Laboratorio social de una ciudad

La capital de la República Bolivariana de Venezuela es una de día y otra de noche. Igual es su metro

Autor:

Alina Perera Robbio

CARACAS.— Hace ya más de una década, estando de paso en una moderna ciudad del mundo, las personas que me acogían solidariamente —un matrimonio de chilenos que había tenido que emigrar en tiempo de dictadura pinochetista— me propusieron mirar la urbe «desde abajo».

Desde mi recorrido oficial, en cómodos automóviles y no tan cerca de mis semejantes, el escenario al cual había arribado mostraba sus aristas lujosas. Por eso mis anfitriones querían que yo hiciera un paréntesis en el programa y fuera con ellos en busca del metro.

Aquel viaje con gente que hasta entonces no había visto me hizo descubrir otra ciudad no tan hierática: «abajo» el tiempo discurría de otro modo; y sí, había gente humilde y hasta pobre en aquella metrópoli que arriba parecía de postal.

Desde entonces sé que el metro de cualquier ciudad puede darnos las pulsaciones más auténticas, sin poses ni maquillajes, de una metrópoli. Y eso es algo que he podido constatar en estos días de subirme varias veces al metro de Caracas, sistema de transporte subterráneo utilizado diariamente por más de dos millones de personas.

Inaugurado el 2 de enero de 1983 y puesto al servicio de los venezolanos al día siguiente, el metro caraqueño propicia un movimiento humano a una velocidad pasmosa. Muchos casi siempre corren en el intento de traspasar la línea amarilla de seguridad y de poder entrar, casi contra reloj, al vagón. Es una solución de transporte que nadie discute y a ella acuden las personas sin distingo de rango socioeconómico, edad o profesión, para resolver cualquier tipo de problemas y ganarle tiempo al tiempo.

De una modernidad que no tiene nada que envidiar a otros de ciudades primermundistas, el metro de Caracas también deja sentir las huellas de una tensión social, la típica nacida de largas y sofisticadas guerras económicas, en una historia de desgaste que los cubanos conocemos demasiado bien. Es una tensión cuyo punto más alto es la violencia expresada en atracos a manos del malandro, como aquí llaman al bandido.

La ciudad es una de día, y otra de noche. Igual es su metro. En horas del mediodía, cuando lo he utilizado, va lleno de personas sumergidas en sus propias preocupaciones; de mujeres preñadas de paquetes; de estudiantes con sus mochilas; de ancianos callados; de señoras ansiosas (que se abren paso a como dé lugar); de rápidos vendedores de cualquier bagatela; de padres o madres con sus pequeños encima, quienes son expertos pregoneros y vendedores de cualquier chuchería, que suben y bajan rápidamente mientras el chiquillo saborea algún caramelo, que venden lo suyo a algún viajero a pesar de que la «economía informal» está terminantemente prohibida.

El pasado 24 de enero, según reflejó la prensa, el ministro de Interior, Justicia y Paz, Néstor Reverol, anunció que en los próximos días arribarían al país un conjunto de paletas detectoras de metales que serán colocadas en el sistema del metro de Caracas. La otra medida que está teniendo lugar es el despliegue, en 28 estaciones, de más de mil hombres y mujeres de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) y la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) para garantizar y reforzar la seguridad de los usuarios.

El Ministro, al hablar de motivaciones, mencionó la de preservar la paz y resguardar a trabajadores, usuarios e instalaciones del socorrido medio de transporte. Y añadió que el Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC) instalará una oficina para atender cualquier tipo de irregularidades, al tiempo que se realizará la verificación del sistema de cámaras de video, con el fin de que estas tengan un buen funcionamiento.

Es este un país que no renuncia al cuidado de sus ciudadanos. La batalla tiene muchos caminos y todos atienden a sofocar las angustias más acuciosas del ser humano, las asimetrías que puedan quebrantar la paz y desatar toda manifestación de violencia.

Mirando hacia lo profundo, los movimientos sociales cuya impronta es el humanismo, tienen incorporada la certeza de que la verdadera cura para las conductas negativas es la profilaxis social. Dar empleos y dignificar la vida, como se ha propuesto a pesar de toda adversidad la Revolución Bolivariana, será el método más eficaz contra todo pillaje.

También por estos días el ministro del Poder Popular para la Comunicación e Información, Ernesto Villegas, expresó en una entrevista televisada que Venezuela tiene «las condiciones para lograr lo que no terminamos de conseguir en el 2016, superar las dificultades y que cada quien se dedique a lo suyo».

A pesar de la guerra no convencional, dijo, promovida por sectores de la derecha nacional e internacional, y la baja de los precios del petróleo, el Gobierno nacional ha seguido impulsando las políticas sociales, en defensa de los derechos del pueblo.

La clave para vivir en escenarios menos inseguros y violentos, está en esa voluntad del trabajo social. Cuando la Revolución de este hermano país siga remontando cuesta desde los desafíos del año más largo y oscuro que ha tenido hasta hoy, espacios demostrativos de cómo está «la situación», como el metro de Caracas, darán señales de mayor orden, seguridad, limpieza y confianza. Se dice fácil, pero la pelea por el mejoramiento de millones de seres humanos, algunos tan virginales como cuando Colón nos descubrió, sí que se las trae...

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