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El murmullo de las piedras

La Ciudad Eterna es un banquete de historia. No obstante la aureola de gloria en sus monumentos y construcciones, las piedras milenarias arrullan al oído del visitante: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad»

Autor:

Luis Luque Álvarez

Andar por Roma, aun con un mapa en la mano, es un lío. Un lío agradable, añadiría, pues, aunque se esté un poco perdido, la ciudad es un banquete de historia, y en busca de ese festín se mueven de una esquina a otra grupos de decenas de turistas que, como los pollos detrás de la gallina, van caminando con un guía que lleva en alto lo mismo una bandera alemana o japonesa que un paraguas, para que los novatos no se extravíen.

Yo, pollo perdido, sin más guía que el dichoso mapa, doy vueltas y vueltas para llegar al monumento al rey Víctor Manuel II, el llamado «Altar de la Patria» —al cual se parece el monumento a José Miguel Gómez, en el Vedado, que en cierta medida lo copia—. Sucede que los nombres de las calles a veces no están donde deben, y se puede estar caminando cinco cuadras sin saber por dónde va uno.

Así me ocurre en Viale del Corso —después de mucho andar es que descubro el nombre en una esquina. Para intentar dar con la Fontana di Trevi, pregunto con mil trabajos, porque la calle está llena de turistas tan en la Luna como yo y, naturalmente, de italianos, pero muchos no saben ni jota de inglés. A veces entienden más el español.

Como Vicente, «que va para donde va la gente», doy, al fin, con la Fontana, la misma en la que Anita Ekberg y Marcelo Mastroianni se empaparon en una noche de película. Y la misma hacia la que los visitantes, por tradición, vuelven la espalda y lanzan monedas, con la esperanza de que un misterioso designio les traiga de vuelta algún día a la Ciudad Eterna.

Hay abundantes monedas en el fondo —un español confiesa allí mismo haber arrojado 35 euros «para regresar, para encontrar un amor…»—, así que entiendo que Neptuno no debe tener necesidad de mis dineros, y hasta me alegro cuando, después, en la Plaza de San Pedro, sobre uno de sus oscuros adoquines cuadrados, encuentro un euro. Con él en la mano, evoco el feliz día en que, en una acera de la Timba, hallé 25 centavos de CUC caídos del cielo.

Voy mejorando. Se ve.

Plátanos junto al Tíber

La noche ha sido fría, y varias veces me han despertado ruidos procedentes del piso superior, como de quien arrastra objetos. Tal vez algún ladrón estuviera ganándose el pan a esa hora en el edificio.

Por la mañana, Paola, mi anfitriona, me explica: la culpable es Pamela, una… ¡puerca! Sí, la vecina de arriba, familiar de un conocidísimo actor y cineasta italiano, la cría a sus anchas en una habitación y la lleva a pasear en auto, con un lazo al cuello. Precisamente al bajar las escaleras, encuentro a la señora y a Pamela a punto de iniciar su tournée romana. Cámara en mano, y tras exagerar mi admiración por tan «biútiful ánimal», le pido a la dueña me deje hacerle una foto. Y accede.

Comienzo la marcha. Rumbo al Vaticano, desde el Viale Trastévere, escucho repiques una y otra vez —hay más de mil iglesias en Roma, y las campanas vuelan a cualquier hora—. Voy bordeando el Tíber, que supongo de menos calado que el Sena parisino, pues ni son tantas ni muy grandes las embarcaciones. El agua, por el color, no tiene nada que ver con la que sale, transparente, por los grifos en forma de león o águila en los que aplacan la sed los transeúntes —me incluyo— en cualquier callejuela.

En el camino dejo atrás un puente y otro; observo a las gaviotas darse su chapuzón tiberino, paso bajo frondosos arces y recojo algunas hojas amarillas que me acompañarán a La Habana. En esas estoy cuando, ¡sorpresa!: al pie de uno de los árboles, en nada emparentados con las ceibas ni las palmas, descubro una mano de plátanos maduros…

Por lo visto, no soy el único cubano que merodea por Roma a esta hora…

El reino de Miguel Ángel

Para entrar a la Basílica de San Pedro —prodigio arquitectónico de Miguel Ángel, entre otros—, debo hacer una cola a lo largo de toda la columnata de Bernini que, como brazos abiertos, parte de los dos extremos del templo, acogiendo a los que llegan a la plaza.

Tras 45 minutos de espera, en los que doy muerte a dos panes con sardina, tomate y mozzarella, llego a un punto de control en la columnata, donde pasan mis pertenencias por rayos X y a mí por un detector de metales a la velocidad de un cohete. Como a cien metros, están las puertas de San Pedro.

A diferencia de la catedral de Notredame en París, la basílica vaticana es un océano de luz —el Renacimiento, el Renacimiento… Gigantescas columnas, ricamente adornadas con ángeles en altorrelieve, sostienen la bóveda de cañón. «Tv es Petrvs» («Tú eres Pedro»), resplandece la expresión de Cristo allá en la base de la cúpula, y una escultura del apóstol, gastado el pie derecho por la devoción de los peregrinos a lo largo de los siglos, reposa a pocos metros del altar principal. Más atrás, en el ábside, el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado de la Santa Sede, celebra la misa. Para acceder, es preciso decir al personal de seguridad que el objetivo es participar, no curiosear con la cámara.

Varios sepulcros papales cortejan desde los laterales a la nave central. A un lado descansa San León Magno (400-461), quien, para evitar el saqueo de Roma, salió al paso de Atila el Huno y lo convenció de que se largara con su fea tropa a otra parte. Más allá, Gregorio XIII, autor del actual calendario. A la diestra, una estatua de Pío XII, pontífice durante los años de la II Guerra Mundial, cuando abrió las puertas de iglesias y monasterios romanos para que los judíos encontraran refugio de la garra fascista, y delante, incorrupto tras el cristal, el cuerpo del Papa Juan XXIII, quien inauguró el Concilio Vaticano II (1962-1965), pero murió antes de verlo concluido.

Bajo mis pies está la cripta de los Papas, a donde se accede desde los exteriores de la Basílica. Pontífices medievales y otros más cercanos en el tiempo comparten espacio en el subsuelo. Los turistas caminan deprisa, pero se detienen brevemente ante la tumba de Juan Pablo II, donde no faltan las flores. Un pequeño espacio, marcado por unas vallas, está reservado para los peregrinos, quienes desatan en el silencio plegarias y recuerdos del Papa polaco.

Los guardias suizos, con su colorida vestimenta del siglo XVI, indican a los que van saliendo por dónde deben pasar para volver a la Basílica o para terminar el recorrido. Escucho decir que la entrada a los Museos Vaticanos y a la Capilla Sixtina es gratis ese día (último lunes del mes), por lo que voy volando por el exterior de las murallas que separan al pequeño Estado del resto de Roma.

En mi recorrido examino fachadas de edificios, palacetes que bien pueden ser del siglo XVII, pero que no tienen nada que ver con los de la misma época en París. En los de la capital francesa se ha hecho una restauración con esmero; aquí se nota más desgano, pero un amigo español me explica que ese aspecto avejentado es el preferido por los romanos para sus construcciones. Las propias aceras están más descuidadas. Si tuviera que comparar, lo haría como entre el Vedado y Miramar: Miramar es París, y lo otro es Roma.

Los Museos —¡vaya colita la de quienes escucharon la palabra «gratis»!— son… el Arte. En una de las galerías de escultura romana encuentro a aquel Octavio Augusto que ilustraba la portada de mi libro de Historia Antigua de 5to. grado. Con el brazo en alto —no se le ha cansado desde entonces, ¡uf!—, el marmóreo emperador tal vez esté un poco deprimido porque la mayoría de los visitantes llegan, en lo principal, buscando otra cosa: la Capilla Sixtina.

Sigo el senso della visita y, tras mucho andar entre tesoros inefables observo, al otro lado de una puerta, a una multitud de personas boquiabiertas, casi paradas en firme, que miran atentas a lo alto. Al atravesar el umbral, me convierto en uno de ellos: es el templo que los pinceles de Miguel Ángel transformaron para siempre.

En la iglesia, casi en penumbras —las luces dañarían los frescos—, el asombro se expresa en distintos idiomas. Un Cristo vigoroso, rodeado de justos, se apresta a ejecutar el Juicio Final. Los ángeles tocan las trompetas, los moradores del infierno se llevan las manos a la cabeza… y los custodios de la Capilla le recuerdan al público: «Silence, please; no pictures, no photos, please».

Sin embargo, algunos turistas —no los disciplinados japoneses— les «juegan cabeza»: quitan el flash y bajan las cámaras para llevarse sus imágenes.

«¡Es que te la comiste, Migue!».

«Vanidad de vanidades…»

En Roma, el boleto para guaguas y tranvías se compra en estanquillos de prensa y en los tabachi —simples bares—, junto a los cigarros y los licores. Con él en la mano, debo correr para que no se me vaya el tranvía del andén, aunque, casi al abordar, advierto que otro viene detrás, casi pegado…

En el tren, un muchacho de unos 20 años, con un artefacto con ruedas del que brota aquella melodía de Sinatra —I did it my way—, pulsa las teclas de su acordeón como acompañamiento. Y un niño regordete y de ojos negros, de nueve años tal vez, que parece su hermano, camina entre los pasajeros con una vasija, recolectando con mirada suplicante el precio de la música.

Me apeo al cruzar el Puente Garibaldi, y atravieso calles estrechas. Busco a la Roma pagana, a la que fue dueña del mundo, gracias a la cual, por cierto, escribo con estas letras y estos ecos de palabras del Lacio. A la urbe que pervive en sus piedras.

Las del Coliseo hace muchos siglos que quedaron desnudas de sus vestiduras de mármol. Gastadas por los pasos, algunas de sus escaleras están cerradas, y se accede por las que están señalizadas específicamente para ello. Andando por los pasillos descubro armas, cascos y escudos expuestos tras vidrieras, como testimonio de que este era el sitio donde la sangre se volvía espectáculo.

Salgo entonces a las gradas. De un extremo a otro de la arena —lo que quedan realmente son sus soportes—, calculo que no hay más de una cuadra, si bien en las películas parece un espacio mucho mayor. Las gradas sí que son inmensas, y un mural describe en qué se entretenían quienes las llenaban: mientras los gladiadores se desguazaban, unos espectadores hacían apuestas, otros se liaban a puñetazos; otros, provistos de una pequeña hornilla, se ponían a cocinar ¡allí mismo…! Un caos.

Muchos de los visitantes apoyan los brazos en la baranda que bordea el espacio ovalado, y se quedan quietos, imaginando —cada cual desde sus referencias culturales—, los actos crueles que divertían a la multitud, o los virtuosos que hubieran bastado para avergonzarla, si hubiera sido menor la decadencia.

A la vuelta, caminando por la Via dei Cerchi, tengo a la diestra los restos del palacio imperial, y en sentido opuesto el Circo Máximo. Este es casi un potrero, y aquel, monumentales trozos del hogar de los césares, donde antes hubo fuentes, esculturas divinas, mosaicos lustrosos. Hoy, silencio, hierba…

Sus antiguos inquilinos señorearon lo mismo en Hispania que en el norte de África, pero hoy están mudos, apagados, y su grandeza es polvo. Detrás de la colina, en el Foro, el Senado ordenó conquistar tierras y esclavizar hombres, y hasta una lápida cercana, con la inscripción «umbilicus urbi» (el ombligo de la ciudad), marca el «kilómetro cero» de aquel gran imperio.

Las ruinas, que han visto a muchos llegar y partir, susurran sabias: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad». Las escucho, y asiento. También cuando yo me vaya —un día definitivamente— Roma permanecerá ahí. Y otros que pasen oirán el murmullo de sus piedras.

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