La Niña ya no es la misma

El fenómeno climático de esta temporada ha sido catalogado por los expertos como el más devastador de la historia y todavía da quehacer en América, dos meses antes de que se termine este ciclo

Autor:

Brenda Loyola Peña

El fenómeno climático La Niña, que castiga al continente americano, ha sido considerado por los especialistas como el peor de las últimas décadas en el hemisferio por dos signos fundamentales: su duración e influencia devastadora en la región.

Muestra de ello lo constituye la ocurrencia de varios tornados a principios de año, que asolaron estados del centro y sur de Estados Unidos, dejando al menos siete muertos y miles de viviendas sin electricidad. A esto se unió la peor temporada invernal que sufrió ese país, con récords de baja temperatura y nieve.

Esta «niña traviesa» que nos visita, hizo que los tifones y huracanes que afectaron Centroamérica en 2010 pasaran a la historia como los más mortíferos y que más estragos han causado en las últimas décadas; se calcula que las tormentas de esta temporada dejaron solamente en México un saldo de más de un millón de damnificados.

Y por si fuera poco, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) evaluó que las inundaciones en los dos primeros meses de 2011 al sur de nuestro continente, derivadas en forma directa del fenómeno, son las peores de los últimos 50 años.

En Brasil, los aludes causados por las precipitaciones dejaron alrededor de mil muertos en los municipios de Nova Friburgo, Teresópolis, Petrópolis, Sumidouro, Sao José do Vale do Río Preto, Bom Jardim y Area. Casi un mes después del desastre, los rescatistas continuaban encontrando cadáveres y el Ministerio Público estadual registraba 406 desaparecidos y más de 20 000 damnificados.

Colombia, Venezuela, Bolivia y Perú también experimentaron las peores lluvias en mucho tiempo, que dejaron decenas de miles de damnificados, y países como Argentina, Chile y Uruguay sufren una severa sequía que según expertos puede extenderse y ya hace visibles los perjuicios para las industrias agrícola y ganadera, agravando aún más la crisis alimentaria que sufre el planeta.

Aunque la OMM ha señalado la fecha de culminación de este ciclo del fenómeno climático para el próximo mes de mayo, todavía hoy tienen lugar inundaciones y lluvias intensas en Colombia, Venezuela y Bolivia.

Y si bien es cierto que La Niña es un fenómeno natural que se muestra cíclicamente alternándose con El Niño, se afirma también que en la actualidad su efecto se ha duplicado a nivel mundial como resultado del calentamiento global y del cambio climático.

Un estudio realizado por la Climate Research División (CRD) de Toronto, Canadá, entre los años 1951 y 1999, evidenció que desde entonces los aguaceros torrenciales se multiplicaron en el hemisferio norte, y concluyó que las emisiones de gases de efecto invernadero modificaron los patrones globales de lluvia durante el transcurso del siglo XX y, por tanto, agravaron los efectos de La Niña.

Pero esta problemática se ha intensificado en la última década a una velocidad sorprendente. Una investigación de la Universidad de Oxford, en Gran Bretaña, confirmó recientemente que el calentamiento global acrecentó la posibilidad de que ocurran inundaciones severas, en el entendido de que más calor equivale a más energía en la atmósfera y esto supone más vapor de agua; es decir, más lluvias, huracanes y temporales extremos.

Por ejemplo, se conoce que en Argentina aumentaron las tormentas y tornados y en la región andina se perciben cambios en el clima desde hace más de 30 años, mientras que varias investigaciones dan fe de un incremento en las temperaturas en los Andes Centrales de hasta un 70 por ciento más que el promedio mundial.

Los científicos han pronosticado que en el presente siglo la temperatura promedio de la Tierra subirá hasta diez grados, ocasionando el derretimiento de los hielos polares, lo que agudizará el peligro de que se sumerjan zonas costeras de algunas islas del Caribe.

Ante tal alerta, lo que resulta verdaderamente desconcertante es la actitud del ser humano. Basta con recordar las cumbres de cambio climático celebradas en Copenhague primero y después en Cancún, las que resultaron muy pobres en la toma de decisiones, por la falta de compromiso de las naciones que emiten a la atmósfera un mayor número de gases de efecto invernadero.

Los países desarrollados, responsables de la situación climática actual por el daño que ocasionan sus industrias multimillonarias al medio ambiente, parecen no darle importancia a la naturaleza, que hasta hoy ha acogido a la raza humana y que cada vez se rebela más contra el fatigoso peso que lleva sobre sus espaldas.

La lista de catástrofes naturales durante la temporada debido al agravamiento de los efectos del fenómeno La Niña es dramática, y resulta solo una arista de las nefastas consecuencias del cambio climático. Lo visto hasta aquí debería ser suficiente para que las minorías más ricas entiendan que el planeta no puede esperar a reuniones «protocolares» como las de Cancún y Copenhague, donde parece mucho más importante mirar al de al lado que adoptar compromisos imprescindibles para sobrevivir.

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