Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Ciudad con rostro de hombre

Autor:

Yunet López Ricardo

Solo una vez él ha reparado en mí. Fue el día después de la muerte del Comandante Fidel. Yo iba caminando por la acera del cementerio de Colón, él pasó en un carro tan despacio y junto a la ventanilla, que mi asombro me hizo sonreírle, y él me devolvió una sonrisa a medio hacer.

Creo que llevaba una guayabera blanca, pero no puedo asegurarlo, porque mirar al historiador Eusebio Leal no es ver a un hombre, sino a las farolas de la avenida del puerto, a las tardes de palomas en la Catedral, a la imagen lejana del Castillo de los Tres Reyes del Morro, a los árboles del Prado y a tantas imágenes de esa Habana por la que vela desde hace años.

Ella, con su pasado de mudanzas hasta que se asentó alrededor del puerto que hoy lleva su nombre y en 1508 Sebastián de Ocampo llamó De Carenas, comprometió a Eusebio con una pregunta.

«¿Qué puedo hacer, qué podemos hacer por La Habana Vieja?», le dijo Fidel un día de 1995 mientras sobrevolaban la ciudad colombiana de Cartagena de Indias.

No hizo falta más, y Eusebio construyó un nuevo destino para el lugar donde sus pies de niño tantas veces recorrieron calles y plazas, y su cuerpecito compartió las aceras con el gentío que apenas cabía en ellas.

Por eso la pregunta se volvió proyecto, y luego ruidos, montón de grúas-torre levantando paredes, mandarrias, manos restaurando —que es más difícil que construir—, y de entre el polvo, el olvido y el paso del tiempo, poco a poco nació la belleza. 

Maravillosa y prohibida para algunos, La Habana cumple 498 años, y sigue siendo aquí donde las piedras cuentan de siglos atrás y la historia suena en las campanas del Castillo de la Real Fuerza, o duerme bajo el hotel Gran Manzana y la entrada de la Plaza de La Catedral, donde está enterrada una parte de la Muralla.

Cuando Eusebio comenzó su encomienda, «había que tener una fe casi religiosa, y yo la tengo, para lograr que la restauración fuera posible sin que todo fueran hoteles.

«Si el encargo que me hicieron hubiera sido hacer de La Habana Disneylandia, hubiera sido fácil. Hacer un pequeño pueblito latinoamericano urbano, hubiera sido fácil. Lo difícil era integrar la escuela, la casa, la comunidad...».

Pero La Habana nació otra vez, y revive desde la Luz de un muelle, el esplendor del Gran Teatro con el nombre de la bailarina cubana que sigue dirigiendo danzas a sus 95 años,  los solares de sus barrios, la historia de sus monumentos, los pasos por la plaza del santo italiano San Francisco de Asís, los muchachos subiendo la escalinata que lleva a la Universidad, y la historia del gran Salón de los Pasos Perdidos en el Capitolio, con su techo pintado o retocado con hojas de láminas de oro de 24 quilates.

Por eso cumple casi medio milenio de vida, y como aseguró Eusebio por estos días, «será, sin lugar a dudas, más bella. Vengan ciclones, vientos, proscripciones, encierros, siempre seremos capaces de salir, romper el muro y seguir adelante».

Una de estas tardes caminaré por Obispo, pasaré un atardecer en el muro largo que mira el mar o tropezaré con algunos apurados por las calles, otra vez disfrutaré la ciudad como Eusebio lo hacía cuando era niño; y pensaré en aquella mañana triste en que La Habana, desde el rostro de un hombre, me regaló una sonrisa a medio hacer.

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