Elecciones en México: Complejas como el sexenio

Al repuntar este año, la campaña electoral mexicana se desarrolló con fuerte proselitismo y abundancia de acusaciones y escándalos que dejaron en segundo plano las propuestas de gobierno

Autor:

Marina Menéndez Quintero

El pueblo mexicano va hoy domingo a las urnas. Foto: AP Podría decirse que la campaña asomó, tempranamente, desde el año 2004, cuando el varias veces arrepentido Jorge Castañeda anunció su intención de postularse a estos comicios... Para entonces ya hacía mucho que mostrara su contrición por ser considerado alguna vez como «militante de izquierda», y apenas un año atrás también había recogido cordel en su deseo de acompañar —¿o desbarrancar?— a Vicente Fox, guiando sus pasos desde la Cancillería con el mismo amargo regusto que le dejó su antigua «filiación»...  

Después de su renuncia como ministro de Exteriores, sin embargo, el mandato foxista tampoco enrumbó un quehacer que hizo estragos en la tradicional postura de imparcialidad que tanta admiración ganara al país, y aquel Castañeda —quien no logró anotarse finalmente como aspirante a la presidencia—, es hoy apenas otro que bate palmas desde las gradas o trata de influir en los votantes; ahora, solo desde las gacetillas que publica en la prensa...

Al menos nadie podrá incluirlo entre los que hicieron proselitismo «de Estado», según denuncias de distintos sectores políticos de cara a las elecciones de hoy domingo.

Como se dice siempre ante un torneo similar, los más de 71 millones de mexicanos empadronados tienen la oportunidad de pronunciarse por dar otro rumbo a los próximos seis años.

En el plano hemisférico, ha provocado disgusto y pena ajena entre los mexicanos la complacencia a los deseos de Bush, a veces al costo de intereses locales tan sentidos como la defensa de los inmigrantes ilegales en Estados Unidos ante quienes se erige ahora, enfatizada, la amenaza de la deportación, la criminal militarización de la frontera y el levantamiento de nuevos muros, aunque Fox haya prometido en el año 2000 que arrancaría un acuerdo al Norte para normalizar su estatus.

Eso, sin contar otros capítulos penosos que han alejado a México de los intereses integracionistas de la región mostrándolo, sobre todo, del lado de Washington, y distanciándolo del país que se negó a romper con Cuba cuando la Casa Blanca dictó el cerco diplomático en los años 60 o, incluso, del México que convocó a la I Cumbre Iberoamericana durante los tiempos de Carlos Salinas de Gortari, demostrando saber que América Latina necesitaba una instancia para reflexionar sola... o, al menos, sin la mandona presencia de Washington.

En el ámbito interno también se rumian insatisfacciones entre las que se cuentan la profundización de diferencias sociales que han hecho prevalecer la pobreza, sobre todo en el sur, o intentos privatizadores de compañías tan importantes como la de electricidad, frenados por la oposición en el Congreso; sin contar otras contrariedades.

Esas penas fueron resumidas tres días atrás por el Diario de México, al hacerse eco del vicepresidente de la Cámara de Diputados, Heliodoro Díaz, quien reclamó al mandatario saliente el reconocimiento de que su gobierno «solo propició enfrentamientos y contradicciones, porque careció de habilidad y eficacia en la operación política para darle rumbo y certeza al país.

«(...) su gobierno no cumplió con las expectativas; no llevó a cabo el cambio sobre el cual los mexicanos fincaron una esperanza, una opción...».

Para algunos, esos lastres podrían pesar sobre el candidato de su Partido Acción Nacional (PAN), Felipe Calderón, uno de los cinco inscritos y quien se disputa la presidencia con Manuel López Obrador, del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y Rodrigo Madrazo, por el legendario Partido Revolucionario Institucional (PRI): los tres con mayores posibilidades, según las encuestas.

Al repuntar este año, la campaña se desarrolló con fuerte componente proselitista y abundancia de acusaciones personales y escándalos de corrupción que, se afirma, dejaron en segundo plano las propuestas de gobierno.

Los sondeos, empero, dicen que la votación será muy cerrada, y no exenta de complicación.

Luego de meses con preferencia mayoritaria que en un momento pareció perder —o serle robada—, López Obrador, ex gobernador del capitalino Distrito Federal y candidato de la alianza Por el bien de todos —que integran, con el PRD, el Partido del Trabajo y Convergencia— aventaja a Calderón por solo dos o tres puntos porcentuales. Después del torneo de 1988, podría ser esta otra oportunidad de los perredistas, cuyo aspirante promete, a grandes rasgos, un nuevo modelo económico con mejoría para los pobres.

Aunque va en tercer puesto, analistas estiman que tampoco debe descartarse «una sorpresa» por parte de Madrazo si sale a flote el llamado «voto duro» del PRI, gobernante de modo ininterrumpido por 60 años.

Sería de locos hacer apuestas: los entendidos dijeron que decidirán, precisamente, quienes no adelantaron preferencias.

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