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Concha

Ciento veintiocho gobernadores ejercieron el mando en Cuba durante la colonia. De ellos, ocho ocuparon el cargo en dos ocasiones, mientras que en tres lo hicieron Blas Billate, el siniestro conde de Valmaseda, y el teniente general José Gutiérrez de la Concha, marqués de La Habana y vizconde de Cuba.

En sus dos primeros mandatos, refiere la crónica, Concha se bañó de sangre; la tercera, de oro. Asumió por primera vez el Gobierno de la Isla en noviembre de 1850, cuando Cuba vivía en el orden económico y administrativo una de las mayores crisis que le tocó padecer durante la colonia, y que Concha hasta cierto punto logró aplacar con la militarización de la administración, afirma el historiador René González Barrios en su libro Los capitanes generales en Cuba (1999).

Agrega: «Emprendió la construcción de obras públicas y creó un servicio de policías a sueldo. Hasta entonces los que desempeñaban tales funciones no tenían remuneración oficial y vivían del producto de las multas que imponían según sus facultades y del dinero recibido por tolerar la existencia ilegal de centros de corrupción…». Puntualiza el mencionado historiador: «En el plano político su administración, de mano dura, se caracterizó por el gran número de ejecuciones, encarcelamientos y destierros de amantes de la libertad, implacablemente ordenados por él».

Reprimió los levantamientos de Joaquín de Agüero en Camagüey y de Isidoro Armenteros en Trinidad, y dispuso la ejecución de ambos patriotas, y por otra parte reprimió a sangre y fuego la expedición del general Narciso López que desembarcó en Pinar del Río, el 12 de agosto de 1851. Quince días de activa persecución bastaron para aniquilarla, y 51 expedicionarios prisioneros fueron fusilados en las faldas del Castillo de Atarés y sus cadáveres entregados a las turbas que los mutilaron salvajemente. Más tarde, la muerte de Narciso López en garrote erigido en la explanada del Castillo de La Punta, constituyó un espectáculo verdaderamente circense. Sucesos estos que hicieron que un abogado de Illinois afirmara que Cuba padecía el peor Gobierno del mundo. Ese abogado fue Abraham Lincoln.

En septiembre de 1854 volvió Concha a ocupar la Capitanía General de la Isla y debió hacer frente a la trata negrera. Tenía dos caminos: combatirla resueltamente o contemporizar con los poderosos propietarios y traficantes de esclavos que lo congratulaban de continuo con regalos y atenciones. Siguió ambas sendas. Mascó a los dos carrillos. Por una parte, permitió la entrada a la colonia de no pocos cargamentos de esclavos, mientras que apresaba otros. Esclavos provenientes de las expediciones no toleradas eran enviados al depósito de emancipados, pero otros eran vendidos o alquilados, beneficiándose Concha con las ganancias, si bien nunca se pudo probar su participación.

Controló con rigor la aduana y la administración pública, si bien no pudo lograr el adecentamiento deseado. Dice González Barrios: «Gracias a las circunstancias y los frutos del tráfico de esclavos, la Isla vivió entonces una época de prosperidad económica, aparejada a la aparición del contrabando, el bandolerismo y la delincuencia. Desde el punto de vista político-militar, Concha continuó siendo el gobernante conservador que con mano dura defendía a ultranza la soberanía de España en su colonia».

Vuelven los voluntarios

Recién vuelto a Cuba para su segundo mando, ocurre la muerte de José Santos Castañeda, el aprehensor de Narciso López, a quien España había recompensado con un cargo de capitán. En el atardecer del 12 de octubre de 1854 se hallaba Castañeda en el café Marte y Belona, en la esquina de Monte y Amistad, cuando un disparo puso fin a su vida. Ese hecho exacerbó las pasiones ya desbordadas del elemento más españolizante, y Concha, en respuesta, reorganizó las milicias disueltas por Pezuela, su antecesor. Se formaron así los batallones de voluntarios que tantas páginas de luto llenarían en la historia de Cuba. Con José Gutiérrez de la Concha se promulgó la más arbitraria de las medidas cuando quedó prohibido para los criollos el derecho de pedir.

Otro hecho descollante en su segundo Gobierno fue el de la conspiración del catalán Ramón Pintó, figura prominente de la alta sociedad cubana y amigo de Concha en su primer mandato. Pintó conspiraba contra la metrópoli en un movimiento armado antiesclavista cuyo objetivo final era la anexión de Cuba al norte industrial de Estados Unidos. Lograron las autoridades infiltrar un agente entre los conspiradores, el movimiento quedó al descubierto y Pintó fue condenado al garrote aun cuando el tribunal no pudo probar plenamente su culpabilidad. Se dice que el Gobernador pensó en conmutar la pena, pero la presión de los voluntarios  lo hizo variar de opinión. Firmó poco después la sentencia de muerte para Francisco Estrampes, acusado de introducir un cargamento de armas en Baracoa.

Dimitió Concha de su alto cargo en 1859. Dos años antes, el 19 de noviembre de 1857, inauguraba el Parque Central de La Habana, que llevó entonces el nombre de Isabel II. La estatua de mármol de esa soberana, hija de Fernando VII, fue derribada el 6 de enero de 1869 al asumir el mando de la Isla el general Domingo Dulce, figura prominente de la llamada Revolución Gloriosa, y volvió a a su sitio en enero de 1875, luego de la restauración de la monarquía en España. Allí estuvo hasta el 12 de marzo de 1899 cuando se sustituyó por una imagen de calamina que representaba la libertad. Hoy ocupa ese sitio la imagen de José Martí.

De nuevo en La Habana

El panorama militar era complejo en la Isla cuando Concha asumió nuevamente el mando el 10 de marzo de 1874. Máximo Gómez había atravesado la trocha de Júcaro a Morón y se combatía fuerte en Las Villas.  Era la tercera vez que ocupaba el Gobierno de la colonia y lo desempeñaría solo por un año. Acometió entonces cambios en el Estado Mayor y en las comandancias generales. Esos cambios afectaron el desenvolvimiento de las operaciones militares, dice el historiador González Barrios.

Agrega el investigador en su libro que, ante la imposibilidad de recibir refuerzos desde España, Concha creó los batallones de milicias disciplinadas de color, fuerza armada, bien vestida y alimentada para enfrentarla a las tropas mambisas. «Con el tiempo la medida fue quedando a un lado fundamentalmente por el temor de que los negros, una vez pertrechados, pasaran al bando insurrecto», precisa González Barrios.

Concha afirmaba que para gobernar a Cuba bastaba un violín y un juego de naipes. Pero la fórmula no le funcionó durante su último mandato. No pudo controlar la insurrección, volvió a acusársele de traficar con esclavos y se dice que ya en el albur de arranque vendió en su provecho todos los negros que sus propietarios confiaron al Gobierno para que prestasen servicio en ambulancias, convoyes y trabajo de fortificaciones.

Pero se negó a que se fusilase al general Calixto García, ya en poder de los españoles. Cobró fama de bebedor y jugador, acrecentada con su presencia en las veladas y tertulias de la condesa de Jibacoa. Fue, por otra parte, el único capitán general que estuvo a punto de ser detenido por su propia policía. Vigilaban las autoridades cierta casa en la localidad de Marianao, donde se decía que funcionaba un garito, hasta que una noche se decidieron a ocupar el recinto. El jefe del grupo policial, que lo era también de la demarcación, hizo poner en fila india a los jugadores y procedió a tomarles las generales.

Quedó de una pieza ante uno de los interrogados que, tras esperar pacientemente su turno, dijo llamarse José Gutiérrez de la Concha Irigoyen Mazón y Quintana y que ocupaba la Capitanía General. A partir de esa noche el despistado jefe policial pasaría una larga temporada preso en el Morro. En la Quinta de los Molinos, Concha fue víctima de un atentado del que salió ileso. Jamás se encontró al culpable, aunque se sospecha que fue un voluntario. Escribió Concha tres libros sobre sus experiencias cubanas, uno por cada uno de sus mandatos.

Tiempo antes

El suceso no tiene desperdicio. Era el segundo mandato y Concha dimitía de su cargo en medio del desprecio de los voluntarios que lo acusaban de débil y cobarde. Decían: más de 50 revoltosos condenados a muerte en el primer Gobierno y solo dos en este… Nada, que el Gobernador estaba en decadencia, y pensaban expresarle su desagrado en el momento de la partida. Se hablaba de una cencerrada y los voluntarios, galleando, alardeaban de que no acudirían a la despedida.

¡Eso creían ellos! De pronto llegó la orden. Una compañía de cada batallón de voluntarios, con su bandera y banda de música, debía formar a lo largo del trayecto entre la Quinta de los Molinos y el muelle de La machina. Álvaro de la Iglesia, que siguió de niño la ceremonia, la recrearía en una de sus Tradiciones cubanas.

Concha, con uniforme de capitán general, había escogido el camino más largo para llegar al muelle, donde resignaría el mando, y, entre la doble fila, avanzaba despacio, con el ceño fruncido, metiéndole los ojos a los voluntarios en un desafío mudo. Montaba el marqués de La Habana un magnífico caballo blanco que su propietario, un coronel de voluntarios, se había negado a venderle pese a sus reclamos.

Llegó Concha a dos pasos del agua donde se mecía la empavesada falúa que lo llevaría al buque correo en el que haría el viaje a España. Se volvió, dejó mohínos a los voluntarios con su mirada y saltó a la falúa que a palada de rey se dirigió al vapor correo. Al mismo tiempo, y aprovechando la confusión reinante, el caballo salía en una lancha para el buque.

Los voluntarios tacharon a Concha de ladrón si bien el saliente gobernador a través de un tercero, abonó con creces el importe del caballo. Un dinero que su legítimo dueño, que era rico, rico de verdad, se negó a recibir porque prefirió acusarlo de cuatrero en el juicio de residencia que se le debía seguir en España.

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