Otra vuelta de tuerca sobre Irán

Washington presiona día a día y los bushianos elevan el tono de la retórica, al punto de que el panorama político estadounidense se pregunta si está próximo el día en que caigan bombas sobre el pueblo persa Periodista argentino califica de impactante viaje a Irán

Autor:

Juana Carrasco Martín

«Yo lo puedo caracterizar como una rutina», dijo a los periodistas Robert Gates, secretario de Defensa de Estados Unidos. Viajaba displicentemente sobre el Mar del Norte en un vuelo rumbo a Washington, y se refería nada menos que a los planes para una acción militar contra Irán.

El ministro guerrero de Bush como que le restaba importancia al tema, porque son cientos los potenciales escenarios bélicos que contempla el Pentágono, pero la encendida retórica de los últimos días, ejercida lo mismo por el mandatario como por el vice Dick Cheney o la señorita Condoleezza Rice, van pavimentando una preparación para cuando se sientan capaces de lanzar el zambombazo. Al menos no les faltan ganas...

La administración del W. acusa al gobierno de Teherán de buscar armas atómicas mediante su programa de energía nuclear pacífica y le tilda casi de ser cabecilla del «terrorismo» internacional, porque supuestamente provee de armas y entrenamiento a la insurgencia en Iraq y también en Afganistán.

A mediados de semana —cuando los incendios asolaban buena parte del estado de California y el jefe de la Casa Blanca todavía no había visitado la zona de desastre— el mandatario ratificó que era su tiempo para castigar y amenazar a diestra y siniestra.

Cuba e Irán fueron calibradas una vez más por el equipo de halcones-gallinas, frustrados porque el martes estarán en la picota de la comunidad internacional que aprobará la resolución de condena a su bloqueo económico y comercial contra nuestro país, y porque no han podido convencer a casi nadie de las supuestas armas nucleares iraníes para arrancar una sanción colectiva.

En el caso de la nación medioriental le impuso por su cuenta fuertes sanciones a entidades, organizaciones y personas iraníes, que etiquetó de sustentadoras del «terrorismo», reclamando de esa forma la posibilidad de golpes aéreos, esos que Gates llamó operaciones de «rutina», y hasta el propósito de cruzar límites mayores y más peligrosos si recordamos que apenas unos días antes habló de que Irán sería responsable de la III Guerra Mundial.

Montado en ese carro de construir mentiras y fantasmas, en su discurso del 21 de octubre, Cheney dijo: «El régimen iraní necesita conocer que si se mantiene en su presente curso, la comunidad internacional está preparada para imponerle serias consecuencias»... «Estados Unidos se une a otras naciones en mandarles este claro mensaje: No permitiremos que Irán tenga un arma nuclear».

Y de ahí vino la decisión de Bush: La Guardia Revolucionaria Iraní —formada en 1979 para salvaguardar la revolución islámica— es el foco de atención principal de la lista negra que dio a conocer la secretaria de Estado norteamericana, que incluye, además, a tres bancos del Estado iraní, y hasta al Ministro de Defensa de ese país, entre unas 20 entidades escogidas como blancos de la agresión financiera. Para completar la vuelta de tuerca, el imperio hizo saber que aquellos terceros países y empresas que hagan negocios con los grupos demonizados pueden correr el riesgo de ser penalizados financieramente por Estados Unidos.

¡Que tiemblen todos en el planeta!, pues como dijo la Condi, esta es «una política general para confrontar la conducta amenazante de los iraníes», descrita como «quizá el más grande reto para la seguridad de los intereses norteamericanos en el Medio Oriente, y posiblemente en el mundo entero».

A ojos vista, Bush y su gente están dispuestos a empeorar la situación internacional, y hasta dormirían a pierna suelta si lograran embarcar en esa loca nave de guerra a otros socios, que tras las nefastas aventuras de Afganistán e Iraq no están muy dispuestos a hacer de segundones.

Con toda razón, hasta grupos de derecha de Estados Unidos —y esto es el colmo del aislacionismo para la administración Bush— ven con malos presagios una retórica que recuerda como papel de calco los pasos que desembocaron en la invasión y la ocupación de Iraq, iniciada la noche del 19-20 de marzo de 2003.

No está de más recordar aquí el comentario que hiciera sobre las sanciones unilaterales y extraterritoriales el ex senador de Carolina del Norte y aspirante a la candidatura presidencial demócrata John Edwards: «He aprendido una lección clara de lo que nos llevó a la Guerra de Iraq en 2003: si usted le da a este presidente una pulgada, se cogerá una milla y lanzará una guerra»...

Para colmo, cuando el precio del barril de petróleo llegó ya en el mercado neoyorquino a los 91 dólares, haciéndolo casi inalcanzable para no pocos países en el mundo, las sanciones que acaba de anunciar el régimen bushiano o un posible golpe contra Irán vaticinan terribles consecuencias para el mercado del hidrocarburo y hasta la entronización del pandemonio, es decir del reinado del diablo.

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