Escalan los conflictos y suben las ganancias

Las guerras, que hoy proliferan en el mundo, sirven para alimentar los capitales de la industria de la muerte, cuyos ejecutivos, por supuesto, jamás pisan un campo de batalla

Autor:

Juana Carrasco Martín

Proliferan los escenarios bélicos al punto de que el Papa Francisco ha dicho que estamos en una tercera guerra mundial fragmentada; y si hay miles que mueren otros se embolsan multimillonarias fortunas, ven crecer el valor de sus acciones, y ponen gasolina a un fuego que puede ser incontrolable.

Hace apenas unos días, en Intercept, la revista electrónica creada en febrero de 2014 tras revelarse por sus fundadores documentos secretos que prueban el espionaje y el intervencionismo estadounidense, se exponía que las mayores empresas contratistas del Pentágono, Raytheon, Oshkosh y Lockheed Martin, aseguraron a los inversionistas en West Palm Beach, estado de la Florida, durante una conferencia del grupo bancario Credit Suisse, que ellos ganarían de la escalada de los conflictos en el Medio Oriente.

¿Cinismo? Pues no tanto, simple exposición de una realidad que es harto conocida: las guerras sirven para alimentar los capitales de la industria de la muerte, cuyos ejecutivos, por supuesto, jamás pisan un campo de batalla.

En esa conferencia, Tom Kennedy, presidente ejecutivo de Raytheon —líder en la industria aeroespacial y militar, especialmente en la producción de sistemas de seguridad y defensa, misiles, aeronaves, radares, sistemas de control aéreo, sistemas de detección de radiación, semiconductores y sensores para satélites—,  dijo que el sector de la fabricación de armamentos está viendo «un repunte significativo» porque hay «soluciones de defensa en todos los ámbitos en varios países de Oriente Medio».

A su vez, Bruce Tanner, vicepresidente ejecutivo de Lockheed Martin —otro gigante de la aeronáutica militar—, expresó que su compañía vería «beneficios indirectos» de la guerra en Siria, y no fue remiso en demostrarlo con la reciente decisión de Turquía de derribar un avión de combate ruso que operaba contra los grupos terroristas en Siria. Veía ya operaciones militares estadounidenses y un dinamismo mayor para sus productos en ese teatro: los aviones jets F-22 y los nuevos F-35, cargados con otros de sus productos, los misiles.

En concreto, agregaba que habría un incremento de la demanda, fundamentalmente desde los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, involucrados en la guerra en Yemen.

El trío de los «felices productores» disertando en la Tercera Conferencia Anual de Industriales, lo completaba Wilson Jones, presidente de Oshkosh, quien apuntaba que «con la creciente amenaza del ISIS» —nombre con el que también se designa al autoproclamado Estado Islámico—, hay más países interesados en comprar sus vehículos blindados M-ATV para mecanizar los cuerpos de infantería.

¿Qué daba tal seguridad y estímulo a estos hombres de negocios? La aprobación por el Congreso de EE.UU. del presupuesto del Pentágono, a finales de octubre, garantía de la estabilidad de la industria militar de esa nación.

Arnold Punaro, presidente de la Asociación Nacional de Industriales de la Defensa, aplaudía el compromiso bipartidista porque eliminaba la incertidumbre al proporcionar «la previsibilidad al Departamento de Defensa y la industria de la defensa para invertir en programas y tecnologías, y satisfacer las necesidades de seguridad nacional de nuestro país».

Al decir de la publicación Defense News, el acuerdo sobre el presupuesto alcanzado en las negociaciones tranquilas con la Casa Blanca y los demócratas en el Congreso, incrementará el gasto federal por 80 000 millones de dólares en los próximos dos años, proporcionará un monto adicional de 32 000 millones para los fondos de operaciones de contingencia en el extranjero a utilizar por el Pentágono, y el presupuesto para ese Departamento se llevará a sus arcas 607 000 millones de dólares.

A pesar del grosor evidente de ese presupuesto, algunos no quedaron del todo felices, querían más, como el presidente del Comité de Servicios Armados del Senado, el republicano por Arizona John McCain; su homólogo en la Cámara de Representantes, el texano Mac Thornberry, y el representante Mike Turner, también republicano de Ohio, considerado como voz líder de los halcones de la Defensa, aunque el monto satisfacía el asunto de la «estabilidad» del Pentágono.

El presupuesto era menor en seis mil millones a lo solicitado por la administración, pero los abogados de la industria armamentista se encargaban de dar el visto bueno como Mackenzie Eaglen, analista del tanque pensante conservador American Enterprise Institute, cuando aseguraba: «¿Debe la industria estar feliz? Absolutamente».

¿Derrotaremos al terrorismo?

En la noche del domingo 6 de diciembre, el presidente Barack Obama habló a sus conciudadanos desde el despacho oval de la Casa Blanca y les aseguró: «La amenaza del terrorismo es real, pero nosotros lo venceremos». Con ello proclamaba el seguimiento de la «guerra contra el terrorismo» iniciada cinco lustros antes por George W. Bush como una «guerra sin fin».

Si bien es interés de buena parte del mundo enfrentar ese flagelo que parece no tener control, a la corta los beneficiados mayores son los inversionistas en la industria de armamentos.

Los arsenales se nos están quedando vacíos, dicen los altos mandos militares, estamos lanzando misiles y bombas más rápido de lo que podemos reemplazarlos, nos enfrentamos a una escasez del suministro. Como respuesta solo puede haber una, más producción de armas, más  financiamiento para este propósito, y los datos que suministran son efectivos para lograr la aprobación: solo en noviembre, dicen, han lanzado 3 271 misiles y bombas y 32 000 en 16 meses de guerra —por cierto bastante inefectiva— contra el EI.

Las compras son de urgencia ante esta «crisis» de armamentos y las compañías se afilan los dientes, al punto que de manera suspicaz una se pregunta: ¿para quiénes trabajan los grupos terroristas?

Importantes medios informativos estadounidenses —diarios y canales de televisión— se montaron en esa línea de la escasez de municiones y armas para convencer de la necesidad de unos gastos que siempre van en detrimento de verdaderas necesidades sociales.

La agencia noticiosa Reuters, el 4 de diciembre se hacía eco de funcionarios estadounidenses que aseguraban que los fabricantes de armas han añadido turnos y han contratado trabajadores porque están chocando con las limitaciones de capacidad e incluso añadían que pudiera ser necesario ampliar plantas o abrir nuevas instalaciones para mantener el flujo de armas.

Mencionaba que tras los mortales ataques en París, la urgencia de contratar nuevas armas se había hecho mayor porque la campaña de Estados Unidos contra el EI en Iraq y en Siria se había concretado en 8 605 golpes aéreos con un costo estimado de 5 200 millones de dólares.

En el despacho de Reuters, un ejecutivo de los fabricantes de armas de Estados Unidos —que no estaba autorizado para hablar públicamente, según la agencia noticiosa— comentaba: «Es una gran área de crecimiento para nosotros», porque todo el mundo en la región estaba hablando de suministros para cinco a diez años.

De pronto, las aprobaciones de ventas militares al extranjero se incrementaban 36 por ciento (a 46 600 millones), comparados con los 34 000 millones del año precedente, y en especial las ventas de misiles, bombas inteligentes y otras municiones por parte de los aliados de Washington saltaron de 3 500 millones en 2014 a 6 000 millones en el año fiscal 2015.

Lockheed era una de las agraciadas con los contratos del Departamento de Defensa cuando el Ejército de EE.UU. le pedía que en lugar de 500 misiles Hellfire por mes, hiciera 650 para poder responder a la demanda. Cada uno de estos misiles tiene un costo de venta de 60 000 a cien mil dólares y de acuerdo con Reuters es barato comparado con otros, además de su capacidad para ser lanzados lo mismo desde un avión, un helicóptero o un navío y destruir con él vehículos blindados o edificaciones.

El Pentágono había autorizado ventas a Corea del Sur, Paquistán, Arabia Saudita, Líbano, Francia, Italia y Gran Bretaña.

Frank Kendall, jefe de compras del Pentágono, y otro funcionario no identificado, le dijeron a la agencia británica que estaban trabajando con Lockheed, Raytheon y Boeing Co., para que relanzaran la producción de municiones de precisión y que potencialmente añadieran nuevas capacidades.

El Instituto de Investigación de la Paz de Estocolmo (Sipri), prestigioso centro de investigación de los temas concernientes a las guerras y a las industrias bélicas, publicaba en uno de sus más recientes anuarios cuáles son las empresas que más facturan con la venta de armas y equipos, y en 2011 —cuando todavía el Estado Islámico no daba suficiente justificación para el incremento de los gastos militares— esas compañías habían aumentado sus ganancias en el 14 por ciento en relación con el año anterior.

Destacaba el Sipri que esas empresas acaparan medio billón de dólares anuales de los gastos públicos, la inmensa mayoría son de origen privado y casi la mitad de las cien empresas más lucrativas del sector son estadounidenses.

Queda claro a quiénes les sirven las guerras y en sus actuales características a dónde van los beneficios del auge del terrorismo mundial.

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