Chile aspira a abrir un camino al cambio

Aunque parece clara la victoria en las presidenciales de la ex mandataria chilena Michelle Bachelet, será en el rejuvenecimiento del Parlamento donde estaría la posibilidad de una nueva vía hacia el futuro

Autor:

Yailé Balloqui Bonzón

En una nación reverdecida por una juventud que ha tomado las calles, harta y sin miedo, para reclamar su derecho a desligarse de tantos años de rezagos dictatoriales y de políticas neoliberales culpables de las desgracias sociales subyacentes, se decide este domingo el escenario político chileno para los próximos cuatro años, y para un porvenir que la mayoría de los chilenos quieren transformar.

Cualquier asunto que se quiera abordar en Chile desde el punto de vista político o social, está marcado por un tema clave: la Constitución aprobada en 1980 por la dictadura, la cual ha sido reformada en varias ocasiones en los últimos 20 años, pero que aún no ha sido modificada en lo más profundo, y mantiene todos los pilares del pinochetismo.

Esa es una línea que define a los nueve candidatos a la presidencia. Unos, como Michelle Bachelet, aspiran y prometen su transformación; otros, como la oficialista Evelyn Matthei, candidata de la derecha, considera que no debe ser tocada.

Sin embargo las protestas de los estudiantes, apoyadas también por un inmenso movimiento popular en demanda de reivindicaciones sociales, mostraron claramente que si de verdad se quiere una evolución profunda de la sociedad chilena, hay que eliminar esa Carta Magna y darse una nueva.

El programa de gobierno presentado por Bachelet —quien fuera presidenta de 2006 al 2010— parece responder ahora a las exigencias de los amplios sectores chilenos que anhelan ese cambio. Ha hablado de una nueva Constitución, aunque no define su alcance ni su forma, lo cual dependerá, en buena medida, de cómo quede conformado el Congreso.

Pero para reformar el texto constitucional, habría que convocar a una Asamblea Constituyente algo que la mayoría de los candidatos dudan, incluso la propia Michelle Bachelet.

Las consecuencias políticas de una decisión como esta son impredecibles, los procesos constitucionales abren muchas puertas y una de ellas puede ser la participación popular y ahí entrarían temas que los políticos tradicionales, muchas veces, no quieren tocar.

La educación: El cambio necesario

Sin embargo, uno de los mayores reclamos de la sociedad chilena es la democratización de la educación: que sea verdaderamente un derecho para todos, gratuita, universal, de calidad.

La vía chilena al socialismo que había intentado aplicar el Gobierno de Salvador Allende, fue liquidada a conciencia por Augusto Pinochet.

Con su mano de hierro, el dictador introdujo el libre mercado, privatizó y descentralizó servicios esenciales que proveía el Estado en forma gratuita, como salud y educación, y hasta entregó el régimen de pensiones y jubilaciones en las manos de empresas privadas.

Como dato comparativo importante, se podría ilustrar que en 1971, en pleno mandato de Allende, la enorme mayoría de los estudiantes asistían a escuelas públicas y, al término de los 12 años de primaria y secundaria, accedían a la Universidad gratuita.

Eran tiempos de educación estatal, sin costo y de igual calidad en todos los niveles, una demanda que hoy hacen resonar en las calles de Chile, jóvenes que no vivieron los sangrientos años de dictadura que vinieron después, y a quienes, por tanto, el miedo a la represión y la muerte no les perturba como a sus padres y abuelos.

En 1981, cuando se iniciaron los cambios educativos dentro de la dictadura, el 78 por ciento de la matrícula en primaria y secundaria se concentraba en escuelas públicas, y el resto en el sector privado. Actualmente, la educación pública abarca solamente entre un 12 o un 15 por ciento de las matrículas y el gran resto se privatizó.

En síntesis, Pinochet transformó la educación en una mercancía más, modelo que siguieron profundizando los gobiernos que sucedieron a su dictadura militar.

Todo ello provoca que hoy la educación en Chile, sobre todo en el nivel superior, sea una de las más caras del mundo.

Pero cada vez ganan más fuerza los reclamos estudiantiles y son los jóvenes quienes a partir de ahora, pretenden iniciar la construcción de un país renovado y erradicar definitivamente la herencia pinochetista.

De las calles a los pasillos del Congreso

En los comicios parlamentarios se vislumbra esa alternativa con la presentación de nuevos protagonistas políticos que pretenden desde el Congreso dar respuesta a las demandas populares.

Uno de los aspectos más novedosos que marcarán estas elecciones generales será el rejuvenecimiento que pudieran tener los órganos legislativos. Quienes acudan hoy domingo a las urnas, tienen ante sí una lista electoral compuesta en más del 32 por ciento por jóvenes de entre 18 y 34 años, un salto significativo comparado con el 6,5 por ciento de candidatos jóvenes de hace cuatro años.

Una verdadera revolución juvenil en demanda, principalmente, de cambios radicales en la educación y que tuvo su gestación justamente en los primeros años de la Bachelett, puntualmente en 2006, con la llamada Revolución de los Pingüinos, protagonizada por los estudiantes de Secundaria. Luego, en 2011, alcanzó su pleno auge liderado por estos rostros que hoy irrumpen en el escenario político y aspiran a puestos en el Congreso.

Nombres tan conocidos como el de Camila Vallejo, Karol Cariola o Giorgio Jackson y Francisco Figueroa, entre otros líderes juveniles que lideraron las movilizaciones estudiantiles, pretenden dar un gigantesco paso desde la movilización hacia la recuperación de las instituciones y de la representatividad política.

Según Jackson, quien se presenta a las legislativas como candidato independiente dentro del movimiento Revolución Democrática, cuando se iniciaron los levantamientos, «sentimos que no había nadie en el espacio institucional que representara nuestras ideas».

El camino elegido por estos jóvenes ha sido diverso, unos como independientes, sin respaldo de grandes partidos, y otros, como Camila Vallejo desde su organización política, el Partido Comunista que, por cierto, 40 años después de su participación con el Partido Socialista de Salvador Allende, consideró oportuno volver en coalición con Bachelet.

«Queremos irrumpir en la institucionalidad para cambiarla, porque es antidemocrática en muchos aspectos. Tiene enclaves que persisten desde la dictadura militar hasta el momento», dijo Camila a BBC Mundo hace algunos días.

Y agregó: «Hay una gran mayoría que entendió que Chile cambió. También el mundo político más tradicional, que se dio cuenta de que hay un nuevo momento político que requiere cambios estructurales y que los maquillajes hay que dejarlos de lado».

La irrupción juvenil al Parlamento podría voltear, incluso, la forma de tomar decisiones.

Entre las propuestas de estos jóvenes está la redacción de una nueva Constitución, el fortalecimiento de derechos sociales y laborales y la distribución efectiva de la riqueza para frenar la desigualdad en su país. Además, claro, de una reforma educativa.

Se elegirán 120 diputados, 20 de los 38 senadores y más de 250 consejeros de las 15 regiones del país.

Dos mujeres en aceras opuestas

Sin embargo, el énfasis mediático está en el proceso presidencial donde, por primera vez en la historia chilena, dos mujeres son las principales protagonistas, ambas de la misma generación e hijas de generales de la Fuerza Aérea: Michelle Bachelet y Evelyn Matthei, enfrentadas desde aceras totalmente opuestas, como también estuvieron sus padres.

Mientras el general Bachelet fue leal al presidente socialista Salvador Allende, derrocado con el golpe militar de 1973, y por ello murió en la cárcel, Matthei formó parte de la Junta de Gobierno militar y fue una de las figuras claves de la dictadura.

Michelle Bachelet, quien concluyó en el año en curso su mandato como directora de la organización ONU-Mujeres para retomar la carrera política en su país, ha marcado su retorno con cambios dentro de la llamada centroizquierda.

Después de más de dos décadas de Concertación, donde fungían como aliados principales el Partido Socialista y la Democracia Cristiana, Bachelet eligió conformar otra coalición: la Nueva Mayoría, que integran ahora al Partido Comunista y otras expresiones de izquierda, con un discurso diferenciador desde la oposición al Gobierno de Sebastián Piñera, haciendo énfasis en reformas educativa, constitucional y electoral.

Según todas las encuestas, la ex mandataria se va a imponer con comodidad, incluso algunos hablan que no habría necesidad de una segunda vuelta, pactada para el 15 de diciembre, mas para ello la ex mandataria deberá obtener más del 50 por ciento de los votos el domingo.

Según un sondeo del Centro de Estudios Públicos, que por tamaño de muestra y metodología es el estudio de opinión con más prestigio en el país, la intención de voto de Bachelet llegaría al 47 por ciento; mientras Matthei, nominada por el partido de derecha Unión Demócrata Independiente (UDI), ha enfrentado escollos, incluso en el partido Renovación Nacional (RN), que forma parte de la Alianza de la derecha chilena, y copa tan solo el 14 por ciento de las intenciones.

Los otros siete aspirantes a relevar a Sebastián Piñera en La Moneda son Marco Enríquez-Ominami, del Partido Progresista; Marcel Claude, del Partido Humanista: Ricardo Israel, de los Regionalistas Independientes; Alfredo Sfeir, de los Ecologistas Verdes; Roxana Miranda, por el Partido de la Igualdad; y los independientes Franco Parisi y Tomás Jocelyn Holt.

En el Chile que, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), es la nación de América Latina con el nivel más alto de desigualdad en ingresos personales, y vive la contradicción de que sus números macroeconómicos siguen en aumento, por primera vez el voto es voluntario y están convocados 13 millones de electores.

La cuenta regresiva acabó y hoy los chilenos podrían enfrentar no solo la certeza de la vuelta a La Moneda de Michelle Bachelet, sino también asegurar la maduración de una sociedad lista para apoyar cambios históricos.

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