Londres y su obsesión por las Malvinas

La incrementada presencia militar británica en la zona no solo amenaza a Argentina. En tanto Londres aduce que sus oficiales están allí solo para defender a los kelpers, la Desiré Petroleum sigue buscando crudo. La ocupación frente al reclamo de soberanía de Buenos Aires: un tema presente en los debates de la mal llamada Cumbre de las Américas

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Mientras el destructor HMS Dauntless navega con su carga de misiles y radares, sosegado, hacia las islas Malvinas, los argentinos —y los latinoamericanos todos—, podemos seguir respirando… con sobresalto.

Según ha confesado el brigadier Bill Aldridge, jefe de la base militar que el Reino Unido tiene en el archipiélago, todavía zarparán hacia allí más barcos de guerra, y la zona de vigilancia no será solamente la que rodea a las islas, sino todo el Atlántico Sur, incluyendo el oeste de África y las costas en América Latina.

Lo ha dicho con naturalidad y sin sonrojos; como si no hubiera que reclamar y, mucho menos, temer. En las declaraciones exclusivas que publicó el periódico argentino La Nación hace apenas 11 días, el militar aseguró que se trata de una tarea de «defensa diplomática» y «una misión puramente pacífica».

Sin embargo, el Dauntless, cuyo arribo a las Malvinas debe ocurrir el mes próximo, viene con todo… y no precisamente lo necesario para dialogar con la Casa Rosada, como han reclamado el Comité de Descolonización y la Asamblea General de la ONU más de una decena de veces, para resolver un diferendo sobre las islas Malvinas que no debería ser enfocado como tal si, en realidad, la historia da la razón a los conosureños.

Pero en este asunto hay más que una reivindicación histórica.

Aunque halcones y políticos aseguren desde Londres que el envío de la nave responde a una medida de rutina —debe reemplazar al HMS Montrose—, no deja de llamar la atención que para una labor tan «cotidiana» como la que se le adjudica, el Reino Unido haya tenido que despachar a una embarcación de tanta fortaleza y sofisticación como la que navega hacia aguas sudamericanas.

Fuentes de la Marina británica han dicho que el Dauntless pertenece a una nueva generación de buques de guerra con un modernísimo sistema de radares y muy avanzada defensa antiaérea, similar a otro enviado recientemente al golfo Pérsico, justo cuando Irán advirtió que podría bloquear el Estrecho de Ormuz como respuesta a las amenazas de que es objeto por parte de Occidente.

El diario británico Daily Telegraph se ha jactado de que, por sus facultades para repeler ataques aéreos, el Dauntless puede considerarse el más avanzado del mundo, y que su batería de misiles es capaz de inhabilitar ¡todos los aviones de combate de América del Sur!

Realidad pura o con fanfarronería, lo cierto es que el despliegue corrobora las denuncias hechas ante Naciones Unidas por el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en voz de su canciller, Héctor Timmerman, sobre la militarización de que son objeto las aguas argentinas y la presencia incluso de armas nucleares como parte de tal despliegue.

«Pueden atacar hasta el sur de Brasil», advirtió el Ministro argentino del Exterior, cuando denunció contar con información acerca del envío a la zona de un submarino con capacidad para transportar armamento nuclear.

Con estos precedentes, resulta una falacia incapaz de convencer al más incauto el argumento del Reino Unido de que sus militares están en aguas argentinas para «defender» la autodeterminación de los kelpers —descendientes de los británicos sembrados por Londres en el archipiélago cuando despojó de este a Argentina, en 1833—, y para que «no se repitan» los acontecimientos de 1982: año de la desigual guerra por las Malvinas que dejó más de 300 muertos al pueblo argentino, y en la que el Reino Unido contó no solo con su superioridad bélica sino, además, con el apoyo de EE.UU.

En ese contexto, la próxima llegada del HMS Dauntless al archipiélago no es más que la punta del iceberg. Detrás está la presencia militar británica, sostenida e incrementada durante los últimos años en la región. Y muchos intereses.

Monte ¿agradable?

Si en algo tienen razón los halcones ligados al poder en el número 10 de Downing Street es en eso de que el Dauntless no resulta algo nuevo.

En efecto, la base británica erigida desde 1985 en la isla de Soledad —uno de los pequeños territorios que conforman el archipiélago—, da cuenta de una presencia militar continua que quedó instalada en las aguas que rodean las Malvinas desde el fin de la cruenta guerra de 1982, y para lo que utilizaron, primero, portaviones como el HMS Hermes, el Invincible y el Illustrious, con sus respectivas dotaciones de aviones Sea Harrier.

Mount Pleasant —apelativo británico, por supuesto— es el sitio donde enclavaron después las instalaciones de la base. Sin embargo, la presencia allí de aviones, helicópteros, navíos de guerra (y alguno «científico» como el Protector, que se dice está destinado a investigar la Antártida), más de 30 baterías tierra-aire para lanzar misiles y tanquetas Land Rover —que es lo ostensible porque, según periodistas argentinos que han estado allí, hay mucho más que no se puede ver—, hacen poco homenaje al nombre del lugar.

En Monte «Agradable», una compañía de infantería completa la dotación que, se afirma, integran 1 500 militares con los que conviven 500 civiles, mientras fuentes extraoficiales hablan de la presencia de soldados de otros países contratados como mercenarios.

Según la descripción que han hecho estudiosos acerca de las bases militares estadounidenses, la británica de Mount Pleasant se ajusta a las llamadas «permanentes»: una base grande dotada, además, de amplios inmuebles destinados a la recreación del personal para las largas estadías, y que no se aburran mientras no nos vigilan.

No obstante, según afirma La Nación, el equipamiento militar es similar al que tiene Gran Bretaña en Afganistán y, de hecho, oficiales y tropas que pasan por allí lo han hecho para prepararse antes de acudir a aquella inacabable ocupación aliada que encabeza Estados Unidos en Asia; o cuando ya están de vuelta, como es el caso del mismo comandante en jefe de la tropa, el brigadier Aldridge.

Por la amplitud y el clima, el sitio es considerado ideal para entrenar. Contrariamente también a lo que su nombre indica, Mount Pleasant está levantada en la parte más llana de la isla de Soledad, contó el reportaje del diario argentino, «con acceso fácil al mar y sin obstáculos para el movimiento de aviones y helicópteros».

Precisamente, allí debe encontrarse por estos días el muy nombrado príncipe Guillermo, cuya llegada reciente para tomar parte de los entrenamientos hizo bastante ruido. En el contexto del aniversario 30 de la guerra, y cuando más alto sonaba la demanda argentina para que Londres acuda a la mesa de negociación, la irrupción de la figura monárquica podía leerse como una advertencia que, para los argentinos, debió tener sabor a provocación.

El crudo y otros intereses

Las riquezas naturales latinoamericanas que tanto ansían las potencias también constituyen un bocado apetecible en el extremo sur del hemisferio y, por supuesto, tienen mucho que ver con la reticencia británica a debatir siquiera el asunto de las Malvinas.

Aunque las primeras perforaciones en busca de petróleo se hicieron en el ya lejano 1998, fue a principios de 2010 que la compañía británica Desiré Petroleum, alegando un contrato con la asamblea legislativa, regida por Londres, que gobierna las Malvinas, inició los trabajos de prospección en los mares jurisdiccionales argentinos, a solo 480 kilómetros de la Patagonia. Con ese propósito trasladó desde Escocia la plataforma petrolera Ocean Guardian y se dijo entonces que, para compartir los costos, otras petroleras británicas se habían involucrado, como la Falkland Oil and Gas, la Rockhopper Exploration y la Borders and Southern.

«Cada vez más emerge allí una lucrativa provincia de crudo y gas», ha dicho el presidente de la petrolera, Stephen Phipps.

No se trata de una aventura a ciegas. Un memorando revelado por Wikileaks de febrero del año pasado y firmado por el embajador estounidense en Londres, Lou Susman, daba cuenta de que, a pesar de los criterios divergentes de otras compañías, Desiré Petroleum estaba convencida de que el potencial de crudo recuperable en la zona era de 3 500 millones de barriles, con reservas de gas de más de 250 millones de metros cúbicos.

La posibilidad de desarrollar actividades tales como la pesca también resulta motivo de interés para mantenerse en el área, así como otros de carácter más geoestratégico señalados recientemente por el analista argentino Atilio Borón: el acceso desde las Malvinas a la Antártida, «fuente segura de enormes riquezas minerales e hidrocarburíferas», y al paso bioceánico de Magallanes, «en la hipótesis de que fuera inoperable el Canal de Panamá».

Como se ve, el asunto no estriba solo en las Malvinas, y concierne a toda Latinoamérica. Potencia al fin, el Reino Unido tiene puesta la vista mucho más allá de las islas.

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