Un trotamundos visita Cuba - Internacionales

Un trotamundos visita Cuba

«Un geógrafo necesita recorrer el territorio, palpar el terreno, hablar con la gente, conocer sus problemas y también sus anhelos», afirma el también fotógrafo argentino

Autor:

Mario Cremata Ferrán

Pablo Sigismondi: geógrafo, fotógrafo, viajero empedernido y loco. Foto: Tomás Barceló

Un colega suyo lo llamó trotamundos. Y es que no existe calificativo que retrate mejor su personalidad. Solo que Pablo Sigismondi Chalhoub no es un trotamundos cualquiera: su mejor aval es haber visitado ya 120 países, algunos más de una vez. Porque viajar es su gran pasión. También lo son la geografía y la fotografía.

Este andarín impenitente, nacido en la ciudad de Córdova, Argentina, hace 47 años, ni siquiera enmascara su origen. A simple vista salta una rara mezcla donde los rasgos arábicos se acentúan.

«Es que mi padre era italiano y mi madre siria», explica.

Recorrer el planeta le ha permitido acercarse a otras culturas y poseer un sólido conocimiento del mundo. Es de esos escasos seres que pueden hablarte de todo como si fuese su especialidad.

Pablo Sigismondi tiene dotes de erudito. Es una suerte de espejo de la Tierra. Una esponja. Un artista que vive el hoy sin importarle el mañana. Confiesa que en América solo ha visitado México, Chile, Estados Unidos y Canadá. Ahora está en Cuba.

—¿Cuándo despertó ese espíritu aventurero que lo ha llevado a recorrer los más disímiles rincones del planeta?

—Desde muy chico viajaba con mis padres por el interior de la Argentina; iba a «explorar» al Parque Sarmiento, en mi ciudad natal. Más adelante estudié Geografía. Para entender la profesión un geógrafo necesita recorrer el territorio, palpar el terreno, hablar con la gente, conocer sus problemas y también sus anhelos.

«Yo hice eso primero en algunos países del Sur, los de la retaguardia, porque nosotros tenemos siempre una visión que los poderosos nos imponen: las imágenes, las noticias; la información que recibimos es tergiversada. No nos muestran la realidad porque no les conviene.

«Hay que revalorizar el conocimiento a partir de una visión propia. Me seduce aprender desde nuestra cultura e identidad. Es imprescindible que el geógrafo, antes de hablar sobre geografía, se acerque al lugar».

—¿Busca algo en específico con esos viajes?

Irshad es un niño afgano de 12 años. Salió entusiasmado cuando le dijeron que los norteamericanos habían arrojado comida desde los aviones. Solo fueron bombas. Cuando despertó, le faltaba una pierna. También perdió a sus padres y sus siete hermanos. Se protege el rostro del agobiante sol mientras toma fuerzas para seguir. Foto: Cortesía del entrevistado

—Los primeros viajes fueron para tratar de conocer mi pasado, tan lejano que solo lo conocía por referencias familiares. Mi abuela materna me contaba historias de las nevadas en Siria. Yo me reía y le comentaba a mi hermano: La abuela está completamente loca, allá solo hay camellos y desiertos. Más tarde comprobé cuán equivocado estaba.

«Es preciso afirmarnos en nuestras propias raíces; la planta que no las tiene, el viento las puede doblar. El sabio Alejandro de Humboldt dijo una vez que si bien la totalidad es imposible de conocer, todo estudioso de la geografía debe intentar acercarse a ella.

«Mi maestro, el francés Paul Claval, uno de los grandes geógrafos marxistas del mundo, insistía con mucha razón en que la geografía está hecha para abrir los ojos de los ciudadanos y mirar a su alrededor. No olvidemos que la geografía tradicional se limita a enseñarnos los nombres de las capitales, el mapa, pero no a conocerlos».

—¿Gusta de hacer visitas solo de paso o prefiere las estancias más o menos largas?

—En dependencia de las posibilidades económicas y de tiempo, me gustan las estancias largas, para apropiarme de la realidad y lograr una empatía con los pueblos, con su modo de pensar. Eso muchas veces se dificulta por las barreras idiomáticas y culturales.

«Generalmente las clases dominantes que manejan el mundo viven encerradas en burbujas y no conocen la realidad de su gente. No solo no la ven, sino que les da miedo enfrentarla. Ahí radica la diferencia entre el turista y el viajero. El primero se mueve para descansar, bañarse, solearse y después hablar boberías. Es el típico individualista, egoísta y acomodado, defensor de la política del sálvese quien pueda.

«Ser viajero es más serio; por eso me siento profundamente feliz de estar en Cuba, cuyo pueblo es ejemplo de altruismo y de solidaridad».

—¿Cómo logra imbricarse su carácter de viajante cotidiano con los altos precios de los pasajes?

—Normalmente hago fotografías y crónicas de viaje y las vendo a distintos medios de comunicación: La Voz del Interior (diario cordovés); las revistas Viva, Nueva, Marco Polo y El Galeón, todas argentinas; los periódicos Nigrizia, de Italia; Hora Cero, de Brasil; El Universal, de México, entre otros. También soy profesor de Geopolítica en Alemania y ofrezco charlas, conferencias y seminarios en distintas universidades.

«Soy lo que se dice en mi país, un gasolero, o sea, un hombre de bajo presupuesto. En ocasiones trabajo en los lugares que visito, principalmente en Europa. En Italia laboré en las cosechas para acercarme a los campesinos. En Alemania, junto a los inmigrantes kurdos, asumí tareas más rudas. Esta es otra manera de sufragar mis actividades».

—Y el hombre que vaga por el mundo: ¿anda solitario?

—Viajo solo, muy pocas veces acompañado. Abrirse camino uno mismo, por obligación, es más enriquecedor. Además, para ser sincero, no he conseguido compañeros de viaje que quieran involucrarse en mis planes. Estando solo uno puede utilizar el tiempo como se le venga en gana. Un viaje es como una cuestión existencial, profesional.

«Sin embargo, estar solo más de una vez causa penuria, a veces nostalgia, pero es parte de la compensación. Lo que en la vida no se logra con sacrificio es efímero. Por más solo que uno se sienta, está con uno mismo. Hay que aprender a conocerse a sí mismo. La soledad es dura, se necesita mucha garra, fuerza y voluntad para sobreponerse».

—¿Cuántas lenguas ha logrado entender o dominar?

—A la perfección cinco o seis; lamentablemente las lenguas occidentales: inglés, francés, italiano, alemán y árabe. Ahora, chapurrear, el ruso, el hindi, el kurdo, el suahili (de origen africano) y algunas lenguas originarias de Argentina como el wichi.

«Es importante cuando se está en una región donde las lenguas son absolutamente distintas a las occidentales, hacer el esfuerzo por preguntar, agradecer, para que la gente aprecie nuestra voluntad. Muchas veces nos engañan con que el inglés es el idioma universal. Eso es relativo.

«¿Te imaginas en esos países agredidos que hables el mismo idioma de los invasores? El lenguaje en realidad es una de las formas de comunicación de los seres humanos, pero existen otras que en ocasiones hablan más que palabras. ¿Cuántas veces has hablado el mismo idioma con alguien y no llegan a entenderse?

«Para mí un apretón de manos, una sonrisa, un beso y un abrazo valen más. Los afganos se saludan poniendo la mano derecha en el corazón de su interlocutor. Luego te dicen khuda khafiz (hasta pronto)».

—¿Por qué en algunas de sus fotografías se aprecia un interés por atrapar el martirio de las comunidades que visita?

—Actúa mi conciencia. No puedo estar tranquilo sin condenar las atrocidades que veo. Es mi voto. Tengo la convicción y la esperanza de incitar a la toma de partido, sobre todo en los jóvenes.

«Miro el lugar de donde vengo, las luchas de mi familia, los amigos que cayeron... Desde la lógica del mercado no interesan mis fotos de Somalia o Iraq. Mi trabajo apunta a la riqueza, la pluralidad, la creación de la naturaleza y la diversidad».

—¿Espera cambiar el mundo con sus instantáneas?

—No sé si espero cambiar el mundo. No me creo un profeta o un Mesías. Simplemente busco que los humanos vean su realidad y abran los ojos.

«Creo profundamente en el futuro. Me gustaría recordar el momento en que el joven Gustav Janouch le preguntó a Kafka: Dime Franz, es que no hay esperanza, y este le respondió: sí la hay en abundancia, pero no para nosotros. Quizá yo no la pueda ver, pero la misma gaia (Tierra en griego) nos hará entender que este es un camino equivocado».

—¿No ha pensado en fijar su destino?

—Cada lugar es mi residencia, mi patria. No tengo un hogar propio, pero tengo miles de casas y amigos por el mundo que me brindan la energía necesaria. Probablemente ese momento solo llegue por una cuestión fisiológica que me impida la movilidad. En tanto eso no suceda, andaré por ahí.

«Después de cada viaje siempre regreso a Córdova a intercambiar con mi gente, les cuento historias, les muestro fotografías y así me voy retroalimentando».

—Esta es su primera visita a Cuba: ¿Por qué nos eligió?

—A inicios de este año estuve con Tomás Barceló —fotorreportero cubano, profesor de la Universidad de Córdova—, en casa de un amigo común en Argentina, donde llevé fotos de mi viaje por la frontera de México. Tomás me preguntó si me gustaría presentar esas fotos en Cuba. Le dije que me encantaría y fue tanta la emoción que esa misma noche le envié mi currículo. Él y su esposa, la periodista Irina Morán, se ocuparon de todo. Llegamos el pasado domingo.

«Cuando partí de Córdova toda mi familia y amigos me felicitaban. No imaginas la cantidad de personas que esperan fotos e historias de Cuba. Los cubanos son extremadamente hospitalarios y muy cultos, tienen un alto nivel de conciencia. Es un placer y un privilegio el hablar con tu gente. Están siempre informados, me maravilla su sonrisa, sus besos y abrazos. Eso es sumamente valioso y positivo.

«En este momento imparto un curso en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí y estoy en trámites con la Fototeca de Cuba para exponer mi trabajo».

—¿Qué va a suceder después? ¿Cuál es su próximo destino?

—Tengo un amigo haitiano que al enterarse de este viaje me preguntó por qué no me embullaba, si ya estaba cerca, a conocer Haití. Me voy el 15 de julio y regreso el 9 de agosto a Cuba, para marcharme cuando se venza mi estancia.

«En septiembre tengo programado un viaje a Sudán. También me gustaría regresar pronto al Medio Oriente, que me atrae de modo peculiar. Allí me siento como en casa».

—Geografía y Fotografía, ¿si tuviera que decidirse por una?

—Por la geografía, y si quieres también por la escritura. En Afganistán me sucedió algo, fue un aviso. Me detuvieron los soldados norteamericanos en un control a la entrada de Kabul. Revisaron todo mi equipaje y me preguntaron quién era y a qué me dedicaba. Les expliqué que fotógrafo. Velaron todas mis películas, vírgenes o no. ¡Qué indignación, qué afrenta! Al terminar me dijeron: Ok my friend, no problem, go, go... (Está bien amigo, no hay problema, vete).

«No pude hacer más fotos porque allí no vendían el material. Tampoco pude registrar todo lo que vi y perdí lo que tenía. Cuando me serené, pensé: Bueno, al menos estoy vivo. Entonces entendí que debía empezar a fotografiar con la escritura.

«Ahora siempre ando con hoja y lápiz. Es mucho más barato. Desde luego, no es lo mismo. La fotografía es un documento, un testimonio, la imagen vale. Sin embargo, soy capaz de sacrificarla. No nacimos con una cámara, pero sí con un cerebro. ¡Que no nos tape el alma!»

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