Historias de sol y de asombro - Internacionales

Historias de sol y de asombro

La solidaridad nacida de las revoluciones no distingue o clasifica a las personas si hay que defenderles la vida. Esa es la máxima atrapada en estas líneas

Autor:

Alina Perera Robbio

ESTADO GUÁRICO, Venezuela.— La primera idea que me asalta en estas horas tiene que ver con la fragilidad del Hombre y con su capacidad de multiplicarse amorosamente a pesar de toda adversidad. Se medita en eso mientras un calor casi asfixiante todo lo impregna y una siente que en verdad ha traspasado la puerta de entrada a los llanos centrales de la tierra firme.

La vulnerabilidad no es solo física en un paisaje que se deja solear hasta la saciedad al filo del mediodía, a la hora en que los perros grandes y mansos saben bien dónde acomodarse para descansar. La fragilidad puede sentirse, con marcado énfasis, en la condición de seres sociales: es vital la sensación de seguridad para poder ser felices.

Los artífices de la Revolución Bolivariana conocen muy bien esta verdad: un hombre puede ser brizna en el viento si en el mundo que le tocó vivir no se ha luchado contra la bárbara pobreza, contra la violencia en espiral, contra la ignorancia y las soledades.

En el estado Guárico, según censo reciente, viven poco más de un millón de personas distribuidas en 15 municipios. Es fácil respirar aquí, en tierra agrícola y pobre de 64 986 kilómetros cuadrados, el amor por el Comandante Hugo Rafael Chávez Frías. Él, quien tanto tiene que ver con que ahora el territorio cuente con 586 médicos, 538 enfermeros, y 363 promotores de salud y trabajadores sociales. Todos venezolanos, formados por la Misión Médica Cubana y en el modelo de Barrio Adentro. Son cifras que hacen posible que el estado cuente con el ciento por ciento de cobertura médico asistencial, objetivo estratégico del Comandante Hugo Chávez en el programa que se conoce como Plan de la Patria, y que deberá abarcar, en un futuro no lejano, a toda la nación.

Hablando de estructuras destinadas al cuidado de la salud, el estado cuenta con 19 Áreas de Salud Integral Comunitaria, 48 Núcleos de Atención Integral de Salud, un centro oftalmológico, y un Centro de Alta Tecnología, al cual se le comenzó a dar reparación en el transcurso de 2016, el año más duro que ha vivido la Revolución Bolivariana.

Pudiera parecernos poco, pero es una verdadera conquista que haya un médico por cada 1 700 habitantes. Y en todo el entramado antes mencionado, suman casi 800 los colaboradores cubanos que brindan su saber en ámbitos como la salud, la cultura, el deporte y la agricultura.

Sueños en azul

Dos elevaciones montañosas, haciendo recordar cabezas de animales prehistóricos, conforman la imagen distintiva de Guárico. Son conocidas como Los Morros. De ellas toma su nombre la Parroquia San Juan de los Morros, donde está enclavado el Centro de Diagnóstico Integral (CDI) Ernesto Che Guevara.

De paso por el lugar nada parece ser relevante, salvo el amor de los trabajadores de la salud, venezolanos y cubanos. Pero otra es la historia cuando algunas voces cuentan de lo difícil que ha sido, meses atrás, estar tranquilos a solo metros de la prisión más grande de Venezuela.

Muy cerca de los muros grises están los asentamientos que fueron creciendo con las familias de los reclusos, esas que poco a poco, a lo largo de años, llegaron para quedarse. Y con esos arribos, se acentuaron los desafíos sociales, las necesidades humanas.

Dejamos un momento el CDI para visitar el Consultorio Médico Popular Vista al morro. Es lo que se conoce como Base de Misión y tiene por nombre «Sueños Azules de Chávez», es decir, sueños de esperanzas. Allí la venezolana Arelvis Espín, de 32 años y especialista en Medicina General Integral, nos cuenta que es del estado Miranda, que allí se formó como médico integral comunitario gracias a la misión cubana. «Fui seleccionada, después que me gradué, para trabajar en el estado Guárico. Aquí estoy desde el año 2011».

Miladis Bombú, Luis Miguel Salas, y Arianna del Pino recuerdan los días difíciles de una violencia en espiral que no los amedrentó.

Nacido en San Juan de los Morros, Carlos Galindo, de 21 años y estudiante de segundo año de MGI, está enamorado de su mundo. Si se le dice que hay mucho calor, tiene una respuesta amorosa en defensa de su patria pequeña: «Eso es en esta época. Después viene la situación de lluvia. Entonces todo se vuelve un poco más verde, fresco. Todo me gusta de aquí».

No lejos, una mujer de sonrisa que ampara, la doctora Yamilex Reyes, de 49 años, nos cuenta que pertenece a un pueblo que se llama Libertad de Barinas, en el estado de Barinas. «Eso está a 25 minutos de llegar a Sabaneta, Barinas, donde nació nuestro Comandante Chávez. Es una región muy calurosa, donde todos nos amamos, porque todos somos hijos de Dios», comenta.

Yamilex tuvo la oportunidad de estudiar Medicina Integral Comunitaria «gracias a ese legado que nos dejó nuestro Comandante, para fortalecer aquello que dábamos por perdido como era el médico de cabecera, también conocido como médico de la familia». Es esa la voz de una escuela que cree en visitar a los pacientes en sus casas; que no ve en ellos, como explica Yamilex, un cheque al portador, sino alguien merecedor de cariño. Ella fue formada por profesores cubanos —puede mencionar cada uno de sus nombres—; y ellos son «muy buenos».

Hay mucha piedad en Yamilex, quien, cuando habla sobre la cercanía de la prisión, recuerda que tres, cuatro meses atrás, cuando se produjo un estallido de violencia tras las paredes del penal, vivieron días difíciles: pero supieron manejar la situación, siguieron trabajando en la comunidad Los mangos, lugar de extrema pobreza, colindante con el penal, donde viven las familias de los expresidiarios. Esta mujer vive convencida de que, donde hay humildad, hay gratitud, por eso «hay que trabajar con el corazón».

La venezolana Yamilex Reyes tuvo la oportunidad de estudiar Medicina Integral Comunitaria para fortalecer la labor del médico de cabecera, también conocido como médico de la familia.

No se rindieron

«Aquello fue una guerra diaria, un ataque sicológico que llegaba a descompensar», no olvida Arianna del Pino, cubana de 42 años, de la provincia de Villa Clara, quien funge como especialista en Estadística en el CDI Ernesto Che Guevara. Ella vuelve a las horas en que la prisión estaba revuelta.

«La situación era muy tensa. De venir temprano en la mañana y salir para las casas lo más rápido posible porque se armaba el tiroteo», dice.

Luis Miguel Salas, cubano de 38 años, enfermero emergencista de Guantánamo, Caimanera, recuerda que las cosas cambiaron cuando el Gobierno intervino y transformó los propósitos del recinto para desinflar allí la peligrosidad. Una mafia interna había secuestrado a los funcionarios de la prisión para exigir la entrada de más reclusos, pues cada convicto representaba un montón de dinero a través del chantaje: las familias pagaban, desde afuera, por la vida de los suyos adentro.

Luis Miguel no olvida que de septiembre a noviembre de 2016, los presos que salían en libertad llegaban mutilados o con heridas de balas. Había que atenderlos con urgencia. «En un momento pensé que podía morir. Yo vengo de Caimanera, donde está enclavada la base naval de los Estados Unidos, donde existe una tensión lógica. Pero para mí los tiros impactando contra el CDI eran cosa nunca vista».

Este profesional de la salud, sin embargo, está transido de humanidad: «Sentía lástima por los reclusos, por ellos que estaban dentro, y por sus familias que estaban afuera, incluso por los demás pacientes que tenían temor de venir a atenderse aquí, no fuera que una bala perdida los alcanzara. Una vez llegué a estar ocho días sin salir del CDI (entonces los hombres hacían todo el trabajo mientras la mujeres los proveían de alimentos)».

Miladis Bombú Duporte, guantanamera de 48 años y también emergencista, reconoce que nadie se ha atrevido a dañar a los cubanos. Ni bandidos, ni víctimas, ni victimarios: «Siempre todos han dicho: ellos vienen aquí a ayudarnos».

Es que hay un espacio donde todos los seres humanos hablan el mismo lenguaje: es el espacio del amparo, de atenuar todas las fuerzas que nos recuerdan nuestra fragilidad física y social. De esa suerte común, y de la posibilidad del humanismo, saben muy bien revoluciones como la nuestra, y como la iniciada por Hugo Chávez.

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