en la pelota cubana; un Quijote de este deporte no se rindió y está una vez más en la final

Autor:

Norland Rosendo

Carlos Martí es hombre de una ética casi sin par en la pelota cubana. Un Quijote de este deporte, a veces tan fiel a «su» béisbol que parece terco, y él, ecuánime, campechano, te tira una sonrisa socarrona, pero afable. Entonces uno, que va con una sarta de críticas, se queda escuchándolo, y hasta lo comprende.

Durante la semifinal, tuvo más de una razón para perder la compostura. La prensa le enfiló cañones a bocajarro. Los morterazos le caían cerca, pero Carlos Martí no se rindió, siguió por el derrotero que se había trazado, y al final ganó.

Pudo virarse para la prensa y devolverle al menos una décima parte de las críticas, que hubiese sido bastante peso el que se quitaba de encima; sin embargo,  solo pidió respeto para sus campeones, no para él, como quizá hubiesen hecho otros en su lugar, si es que después de tantos «palos» mediáticos se hubieran parado ante los micrófonos.

El Caballero Carlos está una vez más en la final. «Se rió» de los pronósticos, de los cuerdos y de los locos, de los justos y de los injustos. Y lo hizo como suele hacerlo él, sin algarabías, sin jactarse. Le tiró, incluso, el brazo por encima al vencido Víctor Figueroa y caminaron juntos, quizá le dijo: El año que viene seguro nos volveremos a ver, y no te amilanes por lo que digan ellos… 

Si el jueves por la noche el Latino no se desplomó, no va a suceder nunca, ni cuando Industriales vuelva a ser campeón allí. La afición había acudido a sumar sus manos en el abrazo infinito a Carlos Tabares, de los más azules entre todos los Azules, y a hinchar por sus Leones en el play off.

Entre conga, baile, coros…, la excitación se dispara y las ofensas se desbocan. Esa noche de ensueño azul, Víctor Mesa, el mismo que ha sido vilipendiado o llamado a la sensatez por sus desencuentros (ciertos unos y exagerados otros) con las aficiones, apagó, él solo, ese cántico que tanto irrita a los nacidos en el oriente del país.

Víctor salió del banco y con un gesto suyo, al estilo del mejor maestro de ceremonia, se acabó el ¡¡¡Palestinos!!!, pues pidió respeto para los aficionados y los jugadores de Las Tunas.

Un Víctor atinado, hombre de espectáculo, aunque a veces se robe el show, se erigió como el cubano que es, pues los adversarios no merecen agravios.

A la pelota cubana, maltrecha en la calidad de su juego y en otras esencias, le faltan hombres rectos y gentiles como Carlos Martí, y gestos como el de Víctor Mesa. Gana el béisbol, y gana Cuba.

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