Madera firme en el Camino de los Indios

Más que un convenio, es un abrazo hermano con Venezuela que hace crecer ciudad y autopista, con el auspicio del guerrero Naiguatá y del trabajo duro

Autor:

Juana Carrasco Martín

CIUDAD CARIBIA.— La urbe va naciendo de a poco en la zona que se extiende entre Caracas y el estado de Vargas y llaman Camino de los Indios, pero casi va perdiendo ese patronímico la vastedad geográfica montañosa que una vez habitaron los caribes, porque ya todos conocen a Ciudad Caribia, a pesar de que apenas está construida una mínima parte del ambicioso complejo habitacional, que en poco más de un quinquenio contará con 20 000 apartamentos para 100 000 personas.

Se quiere que sea una de las urbanizaciones modelo, sustentables y ecológicas, que tiene como primera pretensión transformar la vida, y de las que ya se edifican 13 en toda Venezuela. Creo que ningún otro proyecto es tan preciosista como el de esta ciudad, que constructores y ministros coinciden en caracterizar como «la niña de los ojos del Comandante Presidente Chávez». Y allí está el trabajo conjunto de cubanos y venezolanos.

Ubicada en alturas superiores a los 800 metros sobre el nivel del mar, en una zona prácticamente despoblada de la cadena montañosa que es escudo de Venezuela en su costa central caribeña, para llegar a Ciudad Caribia se necesitaba algo más que el estrecho y empinadísimo camino o trocha rústica original que llevaba a las cimas, y por el que estuvieron transitando hombres, maquinaria y elementos constructivos durante los primeros momentos de la génesis.

Así que se imponía, como garantía de su habitabilidad, hacer del «camino» una autopista con todas las de la ley: cuatro sendas cementadas de hormigón, porque la rigurosidad de las aguas en combinación con la persistencia del sol harían inútil el asfalto, con protección de cortinas de contención en los farallones para evitar los deslaves tan frecuentes en los viales intramontanos de Venezuela, con el respeto debido al paso de las aguas por las quebradas en época de lluvia, porque la naturaleza, por lo general, no agrede si no se le violenta…

Y esa autopista es otra de las obras en ejecución por la Empresa Mixta Constructora del ALBA, donde trabajan varios cientos de venezolanos y 188 de los 350 cubanos empeñados en levantar la urbe.

Desde la autopista Caracas-La Guaira, en el tramo situado a 2,4 kilómetros del viaducto 2, comenzó un buen día el ronroneo de los equipos pesados y el ruido estruendoso de las explosiones desbastando las laderas, abriendo paso, pulverizando piedras, nivelando el terreno, haciendo el terraceo, dejando abierto el sendero al agua en las cañadas.

El ingeniero Walter Fernández, ejecutor de Ciudad Caribia y su infraestructura, explica que la autopista ya tiene hechos y en uso 5,4 kilómetros. Hay otros cinco kilómetros en ejecución, y la amplia carretera seguirá su cruce entre las alturas para llegar a la zona de El Junquito.

Se trata de 1,2 millones de metros cúbicos de movimiento de tierra y de relleno por echar. Por eso andar por la vía en construcción permite comprobar el constante laboreo de las brigadas que hacen los muros de contención en las escarpadas laderas cortadas como farallones por la maquinaria pesada. En estos se colocan los barrenos de 19 metros de profundidad, el cable trenzado y el concreto a presión, y luego se tensa el acero que dará la resistencia requerida.

También los obreros venezolanos, de trecho en trecho, hacen los encofrados de los canales que encauzan los riachuelos por donde correrá rauda y arrolladora la lluvia, y construyen los drenes —la gran zanja llena de piedra limpia por la que circulará sin obstáculos esa agua. Al mismo tiempo, entre los edificios antisísmicos se amplían la «caminería» y los estacionamientos, como parte de los viales.

Un hombre y su reto

Madera Duarte, como su apellido y color de piel, es un tronco de ébano de pie sobre el buldócer D9 Carterpillar, al que se aferra con una manaza enguantada mientras levanta el brazo y hace la V de victoria para que lo reconozcamos, entre el polvo que levantan las pesadas maquinas.

Él es parte de la avanzada en cualquier construcción, la que prepara el terreno que, en este caso, constituye un reto mayor, porque se han ido desbastando montañas hasta que la carretera amplia deja prácticamente sin uso al viejo e histórico Camino de los Indios.

«Me llamo José Madera Duarte, constructor bolivariano, provincia en Cuba, Pinar del Río». Así se presenta junto al buldócer amarillo, apenas un tono más brillante que el ocre-rojizo de la tierra que lleva empujando, acarreando, desde que hace 20 meses comenzara a domarlo. A partir de entonces, hombre y máquina son recios y casi inseparables amantes.

«La experiencia aquí como constructor ha sido terrible». Usa la palabra no para referirse a algo aterrador, espeluznante o sombrío, como pudieran ser los sinónimos aceptados por la Real Academia de la Lengua Española, sino para esa acepción bien cubana que significa algo fuerte, trabajoso.

«No esperábamos que el trabajo de la montaña fuera tan duro. Estamos adaptados a trabajar, y bien duro —enfatiza José Madera—, pero en terreno llano. Un trabajo bastante fuerte», repite, como si en este momento de pausa no cesara esa presión del esfuerzo diario que se prolonga por más de diez horas y sin importar que el sol se refleje en la acerada cuchilla de la máquina, o  alumbren las luces nocturnas.

El sudor le da brillo al rostro de este negro de San Juan y Martínez, cuando es mediodía en la cota desprovista ya de vegetación, hasta donde los camiones suben en busca del material, que luego se utiliza de relleno en las planicies listas para emplazar la zona industrial del proyecto o las terrazas de labrantío.

«En Cuba este tipo de trabajo lo hacemos sobre todo en llano, y aquí hay montañas de 30 metros que debemos llevar a terraza». Pero la coletilla a tanta voluntad de faena viene sin pausa y desde el corazón: «Es un honor para cualquier cubano estar aquí en Venezuela, al lado del Gobierno del presidente Hugo Chávez, dando el máximo, como la Revolución espera de nosotros».

No son muchas más las palabras de un hombre acostumbrado al trabajo en silencio, solo en la cabina ahora refrigerada del equipo pesado, moviendo palancas, vigilando desde la pequeña pantalla de la computadora y por los retrovisores los obstáculos del terreno, el borde peligroso por el que puede desbarrancarse, el camión que llega a cargar ...

Sin embargo, sentimientos muy profundos afloran de una vez: «Es mucha la satisfacción, porque vemos a la gente mudándose para donde un día comenzamos este trabajo, y llevamos el terreno hasta el punto en que se pudieron construir las viviendas; ya vemos a los venezolanos disfrutando de ellas».

Eso basta para que sonría ampliamente y explique: «Soy operador de equipo pesado desde hace 21 años, cuando comencé como ayudante de movimiento de tierra, y con este buldócer la capacidad es bastante amplia. Empuja de siete a ocho metros; es muy rendidor en este trabajo, que ha sido tan fuerte como construir una presa», y claro que se refiere a la de San Juan, en su Pinar del Río natal, «obra insignia de nuestro Comandante en Jefe Fidel».

Pero el trabajador de la Empresa Constructora de Obras de Ingeniería 1 de Pinar del Río, en el momento de la labor echa a un lado la añoranza, sin dejar de pensar que «lo que más se extraña es la familia de uno» —y piensa en su hijo, que estudia la Licenciatura en Deporte, y la más pequeña de nueve años.

La pregunta lo hace reír y exclama muy a lo cubano: «¡Alaba’o!, no sé decirle cuántas, pero muchas terrazas he desbastado. Hemos movido miles; un “ceremil” de miles de metros cúbicos de tierra. Ni sé la cuenta. Imagínese que con este equipo podemos mover a diario no menos de 4 000 a 5 000; por lo bajo, no menos de 3 000 metros cúbicos diarios. Mire, todo cubano que está aquí vino a trabajar. No tenemos hora, y de esa forma trabajamos junto a los venezolanos.

«Claro que para nosotros y para la brigada nuestra, que se compone de 188 hombres, esto ha sido una escuela. Para mí lo ha sido, porque lo que me faltaba por hacer lo he hecho; no me pueden hacer cuento de nada».

Y lo dice un hombre de 49 años al que le sobra experiencia. También la tierra angolana, en la región de Cabinda, lo vio abrir caminos en lo inhóspito y construyó por igual viales en San Vicente y las Granadinas.

Ahora mira la ciudad que va creciendo sobre las primeras terrazas que desbastó; siente la risa de los niños y las niñas que juegan en el parque de lo que por ahora es el centro del poblado, y se levanta orgulloso sobre la altura de la enorme máquina, como un día lo hiciera el cacique Naiguatá en este lomerío, desafiando al dominador español, impidiéndole junto a la naturaleza el paso por el Camino de los Indios. Solo que José Madera le abre paso a un pueblo, su avance y mejor calidad de vida.

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