Plebiscito con fondo de crisis

Nunca antes, tal vez, el sabor a colonia fue tan amargo y definido. Puerto Rico se declaró en quiebra mientras la Junta funge como un interventor enviado por la metrópoli, ante el cual el Congreso boricua y el gobernador pintan nada

Autor:

Marina Menéndez Quintero

El deseo de no ser más colonia. Esa podría ser la lectura general y final de la consulta que somete otra vez al voto de los puertorriqueños, hoy, el estatus de la Isla. En lo que parece no haber consenso es en el camino, la fórmula…

Como en las ocasiones anteriores (1967, 1993, 1998 y 2012), se trata de un plebiscito no vinculante que la Casa Blanca, de cierto modo, auspició en tiempos de Obama pero del que, al final, se ha desentendido. Ni llegaron los dos millones y medio de dólares con los que el exmandatario dijo en acta que se sufragaría la consulta, ni el Departamento de Justicia ha dado visto bueno conclusivo a la papeleta que se usará, remendada por el gobernador Ricardo Rosselló según los requerimientos de la instancia.

Por tanto, nada de lo que arroje esta votación será de obligatorio cumplimiento para Estados Unidos, que ha mantenido a Puerto Rico bajo la dudosa condición de Estado Libre Asociado (ELA) desde que se apropió de los destinos de la isla en 1898: un eufemismo, una mentira de la cual la mayor parte de los puertorriqueños parecen desengañados.

El ramalazo que ha acabado de quitar la venda de los ojos a esa porción de los boricuas es una crisis desencadenante de los mayores estragos económicos y sociales que haya vivido la isla con la «asociación», y la manera humillante en que el «socio» —EE. UU.— se ha zafado de ella.

El hueco cavado deja una deuda de más 70 mil millones de dólares que «pagan» el 45 por ciento de los ciudadanos en la pobreza, contraída por sucesivos gobernadores en San Juan bajo la mirada impasible de Washington desde que, en 2006, derogó la sección 936: una norma que estipulaba beneficios a las empresas que invirtieran en Puerto Rico. Aquellos vientos trajeron estas tempestades. La buena racha se fue, y 11 años después, Puerto Rico, que posee Congreso y gobernador pero cuyos destinos son regidos esencialmente desde Washington (¡y sin derecho al voto en las elecciones estadounidenses!) tiene que pagar la deuda al ritmo que le dicta la Junta de Control Fiscal, impuesta hace un año por la mismísima Casa Blanca.

Nunca antes, tal vez, el sabor a colonia fue tan amargo y definido. Puerto Rico se declaró en quiebra mientras la Junta funge como un interventor enviado por la metrópoli, ante el cual el Congreso boricua y el gobernador pintan nada. Y van y vienen recortes y ajustes.

En ese contexto tiene lugar la consulta empujada por Rosselló, líder del Partido Nuevo Progresista —histórico representante de la anexión—, con la confianza de que el plebiscito tenía el aval de Obama y el precedente de que en 2012, ya con el país en picada, el 54 por ciento de los votantes dijo No al ELA y, de ellos, el 61 por ciento marcó después a favor de la estadidad, es decir, ser otro Estado de la Unión (tener los mismos derechos, dicen ellos; no ser más los subordinados de la relación).

Solo esa opción y la Independencia figuraban originalmente en la papeleta. Pero después de la revisión, el Departamento de Justicia «opinó» que debía aparecer el ELA. Rosselló claudicó, y hoy son tres las variantes: Estadidad, Libre Asociación/Independencia (ambas en la misma casilla), y el consabido Actual Estatus Territorial. Si ganase la segunda opción, habría que volver a las urnas en octubre para más exacta definición.

Ceder a las imposiciones terminó de robarle a la consulta su poca credibilidad en variados sectores, que consideraron humillante postrarse a los dictados de Washington. Independentistas, defensores de lo que llaman un Estado Libre Asociado Mejorado (opción que no fue admitida) en el Partido Popular Democrático, candidatos independientes de las pasadas elecciones y otras organizaciones políticas y sociales de oposición se unieron, por vez primera, en el llamado Junte Soberanista, y llaman a la abstención. Por ende, cualquier resultado deberá contar a los que no voten.

En medio del hartazgo por una relación viciada que mantiene a los boricuas como ciudadanos de segunda en su tierra, una se pregunta hasta dónde le interesa a EE. UU., a estas alturas, sumarse esta estrella… Se recuerda entonces la reflexión del recién liberado Oscar López Rivera, hace unos días, y hablaba de una nación que combine prosperidad con libertad. Y una se pregunta: ¿Acaso la anexión sería una real descolonización?

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