Elvia, la rebelde

Una multifacética mujer supo llegar a espacios difíciles de Venezuela y ayudar a la metamorfosis

Autor:

Osviel Castro Medel

PETARE, Miranda, Venezuela.— Se lo dijeron un viernes y enseguida se transformó en un volcán de nervios. «Te vas el lunes», le anunciaron; fue como si la hubiesen instigado a que se pusiera alas.

Las vibraciones internas no llegaron por el vuelo. Ya antes, en 1989, había cruzado el Atlántico en avión cuando, como vanguardia nacional, visitó la antigua Unión Soviética. Llegaron porque pensó en Luisito y José Manuel, sus hijos de 20 y ocho años, respectivamente.

«Soy madre soltera, curtida por el concepto de no darme por vencida, pero tampoco era fácil. Ellos fueron los que más me estimularon y me dijeron “tú puedes, mamá”», me confiesa ahora Elvia Preciado Figueredo, una multifacética mujer de 52 febreros, residente en el municipio de Florencia, en la provincia de Ciego de Ávila.

Lo cierto es que en enero de 2012 «desembarcó» en el complejo y colosal barrio de Petare, a descubrir y a hacer cultura como misionera de un proyecto que pretende sembrar corazón adentro de los caseríos venezolanos.

Su historia desborda lo interesante porque esta licenciada en Educación Musical comenzó, cuando tenía 14 años, una carrera desligada de sus aspiraciones: Química en Fertilizantes, en Nuevitas. Pero, a fuerza de lágrimas y sacrificios inenarrables, terminó estudiando en la ya extinta Escuela de instructores de arte de El Yarey, en Jiguaní, Granma.

Allí cursó la especialidad de guitarra y pasó «la etapa más linda de mi vida». Tiempo después concluiría la licenciatura, en el Instituto Superior Pedagógico de Camagüey.

Hoy, en Petare, Elvia no solo enseña música salida de las cuerdas. Como una rebelde que franquea murallas, ella teje, actúa, canta, baila, pinta murales, monta coreografías...

«Son cosas que aprendí desde la enseñanza primaria», dice. Y agrega que, al margen de sus aficiones, aquí tuvo que tejer para conquistar el Club Renacer, compuesto por 12 abuelas del sector de San José, que se habían opuesto de manera rotunda a su propuesta de crear una agrupación coral.

«Me dijeron despampanantemente que no, que tenían que cuidar sus nietos. Utilicé la estrategia de canje: “Les enseño tejer a crochet y luego cantamos”. Así las cautivé; ellas ahora tejen sus gorros, cintillos para el cabello y bolsitas. El tejido ya ha pasado a un segundo plano, sobre todo luego de la presentación del coro en un festival».

Pero el área de misiones de Elvia abarca mucho más que el trabajo con estas abuelitas. Junto al activista venezolano Alfredo Yánez enseña a niños copleros de La Bombilla (dedicados al zumba que zumba, sinónimo de la controversia en Cuba). También instruye a pequeños de las guarderías Misia Jacinta y Gallito Cri Cri, a otros de una escuela primaria  y a los de un liceo en San José.

Lo mejor, según sus palabras, es que sabe que así está salvándolos del camino del «malandrismo», de la «caña» (tomar bebidas alcohólicas) o del embarazo precoz, fenómenos que quedan aún en cerros venezolanos como vestigios del pasado.

«Enseñar música es una labor que significa sensibilidad total. Me gusta mucho, y más con los niños, aunque sea difícil. Son los más espontáneos pero también son como una esponja, que absorben y crean», expone.

Y argumenta que «no solo he enseñado, he aprendido mucho. Me llevo, además de canciones, el conocimiento de un nuevo instrumento de cuerdas: el cuatro. Quiero llevarme uno a Cuba, a mi casa de cultura Lucas Buchillón».

Elvia revela que este año y medio de trabajo en Venezuela ha sido de realizaciones profesionales, aunque salpicado por el dolor de haber perdido a su padre, Vidal Preciado Milián. Ocurrió en julio de 2012.

«Fue un golpe demasiado duro, el más grande que he sentido. Cuando uno vive estas cosas se percata mejor del sacrificio de los que han estado o están lejos de la patria», dice con los ojos húmedos.

Sin embargo, a su regreso vino con nuevas energías. «He multiplicado mi trabajo para seguir honrando su memoria y para cumplir con la confianza de mis hijos y de mi madre, Elvia Figueredo Pérez. Todos los días del mundo pienso en mi regreso, en poder abrazarlos y decirles que no les fallé», dice, y los ojos se le escapan saltando cerros y nubes en la inmensidad del paisaje.

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