Circo del Sur, un regalo navideño en Caracas

Ilusiones y alegrías en un refugio del barrio 23 de Enero, tornan más colorido el obsequio para los damnificados del temporal

Autor:

Juana Carrasco Martín

CARACAS.— La tradición viene acompañada de regalos en una Venezuela que se levanta sobre las pesadumbres dejadas por una inclemente temporada de lluvias. Era Navidad este 25 de diciembre para la devoción religiosa. En la noche del 24, en familia, han comido hallacas —ese delicioso guiso de maíz relleno de carnes y envuelto en hojas de plátano— y bailaron gaitas, sobrepuestas por los estallidos de petardos, cohetes, matasuegras y otros artilugios de la pirotecnia que, hasta el amanecer, iluminaron con sus fuegos el cielo caraqueño.

Temprano en la mañana la ciudad dormía, pero era aparente el reposo. Jóvenes de pulóveres rojos con un lema sobre el pecho: Misión Socialista Cultura Corazón Adentro, llegaban a una instalación deportiva comunal, en medio del barrio 23 de Enero, para prolongar la fiesta en el local transformado en vivienda temporal, refugio de quienes perdieron sus casas en el aluvión.

Los niños son los primeros que se desperezan. Algunos estrenan con bríos sus juguetes nuevos, regalos que les enviara el presidente Chávez en nombre del Niño Jesús, la tradición obsequiosa del día de la Navidad, traducida en bicicletas o patinetas que ya ruedan, o reúne en tertulias a las pequeñas madres de las muñecas.

Vestidos con sus ropas nuevas, no pocos se niegan a sentarse sobre el piso de la cancha de voleibol y buscan sillas de las aulas, ahora dormitorios, y desde una que ahora es camerino para que los payasos luzcan sus pintarrajos, y magos y malabaristas apresten el espectáculo.

La música circense se cuela en los oídos y saca al exterior a los más remolones, acompañada del tono perentorio del disfrute que le propone Yosvany, el animador, presentando al… ¡Circo del Sur!

Lisbey y Leiby les enamoran con los malabares y el Dúo Ideal los deslumbra, tanto por sus satinados trajes azul turquesa, pero mucho más por el equilibrio que logran en el cuadrante de metal. ¡Quién pudiera hacerlo así!, piensa la cabecita de Brian, que poco antes hacía tensiones en el aparato de barras paralelas del campo deportivo…

Llegan los payasos Cachito y Yoe y hay risas y carcajadas y caras más alegres que nunca. Medio sorprendido de la «habilidad» de su soplo sobre un papel que se transforma en plumas y pañuelos multicolores, uno de los pequeños se gana un globo amarillo, émulo con su figura de perrito de goma del cokier spaniel que se acuesta patas abiertas sobre el regazo de su dueño y mantiene milagrosamente la tranquilidad, sin interrumpir el espectáculo que fluye, ¡así será de poderosa la magia de los Doble Ases!

Restalla el látigo de Jorge, El Relámpago, que no amilana a Leiby cuando sostiene con sus manos o sus labios los conos de papel que se hacen trizas, o sobre la cabeza la mínima pelota de pingpong que vuela al toque de la cuerda trenzada. A fin de cuentas, ella sabe por telepatía que no le harán daño, si al conjuro de las preguntas de Lisbey es capaz de decir —de espaldas y con los ojos vendados— el color de cada camisa o la fecha exacta de nacimiento de algunos de los presentes.

Termina la función. ¡Yo quiero más circo!, exclama una de las asistentes, y no precisamente es voz infantil. Padres y abuelos también disfrutaron, dieron un descanso a las lógicas preocupaciones, aunque saben que esta mañana de modestas ilusiones, magia y color, ofrecida de corazón desde una Isla hermana, se hará en algún momento realidad feliz.

«Todo, todo me gustó», dice segura Melany, mientras Nazareth prefirió los payasos de este circo que vino hasta su propia casa… Bueno, hasta el albergue; la suya cayó ante el empuje de las implacables aguas horadando el suelo.

Pero Nazareth no sueña despierta, tiene una seguridad: «Sí voy a tener una vivienda nueva. El presidente Chávez ya mandó a construir nuestras casas».

Por allá quedan las instructoras de arte cubanas María Isabel, Patricia y Yanet, que en el día a día acompañan a la humilde gente de los cerros, en la ladera Uno de El Mirador del 23 de Enero… Y los niños, sus alumnos en la creación y de quienes aprenden muchas de las cosas tristes o lindas de la vida, vuelven al juego propio estrenando bicicletas, muñecas y patinetas.

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