El ALBA también alumbra hacia el Caribe

San Vicente y las Granadinas y Antigua y Barbuda han anunciado su interés de ingresar en este mecanismo de integración regional

Autor:

Marina Menéndez Quintero

La anunciada entrada al ALBA de San Vicente y las Granadinas y de Antigua y Barbuda se suma a la de Ecuador, y refuerza el peso de un conglomerado cuyos aciertos lo acercan, cada vez más, al grupo institucionalizado que no es... ¿todavía?

La oficialización de la membresía ecuatoriana —que hasta ahora fungió como «un observador activo», al decir de su propia Cancillería—, coincide con la tampoco sorpresiva llegada de otras dos islas del Caribe anglófono que han permanecido muy cerca de la ejecutoria del ALBA (Dominica fue la primera en entrar), y cuya adhesión se debe certificar en la Cumbre extraordinaria anunciada para el miércoles, en el estado venezolano de Carabobo.

Ello otorga al ALBA, en lo político, una capacidad de actuación que puede apoyarse más en esa amplia representatividad geográfica con que cuenta y en el fortalecido timbre de su voz, con mayor calibre para dejarse escuchar —como ha demostrado que puede— en los organismos internacionales, o frente a los grandes bloques.

La firme posición común latinoamericana que «llevó a la esquina» a Estados Unidos y le impuso la derogación del obsoleto e ilegal mandato que expulsó a Cuba de la OEA en 1962, ha sido una buena muestra de las importantes batallas políticas que los países del ALBA pueden defender o, como fue el caso, liderar juntos. Recordemos que ese acto de reivindicación histórica propia —reivindicando al pueblo de Cuba— fue tomado por esas naciones en su cita de jefes de Estado y de gobierno de Cumaná, en Venezuela, y llevada y defendida, primero, en la llamada Cumbre de las Américas de Trinidad y Tobago y, luego, en la sonada Asamblea General de la OEA que tuvo lugar en la hondureña ciudad de San Pedro Sula.

Camina el ALBA con los pasos rápidos que exige la borrasca mundial, cuando la tormenta nos pisa los talones y parece que ya nos arranca el manto. Y lo hace también con la premura que nace de la conciencia: Latinoamérica y el Caribe saben que existe una oportunidad histórica hoy para la unidad.

Con tal premisa, y jalonada por la necesidad de una nueva convivencia frente a la expoliación neoliberal, se ha verificado su modo de hacer solidario y ese crecimiento rápido que, en apenas cinco años, extendió al ALBA desde el Cono Sur y Las Antillas a la región andina, y de allí a Centroamérica y a la insularidad de los pequeños territorios negros otrora colonizados por la Corona inglesa en el Caribe.

No es para nada desdeñable lo conseguido en materia económica y social. Por el contrario. De esa buena ejecutoria emana el calor con que nuevos países se adhieren.

Lo más descollante está en una relación hecha realidad en el preconizado pero hasta entonces no practicado comercio Sur-Sur, basado en lo que cada quien tiene y necesita más que en las ganancias y que, por eso, se acerca más a la cooperación, al propio comercio en sí.

Y se ramifican, bajo esa óptica, las decenas de proyectos «grannacionales» dirigidos al desarrollo económico y social, pensando en las poblaciones desamparadas, y que por eso abarcan las áreas de la alimentación y la agricultura, la salud y la farmacéutica, la educación, la energía renovable, la potabilización del agua y la implementación de infraestructuras sanitarias, entre otros muchos renglones.

Sobre la marcha, el surgimiento del Banco del ALBA proporciona el asidero crediticio para que tales proyectos puedan ejecutarse sin perecer, una vez más, bajo los condicionamientos de los organismos financieros internacionales.

Más recientemente, la idea venezolana de establecer un fondo de ahorros con los pagos a plazo que Caracas facilita a los países miembros de Petrocaribe anuncia nuevas posibilidades de ejecución y de unidad en esta Latinoamérica que, cada vez más, tiene el mestizaje del Caribe.

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