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Una isla en el continente

Alejada del Caribe antillano e insular, la Colombia que baja de los Andes y fluye por el Amazonas, encuentra en el mar el espíritu que condensa su diversidad cultural, reflejada, esta vez, en la Fiesta del Fuego

Autores:

Yelanys Hernández Fusté
Dayron Chang
Eduardo Pinto Sánchez

SANTIAGO DE CUBA.— Marcados por la música con la que emisoras radiales cubanas llenaban el éter de las barriadas sudamericanas, medio siglo atrás, varios colombianos confiesan hoy en esta ciudad, que hicieron suyos espacios como las aventuras de los hermanos Villalobos. Ellos también eran seducidos por las voces de Benny Moré y Celina González y Reutilio Domínguez.

Era una época singular esa de la década de los 50. Las narraciones de las peleas de boxeo y los juegos de béisbol formaban parte de la cotidianidad caribeña, tan cercana a la nuestra.

Y fue evocada en una emotiva misiva por Alfonso Múnera, secretario general de la Asociación de Estados del Caribe, la que envió a la 33  Fiesta del Fuego. Múnera descubrió en un libro de la historiadora santiaguera Olga Portuondo, que hasta mediados del siglo XVIII varios lugareños de la urbe oriental iban a comprar y a vender sus productos a Cartagena de Indias y no a La Habana.

Los aportes del ingeniero Francisco Javier Cisneros en la construcción del ferrocarril en Colombia, del líder Pedro Romero a la independencia de Cartagena de Indias, y de Manuel del Socorro Rodríguez, iniciador del periodismo en ese país, son algunas de las contribuciones de la Mayor de las Antillas a la tierra de Gabriel García Márquez en los dos últimos siglos.

La presencia cubana se percibió, además, en la reforma agraria, en el desarrollo de la cultura empresarial y la apertura a la modernidad del Caribe colombiano. Cuba también se respiró allí a través de su cultura, como aseguró Gustavo Bell, embajador de Colombia en la Isla.

«Como el vallenato pegó en el municipio de Guamá en los años 50 y 60, muchas de las orquestas cubanas iban a Cartagena, al Carnaval de Barranquilla, y enriquecían los sones y las orquestas propias del Caribe colombiano», explicó Bell.

Los ecos de ese realismo mágico continental también se palpan en Santiago de Cuba. Relató Orlando Vergés, en sus palabras de apertura de la Fiesta del Fuego, que aún pervive aquí la agrupación más antigua de vallenato que se conoce en la Isla: Alegrías del Valle. Según el director de la Casa del Caribe, la destacada compositora barranquillera Estercita Forero declaró que el conocido ritmo de la guacherna, muy popular en los carnavales de Barranquilla, fue inspirado en la conga santiaguera.

Asombrado por ese misterio de la creación popular, Vergés resaltó que cuando Fidel y sus compañeros asaltaron la historia en el cuartel Moncada, la música que movía los carnavales de la ciudad era la cumbia.

Contornos y resistencia cultural

Rica en matices, el Caribe colombiano es una región que condensa el espíritu de todas las zonas geográficas de una nación pluricultural y multiétnica. Sus principales centros urbanos son Barranquilla, Cartagena de Indias y Santa Marta.

Se ubica al norte de los Andes y culmina en la Sierra Nevada de Santa Marta, a la vez que da paso a la península Guajira, donde se integran el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, además de varios cayos.

En el área confluye una multiplicidad de características demográficas, producto de la mezcla racial y cultural de los pueblos aborígenes con los individuos blancos de nacionalidad española y la raza negra de diversas tribus africanas, lo cual también conforma su identidad.

El sombrero vueltiao —declarado símbolo de la nación y elaborado de las hojas de la caña flecha, palma nativa de la región—, y la mochila arhuaca —tejido por la etnia arhuaca y hecho de lana de oveja, algodón, fique o lana industrial—, son elementos artesanales que atrajeron a los santiagueros por su peculiaridad.

Quienes degustan la diversa cocina del Caribe colombiano, pueden encontrar sabrosos platos como sancochos (caldosa en nuestra isla), chicharrones, hallacas (tamales de maíz), bollos de maíz y queso costeño.

Para el doctor Alberto Abello, «el Caribe colombiano se aleja de ese Caribe antillano e insular, así parezca una isla más, pero la metáfora para esta ocasión sería la de una isla encallada en el lugar donde los Andes encuentran por fin el mar Caribe».

El destacado intelectual explicó en el coloquio El Caribe que nos une, las particularidades de esta geografía y «que además presenta dificultades objetivas para integrase al resto del “archipiélago”, algo que habría de ser comprendido por quienes lo observan en el panorama internacional».

Consideró el también economista, que Colombia y su Caribe han girado en direcciones distintas desde la independencia del país sudamericano, y que los intereses comerciales de su tierra natal no han visto en la región un área de aproximación.

Aún así, Abello confirmó que la heterogeneidad del Caribe colombiano contribuye a que exista una mutua comprensión para enfrentar los problemas comunes de los países del área.

Al concluir su conferencia El Caribe colombiano en el gran Caribe, el académico señaló que en esa área «ha ocurrido una innegable ampliación de las fronteras del conocimiento como no ha sucedido en otra región. En las Ciencias Sociales se destaca como la más estudiada de todo el país a principios del siglo XXI».

Colombia en el festival

Estos días de julio han convertido a la Ciudad Heroína, otra vez, en un gran vitral que descubre las esencias de Colombia en varias acciones culturales. Una muestra de pósters abrió los espacios del lobby del Teatro Heredia con fragmentos de obras de García Márquez referidas al Caribe colombiano, junto al proyecto curatorial Caimán no come caimán, que reunió a 12 artistas en un juego dialogal que ubica al caimán como mito y leyenda, vinculado a la cultura tanto de Colombia como de Cuba.

A la Galería de Arte universal, Jorge Idárraga llegó con la muestra fotográfica Cultura y folclor afro, para compartir sus perspectivas sobre la reivindicación de la cultura africana en su país. «Este resulta el mejor vínculo que nosotros podemos tener con el Caribe: una Colombia negra y que ha conservado de manera muy pura, desde el punto de vista étnico y cultural, la raíz africana».

Según Izárraga, en las 30 instantáneas él resalta «la belleza paisajística de una región que tiene tremenda fuerza cultural, y que destaca por sus disímiles maneras de vestir, comer y hacer».

A la musicalidad propia de esta ciudad se adicionó el colorido y la singularidad del Carnaval de Barranquilla, descrito por el gestor cultural Alfredo Ortiz como una fiesta de barrio, un festival de orquestas, inolvidable e increíble, donde sobresalen personajes como las marimondas, los congos, El descabezado, Joselito carnaval y la variedad rítmica que a la lo largo de más de cien años ha logrado mantenerse.

El vallenato, el merecumbé, la cumbia, el mapalé, el fandango y hasta el son colombiano, convidaron en esta 33 edición de la Fiesta del Fuego a agrupaciones como Creole, Systema Solar, el septeto Tabalá y la siempre impresionante Totó la Momposina.

Una perspectiva académica de esta manifestación la ofreció la bolerista colombiana Miriam del Alba en los talleres que tradicionalmente acoge la Casa de las Tradiciones. En el encuentro, la artista hizo un bosquejo sobre las variantes del vallenato y otros ritmos, acompañados siempre por instrumentos típicos, como la gaita, el guache y la flauta de millo.

Del Alba ponderó la cumbia como «el género más representativo de esa región colombiana, ninguna otra vertiente musical fusiona como esta la herencia indígena, africana y española».

Desde la sala oscura del cine Rialto se pudo disfrutar de un testimonio de la diversidad y complejidad del país invitado, narrado en las ficciones como Tiempo de morir, de Jorge Alí Triana; La boda del acordeonista, de Luis Fernando Bottía, y Confesión a Laura, de Jaime Osorio Gómez, entre otros.

El recorrido por el celuloide también se detuvo en la más actual producción de documentales, con títulos como El Charco azul, de Irene Lema; y Farnolefia currambera, de Gloria Triana y Jorge Ruiz, dedicado al Carnaval de Barranquilla.

Es una Colombia ancestral y contemporánea la que redescubrimos en Santiago de Cuba en este julio lluvioso de Festival. Mirada ahora desde el Caribe por intelectuales, artistas y portadores de la cultura popular y tradicional, se presentó como reservorio del realismo mágico que confirma su lugar en el reino de este mundo.

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