El escudo (segunda temporada) - Internacionales

El escudo (segunda temporada)

Autor:

Luis Luque Álvarez

Como el ratón en la trampa: entretenido con el queso mientras un resorte mortal pende sobre él. Así parecen estar los despachos de prensa que traen las nuevas sobre el escudo antimisiles en Europa. ¿Se acuerdan de que el tema estuvo en el tapete cuando la administración Bush quiso montar un sistema coheteril en Polonia y un potente radar en la República Checa, a corta distancia de Rusia?

Pues bien: el presidente rumano, Traian Basescu, ha aceptado una nueva versión de aquel escudo: en el sur de Rumania, a pocos kilómetros de una central nuclear búlgara, el Pentágono de Barack Obama instalará tres lanzaderas de cohetes antibalísticos SM-3, capaces de interceptar misiles a 250 kilómetros. Como propina, Bucarest permitirá la presencia de 200 efectivos norteamericanos, y el uso de una base aérea y un puerto en el Mar Negro (el plato viene combinado, se ve).

Bueno, este es el queso: hay unos cuantos misiles de EE.UU. desplegados en suelo rumano, pero ¿qué significan frente al incontestable poder de fuego de Rusia? Visto esto, concluimos que no hay amenaza contra Moscú, así que pasemos página, y que Basescu y Obama choquen las copas…

Ah, pero no. Sucede que el escudo antimisiles no es solo un puñado de cohetes en el país de Drácula. También lo compone un radar, el cual, y esta es la novela, avisaría rápidamente al puesto de mando antimisilístico cuando viera salir desde Irán un misil con rumbo a Occidente. Disparados los SM-3 y hechos polvo los proyectiles persas, todo el mundo a casa y asunto arreglado.

¿Dónde va a ubicarse el radar? Se barajó entre Bulgaria y Turquía. Hasta hoy, parece que esta última opción es la que se mantiene en pie, pues un jerarca militar búlgaro dejó claro el jueves que su país está dispuesto a cooperar monetariamente, pero que no le entusiasma ser el anfitrión del aparato. No hay nada claro todavía, pero en algún lugar lo pondrán por allí cerca, cerquita también —insisto— de Rusia.

Y es el radar el verdadero pollo del arroz con pollo, o para seguir con la metáfora inicial, el resorte que caerá sobre al ratón. Según explicó en 2007 a nuestro diario el académico austríaco Peter Stania, del Instituto Internacional por la Paz, de Viena, «lo que sí es gran cosa es el radar, muy avanzado; no es un equipo corriente, sino uno muy grande, capaz de ver muy adentro en Rusia, lo que significa que si los rusos quisieran lanzar un cohete (en respuesta a un primer ataque), sería detectado y derribado. Moscú perdería así la capacidad del segundo golpe».

Así explicadito se entiende mejorcito, ¿no? En síntesis, que los misiles en Rumania no pasan de ser pura anécdota. La sustancia es otra.

Rusia, entonces, vuelve a proponer a la OTAN —¡si de verdad lo que se quiere es protección para todos!— la creación de un escudo antimisiles en común, en el que se comparta información y se tomen decisiones conjuntas. Y se ofrece para custodiar, además de su propio territorio, el de otros países del este europeo, incluidos el Mar Negro, el Báltico y el de Barents. Pero la percepción de la OTAN es diferente: mejor dos sistemas independientes, que puedan entrar en coordinación llegado el caso.

Es, pues, la desconfianza la que gana la partida, y esa preocupante manía de ver a Rusia, a esa Rusia a la que se le prometió falsamente que la OTAN se quedaría a buena distancia de sus fronteras— como el eterno enemigo…

«Que nos garantiza gas y petróleo, pero en fin…».

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