Elecciones: ¿La solución haitiana?

Autor:

Yailé Balloqui Bonzón

En medio de un paisaje plagado de basura, escombros y carpas en las que aún se refugian miles de seres humanos que perdieron sus casas luego del terremoto de 2010; una epidemia de cólera aún latente y una inseguridad política y social que reina desde hace varios meses, dos contrincantes se disputan el futuro de una nación para la que el mañana resulta totalmente incierto.

Haití ya ha dejado de acaparar titulares. Luego de varios meses en las primeras planas del mundo, ahora vuelve a la palestra pública, cuando se dispone a celebrar su segunda vuelta electoral el próximo domingo, en un ambiente marcado desde la primera ronda por denuncias de fraude —que no fueron confirmadas por el Gobierno—, intromisiones externas, violencia y, después, por la aparición en el entramado de dos figuras antagónicas: el repudiado ex dictador Jean-Claude Duvalier, y el ex presidente Jean-Bertrand Aristide, recibido en últimas horas con júbilo por miles de sus seguidores.

Los resultados de la primera vuelta se dieron a conocer el 5 de diciembre y colocaron a la ex senadora Mirlande Manigat como ganadora con el 31,6 por ciento de los sufragios y al candidato oficialista Jude Celestin en el segundo lugar con 22,48 por ciento de los votos, 6 000 más que Michel Martelly, a quien se adjudicó el 21,85 por ciento.

Tras días de protestas y denuncias de un supuesto fraude, una misión de la Organización de Estados Americanos (OEA) analizó los resultados y dictaminó que el segundo lugar correspondía a Martelly, y no a Celestin. Esta decisión fue  acotada por el Consejo Electoral Provisional (CEP), por lo cual van él y Manigat a la disputa este domingo.

No pocos temen que la ocasión traiga consigo un repunte de la inestabilidad. La OEA, junto a los países de la Comunidad del Caribe (CARICOM), tiene el protagonismo de la observación electoral y para ello han desplegado un alto número de observadores, en tanto la Misión de Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH) ha dicho que reforzará la vigilancia con 3 500 efectivos.

Dos generaciones, dos personalidades totalmente diferentes y dos candidatos de sexo opuesto se enfrentan.

A sus 70 años, Manigat fue Primera Dama por un breve período en 1988 —su esposo, Leslie Manigat, gobernó entre febrero y junio de ese año—, ha formado parte de Gobiernos del pasado a raíz del golpe contra Aristide de 2004, y posee una larga trayectoria como profesora universitaria. No le han faltado detractores que la tachan de conservadora, y de integrante de un sistema político fracasado.

Conocido popularmente como Sweet Micky (Dulce Micky), Michel Martelly es todo un personaje, una estrella de la música seguido por miles de haitianos.

Desde el 17 de febrero y hasta el pasado jueves, la ex senadora y el cantante llevaron a cabo su labor proselitista recorriendo la nación y exponiendo sus respectivos programas de gobierno enfocados en cada caso —según aluden— en acelerar la reconstrucción nacional, frenar el cólera —con un saldo de casi 4 700 decesos—, y estabilizar el país.

Según ha anunciado, Manigat aspira a implementar medidas para estabilizar los precios de los productos básicos, frenar la epidemia y poner en marcha mecanismos de prevención en situaciones de emergencia por catástrofes naturales.

Por su parte, Martelly, favorito según recientes encuestas y quien además cuenta con el apoyo de cinco candidatos derrotados en la primera ronda de noviembre pasado; promete «restablecer» la autoridad del Estado, crear confianza y desarrollar un plan para alojar a los más de 800 000 desplazados después del sismo, y que aún viven, sin esperanzas, bajo vulnerables carpas. Aspiraciones y promesas bastante abarcadoras si tenemos en cuenta que la recuperación no ha tenido lugar en esa nación, no por la ineficiencia del Gobierno del actual presidente René Preval, sino por la inexistencia de aquellos fondos que la comunidad internacional prometió a raíz del sismo y de los que aún el país no ha recibido ni la mitad. En todo caso, el Haití de hoy es el resultado de siglos de expoliación y olvido que lo han llevado a lo que algunos califican hoy, con desdén, como «Estado fallido». Por tanto, tampoco es solo ayuda financiera lo que necesita.

No obstante, muchos de los más de dos millones de haitianos, que en los más de 1 500 centros de votación elegirán a su presidente este domingo, tienen sus esperanzas puestas en que estas elecciones se conviertan en una «solución».

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