Al Assad, entre la espada y la pared

Occidente manipula y exagera los acontecimientos en Siria para condenar a la nación árabe y pasarle un ajuste de cuentas por sus estrechos lazos con Irán y el movimiento de resistencia libanés Hezbolá

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

En medio de una zona ahora tan convulsa, en la que algunos Gobiernos autocráticos como los de Túnez y Egipto fueron depuestos por movimientos populares, y otros como el yemenita se encuentran al borde del precipicio, la inestabilidad no ha tardado en tocar las puertas de Siria.

Lo que comenzó con marchas pacíficas en Deraa, una pequeña ciudad al sur de esa nación árabe, es hoy una ola de violencia que alcanza otras urbes, incluida Damasco, la capital, y ha dejado cientos de muertos. La cifra exacta es difícil de cuantificar, pues muchos medios de comunicación han montado un espectáculo mal intencionado con los reportes enviados por los denominados grupos de derechos humanos, que pueden resultar poco confiables pues es conocido su interés en la caída del ejecutivo de Bashar al Assad.

El movimiento crece cada día y ha puesto al gabinete en una situación sin precedentes, cuando se vio obligado a tomar medidas como realizar un cambio de Gobierno, la derogación de la Ley de Emergencia que impide la celebración de protestas y reuniones políticas, la eliminación del Tribunal de Seguridad del Estado y la aprobación de un decreto ley que garantiza el derecho a las manifestaciones.

Sin embargo, estas medidas, que pudieran satisfacer las demandas políticas pedidas en un inicio por los manifestantes —también protestaban contra la corrupción, un mal común en la región—, no lograron calmar las revueltas.

La respuesta de las fuerzas de seguridad, según se dice excesiva, le habría insuflado pólvora al movimiento que hoy se encuentra más radicalizado y pide la renuncia de Al Assad y el fin del monopolio político del Partido Árabe Socialista (llamado Baaz). Pero también ha habido mucha manipulación de los hechos.

La mayoría de los medios de comunicación occidentales, los de más alcance e impacto, acusan fundamentalmente a la policía y a las fuerzas armadas sirias de disparar indiscriminadamente contra «indefensos manifestantes prodemocráticos», y omiten la existencia de hombres armados y francotiradores que disparan tanto a un bando como al otro, con claras intenciones de potenciar aun más la inestabilidad.

Desde el primer día, el relato de lo que sucede en Siria ha sido tendenciosamente presentado por esos medios hegemónicos, como siempre sucede cuando las potencias buscan despejar el camino para condenar a un Gobierno o están interesadas en cambiar el status quo de un país. Siempre han desestimado la existencia de bandas armadas que cometen asesinatos, a pesar de las evidencias y pruebas que han mostrado las autoridades.

Como mismo ocurrió con Libia, han hiperbolizado los acontecimientos. Un reporte de AP en The Washington Post (17 de marzo) presenta a Deraa, donde comenzaron las protestas, como una ciudad de unos 300 000 habitantes, cuando allí solo residen unos 75 000, y cuantifica «miles» de manifestantes y víctimas amontonadas sin mencionar la muerte de policías, pues este último dato demostraría que hubo enfrentamientos, y corroboraría la versión de Damasco de que entre quienes colmaban las calles se encontraban bandas criminales.

Un reporte de Israel National News, un medio que no defiende a Damasco, dio cuenta de que entre los muertos había más policías que manifestantes, además de mencionar edificios incendiados. Mientras, la prensa siria informaba que francotiradores disparaban desde los techos contra ambas partes.

Las autoridades han culpado a grupos financiados desde el exterior, fundamentalmente por países del Golfo Pérsico, con Arabia Saudita a la cabeza, e incluso han mostrado pruebas como la incautación de cargamentos bélicos en sus fronteras. Algunos testimonios de elementos desestabilizadores capturados por la policía han develado el financiamiento externo.

El último viernes, las autoridades sirias informaron que en dos meses de ataques y atentados murieron 120 miembros del ejército, agentes de seguridad y policías, y otros 1 500 resultaron heridos. Es imposible que una manifestación pacífica pueda dejar semejante saldo.

Ese mismo día, Damasco confirmó la liberación de 5 077 implicados en actos de sabotaje que se habían entregado, aunque advirtió que impedirá nuevas protestas convocadas por la oposición en distintas ciudades. Según fuentes del Ministerio del Interior, los ciudadanos que acudieron a las comisarías y centros de seguridad, acogiéndose a una amnistía gubernamental que vence hoy domingo, quedaron exentos de responsabilidad penal y, por lo mismo, en libertad.

Tampoco faltan las versiones que hablan de un caos «cocinado» por Estados Unidos. No sería raro, pues Washington lleva años invirtiendo en la lucha contra el Gobierno sirio. Algunos cables diplomáticos filtrados por Wikileaks develan que el Departamento de Estado norteamericano canalizó, desde 2006, unos seis millones de dólares a grupos opositores y a sirios residentes en el extranjero para que operaran Barada TV, un canal satelital con base en Londres, que desde el inicio de las protestas ha intensificado su campaña contra Damasco. El respaldo financiero continuó con la administración de Barack Obama, a pesar de que con su política del palo y la zanahoria intentó retomar los contactos con Siria, congelados desde 2005 por George W. Bush.

No obstante la componenda externa para sembrar la inestabilidad aprovechándose de un contexto regional muy favorable, en Siria existen condiciones para que haya demandas. Al igual que en otros países de la región, el desempleo ha aumentado en los últimos años y se han perdido conquistas sociales con la adopción de políticas neoliberales. Las recetas del Fondo Monetario Internacional, que van desde las medidas de austeridad y la desregulación del sistema financiero hasta las crecientes privatizaciones, han causado su estrago letal.

A ello se suma el duro golpe que desde 2006 le ha propinado al país una intensa sequía, y el peso de las sanciones económicas impuestas por sucesivas administraciones norteamericanas, que mantienen al Gobierno de Damasco en la hipócrita lista de países que patrocinan el terrorismo internacional.

Eje Damasco-Teherán-Hezbolá

La versión de un movimiento prodemocrático reprimido por las fuerzas del orden, que agitan Estados Unidos, la Organización del Tratado del Atlántico Norte y otros aliados, procura condenar al Gobierno de Bashar al Assad, aunque hipócritamente no levanten un dedo contra otros ejecutivos cuyas fuerzas del orden han reprimido, y alimenten dictaduras en la región.

Pero ocurre que Siria ha mantenido una política de no alineación a los intereses de Estados Unidos. Al contrario, ha fortalecido sus relaciones, incluso de cooperación militar, con un viejo enemigo de Washington: la República Islámica de Irán. También mantiene estrechos nexos con el movimiento de resistencia libanés Hezbolá, tildado de terrorista por Occidente.

Siria, además, es muy reconocida en la región árabe por no capitular frente a Israel, al contrario de Egipto y Jordania —también enfrentados a Tel Aviv en la guerra de ocupación de 1967—, que firmaron acuerdos de paz con su enemigo, gracias a los consejos de Estados Unidos.

A pesar de un tibio acercamiento entre los Gobiernos sirio y norteamericano, y de las peticiones de Washington a la nación árabe para que se distancie de Irán, Al Assad ha defendido, con tono desafiante, su relación con Teherán, y ha apoyado el derecho del país persa a defender su programa nuclear, que Occidente asegura es un plan encubierto para obtener armas atómicas.

En una ocasión, cuando la BBC le preguntó a la secretaria de Estado norteamericana Hillary Clinton sobre una posible intervención militar en Siria, la funcionaria respondió que aún no era el momento, y en clara amenaza advirtió que los acontecimientos podían cambiar «si hubiera una coalición de la comunidad internacional, la aprobación de una resolución del Consejo de Seguridad, un llamamiento de la Liga Árabe y una condena universal». ¡El mismo modus operandi que aplicaron en Libia!

De hecho, hubo intentos de imponer en el Consejo de Seguridad una resolución similar a la 1973, usada para justificar el uso de la fuerza contra Libia, pero Rusia y China lo impidieron, alegando que la situación en Siria no representa una amenaza para la paz y la seguridad mundial, como mismo hicieron en 2005 ante las maquinaciones de EE.UU., Gran Bretaña, Francia y Alemania para castigar a Damasco.

Sin embargo, ese fracaso en el Consejo no frenó a Occidente. Obama emitió el 29 de abril una orden ejecutiva para imponer nuevas y más severas sanciones contra Siria y exhortó a los aliados europeos de la OTAN a que hicieran lo mismo. Una disposición muy similar a la aprobada contra Libia, pocos días después de que comenzó el conflicto interno en la nación del norte de África. El mandato emitido por la Casa Blanca también apuntó a Irán por su apoyo al Gobierno sirio.

Posteriormente, la Unión Europea anunció una amplia gama de castigos contra Damasco, que incluía las ya conocidas prohibiciones de viajes, la congelación de activos y el embargo de armas.

A pesar de las presiones sobre Siria y las alusiones de la Clinton sobre una posible intervención militar de la OTAN en ese país —que aparece en los planes bélicos del Pentágono e Israel— a Estados Unidos no le convendría actuar contra Al Assad como lo está haciendo contra Gaddafi. La derrota del mandatario traería una inestabilidad que no desean Occidente ni el Oriente Medio, pues Siria es un país con varias religiones e identidades culturales. Si llegara a resquebrajarse el equilibrio que existe entre las mismas, de seguro comenzaría una contienda dentro de sus fronteras que pondría a arder toda la región, pues la nación limita con Turquía, Iraq, Jordania, Israel y Líbano, y está en guerra con Tel Aviv, que ocupa las Alturas del Golán (territorio sirio) desde 1967.

Sin embargo, sí harán cuanto esté en sus manos para debilitar a Al Assad y llevarlo a salirse del eje que integra con Teherán y Hezbolá, único muro de contención contra la hegemonía de EE.UU. e Israel en el Medio Oriente. Ya eso sería para ellos una gran conquista.

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