La responsabilidad del irresponsable (II y final) - Internacionales

La responsabilidad del irresponsable (II y final)

Las maniobras de Washington en Asia-Pacífico desmienten sus afirmaciones de que no pretende contener a China y evidencian que carece de la responsabilidad que pide al gigante asiático. Sí tiene una responsabilidad de otro tipo, entendida en un sentido diferente del término: la de responder por las impredecibles consecuencias de sus actos

Autor:

Herminio Camacho Eiranova

No pocos analistas creen que el refuerzo de la presencia militar estadounidense en el norte de Australia, acordado durante la visita de Obama a ese Estado del Pacífico Sur en noviembre de 2011, forma parte de una renovada estrategia para contrarrestar el aumento de la influencia china en Asia-Pacífico.

Entre estos analistas, Shi Yinhong, director del Centro de Estudios sobre Estados Unidos de la Universidad Renmin de China (Universidad del Pueblo de China), aseguró al diario local Global Times que se trataba de otro paso para contener al gigante asiático.[1]

Sin embargo, el presidente estadounidense, en la conferencia de prensa conjunta con Julia Gillard el 16 de diciembre de 2011, rechazó que el acuerdo adoptado ese día entre su país y Australia estuviera vinculado con China, cuyo ascenso pacífico, insistió, era acogido positivamente por su Gobierno.

Obama justificó el despliegue militar de su país en el Territorio Norte australiano alegando que permitiría satisfacer las demandas de entrenamiento y ejercicios de muchos socios que querían sentir que Estados Unidos tenía la capacidad necesaria para mantener la arquitectura de seguridad de Asia-Pacífico, a la vez que permitía actualizarla en correspondencia con los requerimientos del siglo XXI, así como responder más rápidamente a un amplio rango de desafíos, como crisis humanitarias y desastres naturales, lo que en ocasiones se dificultaba debido a la gran extensión de la región.

Al día siguiente, el mandatario estadounidense, cuando se dirigió al Parlamento australiano, en Canberra, reiteró sus declaraciones de la víspera y afirmó que su Gobierno buscaría más oportunidades para desarrollar una relación de cooperación con Beijing, incluyendo una mayor comunicación entre los militares de ambos países, para promover el entendimiento y evitar las incomprensiones.

En realidad, este discurso no es nuevo. Desde que el 15 de noviembre de 2009 el actual inquilino de la Casa Blanca, durante su visita oficial a China, transmitiera el mensaje de que su país no se proponía contenerla, esta retórica ha sido empleada reiteradamente por él mismo y otros altos funcionarios de su Gobierno.

Palabras similares utilizó una vez más, cual si declamara un verso memorizado con esmero, la subsecretaria de Defensa estadounidense, Michele Flournoy, durante la duodécima ronda de consultas entre Estados Unidos y el gigante asiático sobre temas de defensa, que tuvo lugar el pasado 7 de diciembre, lo que fue destacado por Notimex.

Claro está, sería muy ingenuo creer ciegamente en lo expresado por representantes de un Gobierno que no se ha caracterizado precisamente por la franqueza, y que ha utilizado inescrupulosamente la mentira cuando de lograr sus objetivos estratégicos se trata.

Piénsese, por poner solo algunos ejemplos recientes, en las maniobras estadounidenses para convencer a la opinión pública mundial de que los bombardeos que iniciaron contra Libia, y que luego continuó la OTAN, tenían el objetivo de proteger a la población civil de ese país del norte africano, o en cómo subvierten la realidad al satanizar al Gobierno de Bashar al-Assad, responsabilizándolo de una violencia de la cual Washington es uno de los principales instigadores, o en cómo tergiversan los verdaderos propósitos del programa nuclear iraní.

Por otra parte, la ampliación de la presencia militar estadounidense en el Pacífico Sur no es un hecho aislado. Otras señales arrojan dudas sobre la sinceridad de las aseveraciones de Washington acerca de que no pretende contener a China.

Entre estas cabe señalar el anuncio hecho por Obama al Congreso de Estados Unidos el 21 de septiembre de 2011, de que su Gobierno planeaba modernizar la flota de aviones de combate F-16 de Taipei de China, lo que Beijing consideró una grave injerencia en sus asuntos internos.(2)

Ya a principios del 2010 Washington había aprobado la venta a Taipei de China de un paquete de armas, con un valor estimado de alrededor de 6 400 millones de dólares, que incluía 114 misiles Patriot, 60 helicópteros Black Hawk, equipo de comunicación para la flota de F-16 de Taipei de China, dos buques cazaminas Osprey y 12 misiles Harpoon, lo que motivó que Beijing suspendiera los intercambios de alto nivel sobre temas militares con el Gobierno de Obama.(3)

No debe perderse de vista tampoco que Estados Unidos ha fortalecido sus alianzas militares en la región Asia-Pacífico, no solo con Canberra, sino también con Japón y Corea del Sur, y en la reciente visita de Hillary Clinton a Tailandia y Filipinas se dieron pasos para reforzar las existentes con esos países.

Específicamente en el caso de Filipinas, Hillary Clinton prometió, cuando estuvo allí en noviembre de 2011, un mayor apoyo en el fortalecimiento de sus capacidades de defensa para enfrentar las disputas en el Mar Meridional de China —un área que Estados Unidos considera estratégica para sus intereses—, mientras que Obama, ante el Parlamento australiano, el 17 del propio mes, aseguró que su país incrementaría las visitas de sus naves militares a puertos filipinos y el entrenamiento de sus fuerzas armadas.

El ministro de Asuntos Exteriores filipino, Albert del Rosario, puntualizó el 27 de enero último, según EFE, que ya se negociaba con Washington el aumento de la presencia de efectivos estadounidenses en su país, de la frecuencia de esta —la Constitución de Filipinas prohíbe el estacionamiento permanente de tropas extranjeras en su territorio—, así como del número de ejercicios militares conjuntos para mejorar la operatividad del ejército nacional.

Estados Unidos se ha entrometido, de hecho, en un conflicto regional cuya solución atañe únicamente a las partes implicadas, lo que se hace evidente además, cuando insiste en que deben ser abordadas en el seno de un foro multilateral las diferencias entre China, Taipei de China, Vietnam, Filipinas, Malasia e Indonesia en relación con el control de las islas Spratly, así como las de Hanoi y Beijing respecto a la soberanía de las Paracel.

No debe extrañarnos la actuación de Washington si tenemos en cuenta que su Secretaria de Estado mencionó en el Centro Este-Oeste, en Honolulu, Hawái, el 10 de noviembre de 2011, entre los desafíos que enfrenta Asia-Pacífico actualmente que demandan el liderazgo de su país, el de asegurar la libertad de navegación en el Mar Meridional de China.(4)

En la Sexta Cumbre de Asia Oriental el primer ministro chino, Wen Jiabao, definió la posición de su país al respecto: el diferendo en el Mar Meridional de China debe ser resuelto mediante consultas y discusiones entre los Estados directamente relacionados con este y ninguna fuerza externa debe, bajo ningún pretexto, inmiscuirse.

Ante la “ofensiva” estadounidense en Asia-Pacífico, China no se propone permanecer con los brazos cruzados. El propio presidente Hu Hintao, durante una reunión de la Comisión Militar Central, el 6 de diciembre pasado,  llamó a la Armada a acelerar su modernización e intensificar su preparación combativa, de forma que pueda cumplir con mayor eficacia su misión de salvaguardar la seguridad nacional.(5)

En un comunicado publicado en el sitio web del Gobierno chino, citado por AFP, el Presidente chino enfatizó en la necesidad de concentrarse en el tema de la defensa nacional y en reforzar para ello la capacidad militar del país.

Parece que no carecen de lógica las preocupaciones del ministro indonesio de Exteriores, Marty Natalegawa, quien expresó, citado por la cadena australiana ABC, el 17 de noviembre, que la ampliación de la presencia militar estadounidense en el Pacífico pudiera generar un círculo vicioso de tensión, desconfianza y recelo.(6)

Las implicaciones para la región de las acciones de Washington son impredecibles, pero algo es seguro: difícilmente puedan contribuir, como han manifestado la Primera Ministra australiana y el Presidente filipino, a una mayor estabilidad en la misma, más bien todo lo contrario, como piensan la mayoría de los países miembros de la ASEAN.

Resulta paradójico que Obama repita insistentemente —lo hizo de nuevo en Australia el 16 de noviembre pasado— que China debe aceptar las obligaciones que se derivan de su condición de potencia mundial y respetar las reglas “de juego” vigentes.

Quien habla de responsabilidad, de que el Gobierno chino debe poner mayor cuidado y atención en lo que decide y hace, es precisamente el presidente del Estado que ha demostrado una vez más, con su actuación en Asia-Pacífico, no tenerla.

El Diario del Pueblo, el más importante periódico chino, señaló al respecto que los políticos estadounidenses estaban totalmente equivocados si creían que podían, por una parte, exigir que China se comporte como una gran potencia responsable y coopere con los Estados Unidos en una amplia variedad de asuntos mundiales, mientras por otra parte, Washington daña irresponsablemente y sin motivo intereses vitales del gigante asiático.(7)

El comentario se hizo a propósito del anuncio de Obama en septiembre de 2011 de que su administración se proponía modernizar la flota de cazabombarderos F-16 de Taipei de China, pero es perfectamente aplicable a la estrategia íntegra de la Casa Blanca para consolidar su liderazgo en Asia-Pacífico.

Estados Unidos actúa irresponsablemente, pero aunque parezca un contrasentido sí tiene responsabilidad, solo que de otro tipo, entendida en un sentido diferente del término: la de responder por las consecuencias que se deriven de sus actos.

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