Jóvenes estadounidenses caminan por la paz

Dos adolescentes decidieron desde hace tres meses recorrer el territorio estadounidense molestos con un presidente y su guerra

Autor:

Juana Carrasco Martín

El conflicto bélico con el país árabe comenzó, coincidentemente, cuando Ashley, oriunda de Clinton Corners, estado de Nueva York, casi iniciaba sus estudios de high school; ya va para su segundo año en la Universidad Wesleyan y no cesan los disparos que destrozan vidas y sueños en EE.UU. y producen aún peores estragos en Iraq.

  Otros se le han ido incorporando en el camino. La idea de hacer algo le vino de su permanente preocupación por la gente, la buena influencia de maestros pensantes y liberales, y la inspiración de otra generación que hizo lo suyo en la era de Vietnam, cuando tenía su edad. Así lo reconoce cuando alguien de la prensa le pregunta o va conversando con el pueblo, con el norteamericano común, para exponer sus ideas.

Su intención no era convertirse en una caminante solitaria. Convocó en su sitio en Internet, pero un solo joven respondió desde el mismo comienzo: Michael Israel, de 18 años, oriundo de Jackson, California, quien recién concluyó la enseñanza media superior.

La pareja camina junta desde entonces y, por momentos o días, a su paso por estados y pueblos, se les unen pequeños grupos que les demuestran el acompañamiento de muchos. Si bien tomar una posición activa no es ahora tan habitual como lo fue durante la guerra de Vietnam, cada vez un número mayor de estadounidenses reprueban la política bélica de la administración Bush y también crece el descontento en las filas de los políticos.

Pero el sonido de sus pasos por caminos polvorientos o asfaltadas carreteras se amortigua con la mudez de la gran prensa; apenas algunos periódicos, emisoras radiales o televisoras locales se hacen eco de su andar a favor de la justicia y la paz. El de Ashley Casale y Michael Israel es otro esfuerzo digno, silenciado en Estados Unidos y en buena parte del mundo. Sin embargo persisten, a sabiendas de que están haciendo su pedacito de historia necesaria.

Democracy Now está entre los medios alternativos que ha sacado a la luz la determinación de los dos adolescentes, que escogieron pasar sus vacaciones de verano protestando contra la guerra y la no violencia en general como solución a los problemas globales.

Justicia económica, necesidad de un ambiente sustentable y justicia social son también elementos que ellos consideran están fuertemente vinculados a la paz. Así decía la muchacha de 19 años a la emisora radial que tiene una de las páginas web más seguidas por el mundo racional dentro y fuera de EE.UU.

De todo tras sus huellas  

Mientras cruzaban la nación, cuando Ashley había gastado por lo menos tres pares de sandalias, y apenas estaban a mitad del trayecto, ellos ya habían establecido contacto con muchas organizaciones pacifistas, con las que se manifestaron en las calles y que luego, a su vez, han manifestado su apoyo a esta Marcha por la Paz.

Pero también el valladar de la intolerancia les ha cerrado el paso alguna que otra vez. Ashley le contaba a la periodista Amy Goodman, de Democracy Now, el incidente en el Parque Nacional de las Montañas Rocosas, en el estado de Colorado:

«Nuestra senda nos llevó a la Ruta 34, que va a través del parque, y queríamos caminar por él. Solamente éramos dos, Mike y yo, en ese momento, y llevábamos nuestros signos, básicamente una especie de pechera que cubría el frente de nuestras camisas, y decían «Marcha por la Paz. De San Francisco a D.C.» (March for Peace: San Francisco to D.C.). Y ellos nos detuvieron a la puerta, donde tratábamos simplemente de pagar la entrada y caminar, y ellos no querían dejarnos caminar a través del parque. Dijeron que los signos eran demasiado políticos y para ellos necesitábamos un permiso. Sentíamos que realmente no eran carteles. No los enarbolábamos. No íbamos a detener a nadie y hacer una demostración. Y pensábamos que no era correcto que nos los quitáramos, pero ellos nos dieron una especie de instrucción. Terminamos quitándonos las pecheras, pero escribimos el mismo mensaje en nuestros pulóveres, porque sentimos que era verdaderamente importante hacerle saber a la gente qué estábamos haciendo cuando cruzábamos el país».

Por supuesto, no fue el único incidente. Justo al comienzo de su viaje, llevaban una pancarta bien larga que decía igualmente March for Peace: San Francisco to D.C. y cuando intentaron cruzar el famoso puente Golden Gate, sobre la bahía de San Francisco, un oficial los paró porque dijo que obstruían el tráfico y podían causar un accidente si alguien se distraía leyendo el letrero. Ashley y Michael entendieron entonces, porque reconocen que era «una enorme banderola». Pero en el Parque Nacional de las Montañas Rocosas sí consideraron que les intentaban imponer una agenda política, y otros parecen haberlo apreciado de igual manera, de forma que el Denver Post, importante diario de Colorado, le dio cobertura al asunto.

El anecdotario es amplio, y de ello toman una realidad: la cantidad de personas sorprendentes que han ido hallando a su paso. Unas, para hacerles más duras las millas y millas de desierto y soledad en partes de Nevada y de Utah, donde no les llegó un vehículo de apoyo; pero entonces aparecieron dos bicicletas donadas; otras, para alegrarles la marcha con su apoyo.

En Nebraska, un granjero retirado y veterano de la Segunda Guerra Mundial los esperaba a un lado del camino con un letrero de bienvenida. Con él cenaron esa noche. Otros les gritaron improperios o les hicieron gestos obscenos.

Contaba un blog del periódico Chicago Tribune que Michael Israel, quien se perdió su graduación de high school para enrolarse en la Marcha, les dijo que durante semanas tuvieron ampollas en los pies, pero la gente les ayudaba con pomadas y curitas.

También Israel testimoniaba que en pequeños poblados —como les sucedió en Steamboat Springs—, en el medio de Colorado, no podían caminar cinco minutos sin que alguien parara su carro, saltara de él, y les trajera agua o les ofreciera un lugar donde dormir durante la noche.

En Omaha, a mediados de julio, un llamado al apoyo decía: «Usted puede unirse a Ashley y Michael mientras caminan por Omaha para levantar conciencia sobre temas globales y generar soluciones pacíficas... Si tus pies, rodillas o espalda no pueden tolerar el caminar, entonces monta tu bicicleta o maneja hasta el Parque Levi Carter para oír las bandas, a los poetas, oradores, una competencia para ver a quién le sirve el zapato de “Cenicienta Princesa de la Paz”, y más...»

Rosemary Moews Sacrbeary, de Bloomington, los esperaba en medio de una sofocante temperatura cerca de la universidad estatal de Illinois. Ella se mantuvo al borde del camino mientras otros marchaban contra la guerra en Vietnam cuando estudiaba en el college, pero ahora había viajado hasta allí en su motorizada silla de ruedas, porque «esto es lo que yo necesitaba hacer». Junto a Rosemary estaban miembros del grupo local Ciudadanos por la Paz y la Justicia de Bloomington-Normal con carteles de apoyo, mientras algunos motoristas sonaban las bocinas.

El futuro inmediato en Washington D.C. 

Para Ashley Casale y Michael Israel se va acercando, paso a paso, su meta en Washington D.C., pero las últimas millas no las están recorriendo sin compañía. Juntos están ya siete caminantes —entre ellos Art Brown, de Garberville, California; Antonio Keis, de Omaha, Nebraska; e Isabelle Salmon, de Seattle. Y siempre hay otros que viajan a su lado durante un día o durante horas; también les sigue un vehículo de apoyo y en su sitio web, aquel en que la muchacha puso el aviso primero, un par de veces al día se dice en qué lugar exacto de la geografía estadounidense están y «ellos vienen a nosotros y se nos unen en cualquier momento». MarchforPeace.info abre también camino en la red de redes.

Un deseo de ambos jóvenes es que cada vez más muchachos y muchachas de su edad se les incorporen, porque «nosotros somos el futuro, y de nosotros depende hacer que ocurra un cambio», dicen. Son más las personas adultas las que les han apoyado, los que están en los cincuenta o los sesenta, aquellos que vivieron en la era de Vietnam. «Si logramos que más gente joven venga con nosotros y se levante por la paz, entonces esto va a hacer la diferencia en el futuro», aseveran.

El 10 de septiembre, Ashley y Mike irán desde Arlington, Virginia, donde está el cementerio de los veteranos de las guerras, hasta la cercana Washington. Allí acamparán esa noche SIN PERMISO, como esperan lo hagan dos centenares más que planten sus tiendas de campaña y enfrenten el riesgo del arresto.

Se quedarán durante una semana, en espera del próximo sábado, cuando la coalición A.N.S.W.E.R. realice un gran mitin en que gente de toda la nación exprese su rechazo a la guerra.

Allá estarán en busca permanente y en la promoción consciente de ideales positivos para el siglo XXI: retirada de las tropas y fin de la ocupación de Iraq, de las armas nucleares, de la desigualdad social y económica, de las emisiones de gases que matan al planeta; búsqueda de fuentes renovables y sustentables de energía: viento, sol y geotermia; verdadera ayuda financiera y humanitaria para los países necesitados.

Tremendos pasos que pudieran seguir las huellas trascendentales que la endurecida ternura de una jovencita neoyorquina y un muchacho californiano estuvieron cimentando por los desiertos del oeste, las Montañas Rocosas y las Grandes Planicies, en este verano para recordar, con el propósito de que su llamado a la cordura global sea escuchado...

En dos ocasiones le han regalado zapatos nuevos a Ashley Casale, y por estos días alguien le ofreció a Michael Israel, su compañero de viaje, un par de pantalones. Son manos solidarias que se encuentra a su paso desde que el 21 de mayo pasado la joven neoyorquina decidiera emprender una larga caminata de 4 800 kilómetros, desde San Francisco, en California, hasta Washington, la capital estadounidense, para mostrarles a su país, a los congresistas y a la administración de George W. Bush su inconformidad con la guerra en Iraq.

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