Con Martí, camino hacia Bolívar

Venezolanos y colaborades cubanos rememoran la ruta que siguiera en 1881 el Héroe Nacional cubano, José Martí, desde el puerto de La Guaira hasta Caracas en busca de la estatua del Libertador Simón Bolívar

Autor:

Juana Carrasco Martín

El delgado hombre de mediana estatura, vestido de levita negra y blanca camisa, sube con la agilidad de sus casi 28 años a la carreta de bueyes. En el pequeño maletín de sus pertenencias, probablemente, pesan más los libros que la ropa. ¿Llevará algún baúl en la carga? No lo sabemos, pero cartas familiares describen su pobreza; sin embargo, sí conocemos el día del suceso: 20-21 de enero de 1881.

Apenas en la madrugada del 20 ha desembarcado del vapor Felicia en el puerto de La Guaira y ya emprende rumbo a Caracas, por el Camino de los Españoles, faldeando los estribos del empinado cerro y construido sobre el sendero indígena llamado La Culebrilla.

El trepidante carromato avanza lento por las sinuosas calles empedradas, que se agarran a la altura como las pequeñas viviendas que han ido creciendo en el próspero puerto, entrada principal a la Venezuela que entonces gobierna autocráticamente Antonio Guzmán Blanco.

Es temporada de seca, pero de seguro no existe la severa aridez impuesta por los fenómenos extremos de una Naturaleza agredida por los desafueros de la humanidad en los 129 años que nos separan de aquel hecho.

Entonces estaría todavía intacto el duro y empinado camino de piedras graníticas y los muros de contención al borde de barrancos y precipicios; pero ahora las lajas se han perdido o desperdigado, un polvo rojizo u ocre te llena la garganta y se hace resbaladizo al paso de los pesados vehículos de doble tracción.

Tampoco hacen mejor el camino los yipis, que corcovean y se atascan cuando remontan los vericuetos silenciosos del Monte Ávila, el que los aborígenes del valle, los indios toromaymas o caracas, conocían como el Warairarepano, nombre nuevamente acogido para estas alturas que cobijan al valle, donde ha crecido desmesurada y caótica la ciudad capital con sus cinco millones de habitantes.

José Martí se llama aquel viajero de 1881, y ahora un grupo de cubanos cooperantes de las misiones Barrio Adentro y Educativas, junto a hermanos venezolanos, encabezados por el alcalde de Vargas, Alexis Toledo, y la doctora Zayda Castro, directora ejecutiva de la Casa Nuestra América José Martí, rememoramos el andar trabajoso, pero inspirador, que llevó al Apóstol de la independencia cubana al valle, a orillas del río Guaire, al que llegó con reverencia.

Venía desde Nueva York, en un viaje con escalas en Curazao y Puerto Cabello, a peregrinar a la Venezuela guzmancista por consejo de Carmen Miyares, porque en Caracas vivía su prima hermana Victoria Smith de Hamilton, quien lo ayudaría. También encontraría las recomendaciones de sus amigos escritores Nicanor Bolet Peraza y Juan Antonio Pérez Bonalde.

En sus apuntes anota: «Venezuela vale bien el viaje que hay que hacer para llegar a ella, tras una travesía de doce días…». De seguro quedó deslumbrado por el paisaje al empinar el monte y luego quedará enamorado de su gente.

También nosotros bordeamos los barrancos y hacemos alto en La Llanada, antes de otras breves estancias a medida que ascendemos a las alturas, que superan los 1 250 metros sobre el nivel del mar.

El fortín El Salto, puesto de vigilancia construido en 1650, debió ser otro punto de parada para el carromato en enero de 1881, y ofrece ahora la oportunidad de bajar de los autos y aspirar el aire de la montaña.

Luego haríamos otro tanto en la hacienda cafetalera El Guayabal, de la que todavía puede notarse su belleza original. Como lo hiciera Martí, habíamos continuado el recorrido pasando por otros sitios de interés: las ruinas de la Posada de La Venta, Hoyo de la Cumbre… Pero nos quedaba una parada junto al monumento a Bolívar y Martí, erigido por el escultor Efraín López «Chepín», y desde donde se divisa la ciudad toda, en Puerta Caracas. No es la misma imagen que retuviera el joven peregrino cuando se detuvo y descansó a la sombra del cují; tampoco este sobrevivió al paso de los años, pero un árbol similar ocupa su sitio.

Entonces era una Caracas en crecimiento que aún padecía algunos de los quebrantos del terremoto de 1812; contaba 50 000 pobladores, y el lastre de que el 96 por ciento de ellos jamás había pisado una escuela. Ahí ve el Maestro la necesidad y el terreno fértil.

Sin sacudirse el polvo del camino

«Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a donde estaba la estatua de Bolívar…»

En La Edad de Oro, en su relato Tres Héroes, José Martí describe su propia llegada a Caracas. Y a rendirle homenaje a él y a Bolívar llegamos en grupo a la Plaza.

A esa consumación de su estancia venezolana arribó el Apóstol tras seis meses en la nación bolivariana, donde el periodista, poeta y orador —que no era un desconocido entre la intelectualidad venezolana—, encontró rápidamente trabajo.

En febrero estaba enseñando Literatura y Gramática francesa en el colegio Santa María —el fundado por Simón Rodríguez y donde estudiara el joven Bolívar—, ubicado al norte de la Avenida Urdaneta, en el número 31 de Veroes a Jesuitas, una edificación colonial que ahora ocupa la Casa Nuestra América José Martí.

Apenas unos días después de que el 28 de enero cumpliera 28 años, el joven empezó a trabajar como maestro en Caracas. ¿Festejarían el onomástico sus amigos venezolanos en la pequeña posada donde se albergaba? La Opinión Nacional publicó esta nota el 28 de enero de 1881:

«Don José Martí.

«Este ilustrado escritor cubano que en años pasados redactaba en México la Revista Universal, se halla en Caracas, donde se propone fijar su residencia.

«Hemos tenido el gusto de tratarle en la visita que se ha dignado hacernos, y se ha granjeado nuestras sinceras simpatías.

«Deseamos cordialmente que sea feliz entre nosotros para que adopte a Venezuela como su segunda patria, tan generosa y providente como la que le dio el ser».

Efectivamente, desde su llegada recibió esa cordialidad, y a la vez entusiasmó a la juventud caraqueña con su obra literaria y su quehacer revolucionario. Pero también fue ganando la animadversión del Gobierno autócrata por sus escritos en La Opinión Nacional, que le abrió sus páginas.

Bolet Peraza subrayó después que Martí «quiso escribir, y escribió sobre libertad y sobre decoro. Estas solas palabras, sin necesidad de glosa alguna, constituían delito suficiente para el destierro. Martí las pronunció, y tuvo que abandonar de prisa nuestras playas, dejando tras de sí un pueblo amigo, una juventud adicta, un recuerdo abrillantado con amor y honra».

Su verbo prolijo, fluido y encendido, se escuchó en la velada celebrada en el Club de Comercio el 21 de marzo. Se afirma que tuvo que hablar desde el balcón de la casona y que deslumbró e impactó, como lo describe el venezolano Gonzalo Picón-Febres en su libro histórico La literatura venezolana en el siglo XIX. El triunfo de Martí fue extraordinario».

Curioso y analítico, de seguro el 25 de mayo escuchó el paso redoblado de la composición musical patriótica de 1810, Gloria al Bravo Pueblo, convertido ese día en el Himno Nacional de Venezuela. Conoció el bellísimo Teatro Municipal, que había sido inaugurado el 1ro. de enero de 1881, y presenció la construcción de las primeras edificaciones de salas de cine en la ciudad de Caracas, cuando caminaba por el empedrado y las plazas que desde 1874 estaban ya alumbrados por la luz eléctrica.

En julio funda la Revista Venezolana, y en esta declara su Propósito: «extraña a todo género de prejuicio, enamorada de todo mérito verdadero, afligida de toda tarea inútil…». El artículo El Carácter de la Revista Venezolana, que publicó en su segundo número, es considerado por los estudiosos como el primer manifiesto del Movimiento Modernista en Venezuela.

Es también en esa segunda edición del 15 de julio donde escribe su artículo sobre Cecilio Acosta, el eminente literato venezolano fallecido el 8 de julio de ese año, que molesta al presidente Guzmán Blanco, quien lo expulsa del país; es el 27 de julio de 1881, y el 28 Martí parte hacia Nueva York en el vapor alemán Claudius.

El director de La Opinión Nacional, Fausto Teodoro de Aldrey, escribió como despedida: «En nuestras desgraciadamente breves, pero cordiales relaciones, tuvimos ocasión de conocer la nobleza de alma del amigo que se ha ido, su vasta y profunda erudición, su galano estilo y bellísima forma literaria, sus eminentes dotes de orador (…) No nos atrevemos a decir, aquí, donde hay tantos ingenios patrios, que es para las letras, las ciencias y la oratoria venezolana, una pérdida la ausencia de Martí; pero sí que nosotros la sentimos con hondo pesar, porque… son tan raros en el mundo los hombres buenos, los hombres de “candor angelical”».

A continuación, La Opinión Nacional publicaba el «Adiós» de Martí: «… ni hay para labios dulces, copa amarga; ni el áspid muerde en pechos varoniles; ni de cuna reniegan hijos fieles. Déme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo».

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