Cataluña y las brasas del silencio

Para multiplicar el siniestro, cada noticia parece un combustible más fuerte que la anterior. Uno lee que el Tribunal Constitucional anuló la Ley del Referendo catalán —sostén práctico de la consulta soberanista que echó a pelear a todos los demonios ibéricos— y cree que eso tensa las cosas, pero luego se da cuenta de que ciertas detenciones tienen un potencial explosivo aun mayor

Autor:

Enrique Milanés León

Aunque el fuego asola bosques de Galicia y Asturias, en el oeste del Reino, el incendio más preocupante de España, el que chispea en las pupilas de un mundo asombrado frente a los noticieros, ocurre justo al otro lado, en el este. A estas alturas, nadie puede negar que en el terreno político, y salvando la atlántica distancia, la bella Cataluña está tan «en candela» como aquel áspero llano mexicano que, con palabras mejores, el maestro Juan Rulfo inmortalizó en un puñado de cuentos.

Para multiplicar el siniestro, cada noticia parece un combustible más fuerte que la anterior. Uno lee que el Tribunal Constitucional anuló la Ley del Referendo catalán —sostén práctico de la consulta soberanista que echó a pelear a todos los demonios ibéricos— y cree que eso tensa las cosas, pero luego se da cuenta de que ciertas detenciones tienen un potencial explosivo aun mayor.

Cualquiera entiende que la prisión para los presidentes de la Asamblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural, Jordi Sànchez y Jordi Cuixart, por promover las manifestaciones en Barcelona en septiembre, sobrecalienta una sociedad que lo que requiere es un refrescamiento de urgencia.

Las brasas se extienden rápidamente. Ubicado él mismo en el centro de mira de la Justicia, el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, encabezó con Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, una concentración de centenares de personas en rechazo al encarcelamiento de ambos líderes catalanes.

No fueron los únicos: la alcaldesa de Girona, Marta Madrenas, presentó en los juzgados de esa ciudad una denuncia contra el Estado español por ordenar la referida prisión. El asunto, por más que el Gobierno de Mariano Rajoy quiera mantenerlo en casa y que la Unión Europea desee estar al margen, rebosa las tertulias españolas.

La ANC convocó concentraciones en Berlín, Londres, Budapest y Bruselas como espacios externos donde protestar por el encierro de quienes la Justicia de Madrid considera violadores de la ley mientras los independentistas catalanes defienden como presos políticos en la excelsa Europa del siglo XXI.

Héroes y villanos a veces se trastocan. Josep Lluis Trapero, el mayor de los Mossos d’Esquadra —la Policía de la región—, también fue llamado a declarar y, tras librarse, de momento, de la prisión, a su regreso al trabajo fue ovacionado por centenares de oficiales, agentes y trabajadores.

Trapero, ahora privado de pasaporte y obligado a reportarse cada 15 días en un juzgado, condujo en agosto la gestión de su policía autonómica, que investigó con éxito, en solo cinco días, los atentados terroristas en Barcelona y Cambrils. Ese liderazgo destapó su popularidad y lo convirtió en otra figura de complejo manejo en el dilema.

Sobre el ídolo de entonces pesa ahora la sospecha de la sedición —se presume que su cuerpo se rehusó a ejercer la violencia tan «eficazmente» aplicada por la Policía y la Guardia Civil de Madrid para cerrar colegios el día del referendo— y la sombra de un probable encarcelamiento que echaría más leña a la pira social catalana.

Aunque parezca increíble, vencido el primer ultimátum de Rajoy a Puigdemont, este no solo no aclaró si el día 10 declaró la independencia catalana, sino que anticipó que el jueves 19 —límite del segundo plazo que definiría si La Moncloa activa el artículo 155 que limitaría las atribuciones del Gobierno regional y probablemente conduciría a elecciones autonómicas— le responderá lo mismo: dialoguemos.

Mientras el díscolo Puigdemont no se ajusta a los términos, el inefable Rajoy dice que no dialogará, de modo que ambos lideran no solo sus gobiernos, sino también el levante de un muro de incomunicación entre el castellano y el catalán increíble en la época de internet y la instantaneidad.

A la sombra de los fértiles silencios españoles —incluyamos en ellos, de momento, una lacónica provincia catalana— hay alguien que se pronuncia: la ira. Ambas partes se atrincheran y, a juzgar por la mirada atenta del Ejército, esto no es solo una metáfora.    

Más allá del complejo puzzle de los partidos políticos y sus proyecciones parlamentarias, Cataluña y España se calientan por otras vías. Los Comités de Defensa del Referendo (CDR) están prestos a tomar las calles no solo para defender la saga de la consulta; también para luchar por una República Catalana. Y decir república en España…

En fuego revuelto han asomado la cabeza partidos y grupos de extrema derecha como Falange Española, España 2000, Democracia Nacional, Vox y Hogar Social, sin dudas auténticos rivales para Barcelona y para Madrid.

Mientras el influyente mundo del capital se preocupa porque en 15 días se hayan marchado de Cataluña, espantadas por una palabra, casi 700 empresas, lo más terrible es que cada día, espoleado por el silencio, otro trozo de concordia emigre de España.

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