Los nombres de un nuevo destino

Donde pareciera que todo es caos, donde la muerte se ensañó y la vida necesita ayuda, los médicos cubanos en Nepal nos llenan de razones

Autor:

Nyliam Vázquez García

Abren los ojos a un tiempo extraño. Son 12 horas de diferencia y aunque ya estarán más acostumbrados que hace un par de semanas, la distancia siempre pesa. Los diversos especialistas que integran la Brigada Médica Cubana en Nepal no están en sus camas, si extienden las manos no encuentran el abrazo de los suyos, su ambiente no huele al café mañanero tan propio de la intimidad de sus mundos, les falta el beso más añorado…

Al fisiatra Víctor Osvaldo Barrios, entre mucho que extrañar, seguro le falta la cercanía del mar que tanto disfruta en el Hospital Hermanos Amejeiras, donde estaría si la naturaleza no se hubiese ensañado con el lejano país asiático y él no fuera médico, y cubano. Con la misma lógica, los rehabilitadores Alberto S. Hernández Rivera y Luis R. Torres Hernández tal vez echen de menos el verde por doquier del Centro Internacional de Salud La Pradera.

En cualquier caso, despiertan a hacer lo que mejor saben hacer. Ellos conforman el equipo de fisiatría y rehabilitación de la brigada y, como cada uno de sus integrantes, guardan la certeza de haber reescrito el destino de muchos nepalíes después del terremoto.

Tan lejos de casa, seguro encuentran las fuerzas para la dura cotidianidad en los miles de rostros de nepalíes atendidos, en los nombres de los casos más complejos, en una sonrisa, un apretón de manos, unas letras escritas en un minúsculo pedacito de papel, en unas piernas que por fin se mueven… seguramente en esa mirada de Daula Dalma.

Después de la operación el 20 de mayo y el reposo post-operatorio, el doctor Víctor sentenció que ya está lista para rehabilitación. Serán de cuatro a seis semanas de tratamiento y Alberto está a cargo de que la pequeña rescatada del campo de refugiados y operada de fractura de tibia y peroné logre caminar. Mientras Daula crece en el hospital y obtiene pequeños triunfos de la mano de los nuestros, otros nombres se convierten en razones.

Si está feliz, ¿por qué llora?

Un paso. Otro. Se sostiene con todas las fuerzas de que es capaz a la silla de ruedas. Mira. Vacila. No. Mueve un pie, el otro…

Sojal Shrestha avanza. Su madre le habla, lo anima. Ella no lo dice, pero vive en los últimos días emociones a las que no sabe si algún día podrá ponerles palabras. Él no logra entender por qué a su mamá se le llenan los ojos de lágrimas mientras le sonríe. Es raro, pensará el niño. Si está feliz, ¿por qué llora?

Sojal solo tiene tres años, demasiado pequeño para comprender lo profundo que llegan sus pasos en el corazón de su madre, cuánto determina cada movimiento suyo ahora, cuando su vida parecía condenada a la postración. Ella no lo pensó dos veces, unos vecinos le comentaron la presencia de los médicos cubanos y allá fue a buscarlos, como siempre, con su niño en brazos. Su tesoro nunca se había parado ni había intentado caminar: parálisis cerebral.

Han pasado más de 20 días desde aquella consulta. Los médicos cubanos diagnosticaron y comenzaron la rehabilitación. «Con tratamiento con técnicas de facilitación neuromuscular propioceptiva, kinesioterapia y entrenamiento de equilibrio y marcha, Sojal es ya capaz de recorrer los pasillos del hospital», me cuentan desde Nepal.

Para este niño nepalí el terremoto del 25 de abril no significa lo mismo que para millones de sus compatriotas. A él y a su familia, como a todos los habitantes de esas tierras, les cambió la vida, pero en su caso para un bien que se concentra en sus piernas, que ya se sostienen y avanzan. Suele venir al hospital con un pulóver rojo con la imagen del Che, un símbolo entrañable para los cubanos que en el pecho del pequeño debe significar el agradecimiento de los padres.

Su mamá  debe tener miedo de despertar y que no sea cierto, que hayan desaparecido las ruinas, que ya no se escuchen los lamentos, no hayan heridos, ni tantas listas con nombres de muertos… entonces no habría ayuda, ni hospital, ni médicos cubanos que hicieran milagros. Aunque debe doler que su alegría se levante sobre la tragedia nacional, ella es feliz. No está soñando, después de todo.

Sojal sonríe a cada paso, «como si estuviese descubriendo un mundo nuevo». Y es eso. Debe disfrutar de la textura del suelo, de la temperatura de las losas del hospital bajo sus pies descalzos. Ahora mira desde su propia altura. Desde los brazos de mamá quizá lo veía todo más pequeño, pero ahora crece con el mundo que lo rodea.

A unos pasos, detrás, ni muy cerca ni muy lejos, un hombre: Luis Torres Hernández, su rehabilitador. El médico tiene la mirada clavada en los pies de Sojal. Observa los movimientos del niño, el desplazamiento de sus músculos en cada paso. Si levantara la vista encontraría siempre los ojos de una madre agradecida o una expresión en su rostro que se podría traducir en una pregunta constante: ¿Va bien, doctor?

Un paso. Otro. Vuelve a detenerse. Busca y se aferra al rostro amado de la mujer que lo trajo el mundo. Dobla el pie. Sí, Sojal ha dado un paso más. Va muy bien.

Para olvidar los dolores

Quizá ni lo ha pensado. ¿Cuánto tardó el cuerpo de Muakesh Mahoyan en descender de aquel tercer piso el día del terremoto? Dos segundos, tres… no lo sabe. A sus 37 años, esa caída parecía destinada a que su nombre fuera otro de los más de 8 000 muertos de ese día. Sobrevivió. Lo operaron de la columna en Kirtipur y solo le dieron una recomendación: que fuera al «hospital de los cubanos» para su rehabilitación.

El equipo de rehabilitación recuerda que entró en camilla. No podía moverse, ni para hacer sus necesidades. A veces se preguntaba cómo su cuerpo soportaba tanto dolor. Cada pequeño movimiento, el más leve, le provocaba tal sufrimiento que, por momentos, quería desaparecer.

Quince días después, el panorama es otro. Otra vez los conocimientos y experiencias de los fisiatras cubanos hicieron magia. Muakesh Mahoyan camina con casi total normalidad y está listo para regresar a su aldea.

«Está tan contento con el tratamiento recibido que no se quiere ir del hospital. Dice que ya ni se acuerda del día del terremoto, que los cubanos le han ayudado a olvidarse de todos sus dolores».

Su historia llega de tan lejos y uno sabe que hay otra vida salvada. En la foto ya no quedan huellas del dolor en su rostro. No sonríe, tiene más bien una expresión de paz. Mira a la cámara y nos habla en el universal idioma del agradecimiento.

Un sueño nuevo

Hace unos días, solo un par de cosas eran ciertas: estaba vivo… o casi. Sherpa Pempa no podía mover sus piernas, no hablaba con nadie. Miraba al cielo todo el tiempo cuando estaba despierto. Nada más. Tal vez repasaba lo que ya sabía sería su existencia después del terremoto.

Cuenta que pensó que no volvería a caminar nunca y que viviría el resto de su vida mendigando desde una silla de ruedas.

Vive en una aldea remota del distrito de Ghorka, muy cerca del epicentro del sismo. Sobrevivió, pero con una fractura de pelvis y dos fracturas combinadas de tibia y peroné.

Como si la hubieran borrado de un plumazo, su casa se convirtió en un montón escombros, igual que buena parte de las edificaciones de la zona. Con su cuerpo deshecho de esa manera, parecía que solo tocaba esperar la muerte. Casi la había visto de frente, al acecho. Pero Sherpa fue rescatado y transportado en helicóptero hasta Kathmandú. Lo operaron en el Hospital de Kirtipur y de allí fue remitido al centro donde la bandera cubana nos identifica.

Los médicos recibieron a un hombre vencido. Con la derrota tatuada en esa mirada clavada en el infinito. No podía moverse, no tenía fuerzas para hacerlo. Tampoco se quejaba. Solamente estaba vivo, a medias.

«Tras 12 días de intenso trabajo de rehabilitación, ya anda por los pasillos apoyado en sus muletas y sueña con el momento en que podrá hacerlo sin ellas».

A sus 45 años Sherpa tiene una meta, es muy clara. Ahora sí es un superviviente. Un hombre no solo vuelve a andar, sino que se recupera a fuerza de masajes, ejercicios, palabras que no entiende pero que intuye significan: «¡Vamos, Sherpa, tú sí puedes!».

Todavía le duele cuando apoya su pie derecho, dice, pero enseguida agrega, porque se trata de su impulso mayor: «ese dolor se me olvida cuando pienso en que volveré andando a ayudar a los familiares que me quedan a reconstruir mi casa».

Otra vez el pasillo de los grandes acontecimientos del «hospital de los cubanos» se adueña de las miradas. Como Daula, Sonjal, Muakesh… ahora Sherpa se esfuerza. Avanza con las muletas, pero sabe que son temporales. Alberto Hernández no lo pierde de vista, lo corrige cuando se apoya demasiado, lo anima. Confía en este hombre tan distinto del que comenzó la rehabilitación. Sherpa sabe que si le fallara cualquiera de sus dos piernas, ahí estaría Alberto para sostenerlo. Se siente seguro. Confía. El pasillo del hospital es cada vez más corto ante las ganas de cumplir su sueño.

Aún le quedan dos o tres semanas de tratamiento. Los médicos son muy optimistas .

Números se yerguen

Hasta el 3 de junio, el equipo de rehabilitación había dado el alta médica a 19 pacientes que llegaron al hospital con necesidades específicas de fisiatría y fisioterapia y ya están curados de sus dolencias. Han realizado 1 203 acciones y procederes de rehabilitación, como masajes integrales, técnicas de facilitación neuromuscular, digitopuntura, kinesioterapia.

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.