Un nuevo muro en Berlín - Internacionales

Un nuevo muro en Berlín

A 25 años del derribo de aquella barrera, una pared invisible parece dividir los ánimos nacionales en la principal potencia europea

Autor:

Enrique Milanés León

No se precisaba una bola de cristal, al menos no una de «alta resolución», para saber que tras el abominable atentado en Francia a la revista satírica Charlie Hebdo los mastines de la violencia, que practican en el mundo el mismo «rezo», irían tras los pasos del Islam. En ese París romántico, que sí cree en lágrimas, se produjeron ataques a centros de confesión musulmana —justamente condenados por el Gobierno— y en casi toda Europa los grupos de extrema derecha han cargado esa áspera mano en sus discursos.

Sean quienes sean los que están tras el velo del crimen, lo que no hace falta averiguar es que la acción en la revista gala beneficia sobremanera a la muy antiárabe derecha europea. Fuerzas que se alimentan del miedo al inmigrante como el Frente Nacional, de Marine Le Pen, en Francia; la Liga Norte italiana y la alemana Pegida aprovechan sin rubor los amargos frutos de la violencia.

Luego del atentado, el movimiento Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente) proclamó a los cuatro vientos que la acción había confirmado su tesis de que los islamistas son incompatibles con la democracia y, de paso, «repartió papeletas» para su duodécima concentración, la de mañana.

El DNI de la intolerancia

¿Qué es Pegida? Quizá la palabra más inquietante que hoy tiene Alemania. Asentado en Dresde, la capital del estado oriental de Sajonia, el grupo comenzó a protestar el 13 de octubre con un centenar de personas —«otro puñado de xenófobos», creyó la Policía— y, de lunes en lunes, subió sus cifras a 10 000, 15 000, 17 500 y 18 000 asistentes, estadísticas que no son meros alardes propios sino cuentas claras de las autoridades.

Dicho claramente: desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial no se veían en Alemania protestas antiislamistas, xenófobas y neonazis de tal dimensión.

Pegida no se anda con medias tintas. Ha retomado el concepto de movilización de los alemanes orientales que en el segundo semestre de 1989 marcharon los lunes para ayudar a echar abajo un muro que desde mucho antes estaba carcomido. Y la frase de aquellos —«nosotros somos el pueblo»— es la misma que estos utilizan ahora para levantar otra tapia, migratoria e institucional ella, que impida la entrada a los extraños.

Lo más peligroso es que se disfraza de movimiento cívico, lo cual les permite atraer, junto a su núcleo reaccionario, a ciudadanos de disímil condición agobiados por problemas económicos. De tal suerte, no escasean en sus marchas personas del mundo profesional y académico, estudiantes, gente del fútbol, jubilados…

Todos ellos han unido su camino a personajes tenebrosos como Lutz Bachmann, una de las figuras de cabecera del movimiento que en su «currículo» tiene condenas por proxenetismo, venta de cocaína, agresiones físicas y otras «perlas» similares.

Los «rieles» y el destino

Las controversias son fuertes, a tal punto, que pareciera que la locomotora alemana no tuviera claro actualmente hacia cuál estación marchar: si a la del odio o a la de la concordia.

Werner Schiffauer, presidente del Consejo para la Migración, ha descrito el dilema: «Hay un desgarro en la sociedad. La mitad de los ciudadanos defiende la diversidad, pero un tercio reclama un sentimiento nacional más fuerte, del que excluye a los inmigrantes. Necesitamos un modelo de integración que incluya a toda la sociedad».

Las campañas llevadas a cabo para responder las nutridas protestas de Pegida son una evidencia de tal desgarro. Altos funcionarios del Gobierno han criticado sin adornos verbales la proyección del movimiento y en Berlín, Colonia, Sttugart y el propio Dresde —nido de Pegida— se han llevado a cabo contramarchas, pero hay un detalle importante: nunca han podido acercarse a los 18 000 manifestantes que la organización reaccionaria reunió en unas horas.

En la disputa, la oscuridad puede ser un arma. Los socialdemócratas lanzaron la campaña «apaguemos la luz a Pegida», con la que hicieron que, en los momentos de manifestación de los ultraderechistas, símbolos nacionales como la Puerta de Brandeburgo, la Catedral de Colonia, la Ópera de Dresde y hasta la planta de la automotriz Volkswagen quedaran a oscuras en señal de rechazo.

En su mensaje de año nuevo, Angela Merkel desenmascaró a los guías de Pegida.

La mismísima canciller federal Angela Merkel, dijo en su mensaje de año nuevo que los líderes de Pegida tienen «prejuicio, frialdad e incluso odio en sus corazones», pero también algunos miembros de su partido parecen entender las razones de la formación antiislámica.

El odio en cifras

Las encuestas pueden ser el mapa de operaciones de esta batalla. Una de ellas, llevada a cabo por la revista Stern, reveló que uno de cada ocho alemanes participaría en marchas antiislámicas si se organizaran cerca de su casa. Reportes de la Fundación Bertelsmann y de la revista Die Zeit señalan que el 57 por ciento de los alemanes ven al Islam como amenaza, y la segunda agrega que para el 40 por ciento de los germanos los musulmanes son la causa de que se sientan «como extranjeros en su propio país».

También la Universidad de Leipzig ha estudiado el asunto y establecido que el 24 por ciento de sus coterráneos quiere que los inmigrantes vuelvan a sus países de origen.

¿Qué hay con Pegida? Pues la televisora MDR hizo su encuesta y anunció que el 92 por ciento de la muestra niega que este movimiento daña la imagen de Dresde, a pesar de su declarada intención de restringir la presencia musulmana mediante la expulsión de personas «inadaptadas» y disminuir el otorgamiento de refugio y asilo.

Manifestación en Hamburgo en rechazo al racismo y al movimiento Pegida.

El ministro de Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, piensa distinto: «Pegida no solo perjudica a nuestro país, también proyecta una mala imagen de Alemania. Tenemos que dejar muy claro que los que salen a la calle son una pequeña minoría que hace mucho ruido».

Para uno de los países de mayor tradición matemática en el mundo, la idea de minoría del Ministro es, cuando menos, controversial.

Carteles son carteles

Los líderes de Pegida son lacónicos y no ocultan su desprecio por la prensa, pero en sus protestas los carteles hablan por ellos: «Despierta, Alemania: el islamismo nos amenaza», «No queremos que nuestros hijos hablen árabe», «Aquí no cabe tanto extranjero», y otros mensajes similares, hacen prescindible cualquier entrevista.

No es de extrañar que allí, en la nación desde la cual otro fanatismo desencadenó el Holocausto, Josef Schuster, presidente del Consejo Central de los Judíos de Alemania, afirmara que este movimiento «altamente peligroso, que pretende reinyectar el odio racial», manipula a su favor el miedo que el terrorismo supuestamente islámico provoca en las sociedades occidentales.

Hasta Hans-Georg Maassen, jefe de los servicios secretos alemanes, comentó a DPA el «fortalecimiento inquietante de las actividades xenófobas» en el país. Para calzar sus palabras sobran hechos: de enero a septiembre de 2014 se registraron 86 ataques a centros de refugiados y uno de ellos, en Nuremberg, terminó en la quema de un albergue, con la «firma» de cruces gamadas.

En Alemania viven más de diez millones de inmigrantes musulmanes. Solo en 2012, ese país recibió a cerca de 400 000, a lo que debe sumarse el pedido anual de 200 000 asilos. El presidente de la Federación de la Industria Alemana, Ulrich Grillo, ha dicho que el suyo ha sido «un país de inmigrantes desde hace mucho y debemos seguir siéndolo», pero lo último que hay al respecto es consenso nacional.

Ahora mismo Pegida está fertilizando, con los 12 muertos franceses, el torcido tronco del odio. Cuando el mundo ha llorado parejo la noticia de las víctimas de la revista Charlie Hebdo, tiene que leer también que, mientras nos disponemos a celebrar los 70 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, la intolerancia yergue en disímiles sitios los muros que parecen convocar una tercera.

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