Liberia, posible sede de AFRICOM

Obviando las lecciones de su historia, Monrovia mantiene las puertas abiertas a la militarización norteamericana

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

Gráfica: Andrés José Cuan Llegó el 1ro. de octubre de 2008, y como lo anunciara el Departamento de Defensa de Estados Unidos en 2007 —apenas dos meses después de bombardear Somalia— el comando de operaciones militares para África (AFRICOM), fue activado.

Por el momento, la nueva fuerza de intervención militar se encuentra en Stuttgart, Alemania. Después de más de un año de intensos esfuerzos diplomáticos de Washington —que incluyó giras del propio Bush y de su amiga de correrías, Condoleezza Rice, por el continente, o recibimientos oficiales de presidentes africanos en la Casa Blanca—, la administración estadounidense no ha podido convencer a los gobiernos de la región de su mentira: «AFRICOM traerá paz, desarrollo socioeconómico y seguridad para el continente».

Sin embargo, mientras varios Estados y organismos regionales responden con escepticismo y no dejan de pensar que detrás de ese disfraz de humanitarismo y cooperación se esconde el apetito de las transnacionales norteamericanas por los abundantes pozos petroleros africanos y muchas riquezas más, otras administraciones como Marruecos y Liberia están dispuestas a tener en casa a los militares norteamericanos.

La idea del Departamento de Defensa, bien cocinada, no se complace con una sede en Europa. La operatividad militar deseada implica que la base esté in situ, y Washington, cuya política exterior hacia África apunta a mantenerse invariable aun con un nuevo presidente, no descansará hasta lograr ese objetivo.

Hasta hoy, las sospechas apuntan a que el cuartel de AFRICOM pudiera amanecer un día en Liberia, país que ha expresado abiertamente su disposición de acoger otro de los planes de saqueo de su aliado occidental.

Y aunque Washington no ha respondido oficialmente al gesto de Monrovia, sí ha tenido la luz verde para ir preparando el terreno a través de su protagonismo en la reestructuración de las fuerzas armadas liberianas.

La reciente creación del primer batallón de la Brigada de Infantería número 23, con el entrenamiento y la asistencia de Estados Unidos, es uno de los resultados de esta nefasta «comunión», que solo le puede devolver a Liberia los tristes recuerdos de 14 años de cruda guerra civil que hoy la nación trata de olvidar.

La presidenta Ellen Johnson Sirleaf, junto al comandante de AFRICOM, General William E. Ward (derecha), y el Mayor General Suraj Alao Abdurrahman, encargado de las Fuerzas Armadas de Liberia, durante la ceremonia de activación del nuevo batallón de infantería en el Centro de Entrenamiento Barclay de Monrovia. La presidenta liberiana Ellen Johnson Sirleaf, en uno de sus arrebatos pronorteamericanos durante la ceremonia de inauguración de la Brigada 23, dijo que esta aseguraría «la soberanía nacional ante las agresiones extranjeras, la insurgencia y el terrorismo». Pero AFRICOM no lo garantiza, todo lo contrario. Allí estaba escuchándola ese día el general William E. Ward, jefe del comando.

¿De qué enemigos quiere protegerse Monrovia? A diferencia de muchos de sus vecinos, la nación de la costa oeste africana no ha estado envuelta en conflictos bélicos contra actores regionales, y mucho menos internacionales. En su historia como Estado, Liberia solo se involucró en dos guerras civiles. Y eso se lo debe en gran medida a EE.UU., que apoyó el golpe asestado por el sargento Samuel Kanyoun Doe en 1980, y posteriormente se encargó de darle al «revoltoso» millonarias sumas para la militarización del país.

Mirando atrás

Desde la semilla, Liberia siempre apuntó a convertirse en un árbol torcido.

El golpe de estado del 12 de abril de 1980 fue expresión de las tensiones existentes entre los nativos a los que pertenecía Doe y los americo-liberianos. Este último grupo, que representaba solo el cinco por ciento del total de la población, son descendientes directos de los esclavos negros que fueron liberados en Estados Unidos, y que a partir de 1822 comenzaron a llegar a Costa de Granos, un pedazo de tierra de Sierra Leona comprado por EE.UU. a la metrópoli inglesa en su plan de vuelta a África que «blanquearía» al naciente imperio.

La emigración de los negros americanos, en algunos casos voluntaria y en otros semiforzosa, fue la salida para deshacerse de sus libertos. Quizá también para alcanzar un pedacito del pastel africano que se disputaban las potencias coloniales del siglo XIX: Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, España, Portugal y Bélgica.

En 1841 se le dio al territorio el nombre oficial de Liberia — «La Tierra de la Libertad». Seis años después, un congreso liberiano, representado solo por los llegados de EE.UU., declaró la independencia de la colonia, que adoptó una Constitución elaborada en la Universidad de Harvard, un mandatario propuesto por EE.UU., Joseph J. Roberts, y una bandera muy similar a la de las barras y las estrellas.

A partir de entonces, el gobierno fue asumido por la casta américo-liberiana, la cual obvió los intereses de los pobladores autóctonos y a su vez fue rechazada por ser portadora de una cultura colonizante con fuertes raíces en el sur estadounidense de antes de la Guerra Civil. Estas hostilidades se mantuvieron en el candelero durante más de una centuria.

Todos los gobiernos de Monrovia, —nombrada así en honor al presidente norteamericano James Monroe, aquel que llamó a Cuba «la fruta madura» que inevitablemente caería en su cesta y proclamó «América para los americanos» a fin de tragarse todo un continente—, contaron con el apoyo de EE.UU., tanto político como económico y financiero, que derivó en administraciones serviles y totalmente pronorteamericanas. Las empresas de capital estadounidense dominaron grandes sectores económicos del país como el hierro, muy explotado durante la Segunda Guerra Mundial —Liberia es uno de los mayores productores y exportadores de este mineral en el continente africano—, además del caucho.

Liberia llegó a ser conocida como la República de Firestone, porque esa corporación norteamericana instaló allí la mayor plantación de caucho del mundo, luego que en 1926 obtuviera una concesión por casi cien años. Las inversiones extranjeras también alcanzaron al petróleo y el diamante.

Con la economía liberiana en manos del mercado internacional de capitales, la población nativa fue la mano de obra para la explotación minera y forestal, en condiciones muy similares a las de la esclavitud.

La oreja de la CIA

Monrovia fue, además, un cálido hogar para la CIA durante los años de la política de Guerra Fría en el continente africano, para que esa agencia de subversión y espionaje pudiera ahogar a los gobiernos realmente nacionalistas e independientes.

Muchos llamaron a Liberia «la oreja de la CIA», pues en su territorio se desplegaron antenas de espionaje, y fue sede de Radio Liberty, financiada por la «Compañía» para emitir propaganda anticomunista y legitimar la ideología de Washington.

La CIA fue el sostén de la contrainsurgencia en África, que dio lugar al asesinato de muchos líderes regionales y al derrocamiento de no pocos gobiernos.

Recientemente, un ex funcionario de la administración de Tolbert, Cllr. Chea Cheapoo, denunció ante la Comisión por la Verdad y la Reconciliación de su país, creada por el gobierno de Ellen Johnson Sirleaf para tratar los crímenes de la guerra civil, la participación de la CIA en el golpe de estado que encabezó Doe y el asesinato de Tolbert en la Mansión Ejecutiva. La Agencia propició a los golpistas un mapa preparado del lugar, sostiene la acusación.

Más y más dinero

Una vez Samuel Kanyoun Doe en el poder, que se ratificó en 1985 con unas elecciones fraudulentas y en las que quedaron fuera los grandes partidos de la oposición, lo primero que hizo el sargento —primer jefe de estado de Liberia que no provenía de la élite américo-liberiana— fue elevar a un primer nivel los históricos lazos políticos con Washington, romper las relaciones con la Unión Soviética iniciadas por William Tolbert, y apoyar abiertamente la Guerra Fría.

A partir de entonces, las inyecciones de capital financiero estadounidense tuvieron un crecimiento sin precedentes, siempre en función de los intereses del aliado occidental. En su guerra contra la influencia de la ideología de Moscú en la región, la ayuda militar de Washington a Liberia creció de 1,5 millones de dólares en 1979 a 16,2 millones en 1985, mientras que la económica ascendió de 17,6 millones a 75,5 millones en el mismo período.

Durante su gobierno, Doe proscribió a varios partidos de la oposición, a los que les puso el sello de «socialistas» —la palabra prohibida— para poderlos declarar ilegales de acuerdo con su Constitución, mientras dejaba respirar a otras agrupaciones menos populares.

Pero el descontento generado por Doe desencadenó una larga guerra civil que culminó en 2003. Ese año se prepararon las elecciones de 2005, en las que salió vencedora Ellen Johnson Sirleaf, quien ha vivido gran parte de su vida en EE.UU., estudió en Harvard y fue empleada del Banco Mundial.

Obviando las lecciones del pasado

Tantos años de militarización financiada por EE.UU., junto a las históricas disputas por el poder de las que también es culpable la potencia americana generaron una etapa de explosión armada, que, aunque dormida desde 2003, pudiera amenazar con estallar en cualquier momento, si ahora con el anuncio de AFRICOM, las armas y los dólares norteamericanos siguen encontrando su cálida acogida como en la etapa de la guerra fría.

Reportes de AFRICOM refieren que el gobierno de EE.UU. ha brindado 750 millones de dólares como asistencia bilateral, mientras aportó una cifra mayor a la Misión de Naciones Unidas en Liberia (UNMIL). Según el Buró de Asuntos Africanos del Departamento de Estado, en 2008, la asistencia bilateral es de 162 millones, y el aporte a la UNMIL de 179 millones.

Igualmente, la Agencia Internacional de Desarrollo de EE.UU. (USAID) destinó en 2008, para el proceso de reconstrucción de Liberia, 105 millones de dólares, el segundo mayor programa de asistencia de Washington en el continente. Mucho de ese dinero se destina a objetivos militares y de seguridad de EE.UU. en el área.

Por su parte, la DynCorp, una de las empresas privadas que más dinero se ha embolsado en el sucio negocio de la guerra gracias a los sustanciosos contratos con el Pentágono que solicita sus servicios mercenarios, ha asumido en Liberia la tarea de reestructurar las fuerzas armadas y entrenar a la policía.

En medio del caos económico heredado de la guerra civil, la DynCorp, famosa además por sus vínculos con el narcotráfico y las violaciones de mujeres y menores, de seguro sabrá sacar una lasca mayor que la que le brinda Washington. El tráfico ilegal de las riquezas liberianas, como el diamante, está a la orden del día en esa nación africana.

Teniendo en cuenta todos estos antecedentes, Liberia puede ser el escenario propicio para AFRICOM. Pero al mismo tiempo, pondría a bailar en una cuerda floja la tranquilidad que en verdad no tiene este pueblo africano, ni el continente.

Si esto ocurriera, la presidenta Sirleaf daría crédito a quienes la acusan de desconocer la historia patria.

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