¿Alguna vez tuvo usted una gaveta trabada, y mientras más intentó moverla más reacia se comportó? El primer instinto cuando ocurre lo anterior es a desesperarse, intentar repetir, mecánicamente, el gesto de abrir y cerrar sin que la guardadora ceda. Ante esa situación, que pareciera tan simple, también se ven, no pocas veces, las sociedades. Algo no anda bien, algo socialmente costoso se traba, y la primera reacción es a repetir, instintivamente, las mismas salidas.
Ella viene hacia mí, ella se lanza con sus brazos abiertos hacia mi pobre pecho. Ella teje en el aire el hilo sutil y misterioso de una ciudad. Me envuelve en él y abre las puertas de su casa frente al mar.
Quinta vez. Resolver una gestión bancaria puede exigir, además de tiempo, mucha constancia. «Con pago a jubilados no podemos atenderte», «no hay conexión en el sistema», «eso lo atendemos antes de las 10:00 a.m.», fueron algunas de las respuestas para que, a tono con el Mundial de Fútbol, no dejara de sentirme pelota entre expertos jugadores.
Las ventajas que el territorio colombiano ofreció al Pentágono para desplegar a sus tropas a inicios de los años 2000, pudieran volver a abrirse tras la elección presidencial allí de hace una semana.
Diez días antes de la tragedia en Venezuela, mi madre me hizo llegar una agenda. En la primera página, con su puño y letra, se lee: «Extraño tu mano en la mía, como un sapito dormido». Esto lo escribí cuando tú naciste. En ello pensaré cuando cierre los ojos por última vez.
Llega la etapa estival y con ella el tiempo del disfrute en playas, ríos y cualquier espacio cercano que se comparte con padres, hermanos, abuelos, hijos, primos, la novia… Pero, además, es la hora de las largas tardes en el barrio, el rencuentro con los vecinos, el reto de entretener a los más pequeños de casa, y la oportunidad de mirar alrededor. Esta temporada, de descanso para muchos, resulta también un espejo que refleja lo que somos.
Ramiro Valdés Menéndez no buscaba flores. Tampoco rechazaba cuando se las daban. En un acto en el Mausoleo al Che en la ciudad de Santa Clara, le dieron una, una espiga larga y de colores claros, y respondió con una sonrisa. Luego se incorporó a la muchedumbre que iba a ponerle flores en la base de la estatua del Che.
Recuerdo cuando en Cuba, hace décadas, hablábamos de la Teoría de la Convergencia siempre con argumentos devaluatorios. La etiqueta «diversionismo ideológico» asomaba su nalga peluda y cercenaba cualquier intento de razonamiento a favor de sus posibilidades, aunque estas se apoyaran en la lógica dialéctica. Vivíamos los tiempos de mayor ortodoxia manualística sustentada en la práctica soviética ...