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Herencias

Al final de las misiones, las cosas de los colaboradores cubanos pasan de unas manos a otras como elocuente respaldo al relevo

Autor:

Enrique Milanés León

CARACAS.— La carátula lleva estampada una de las clásicas fotos de Fidel y Camilo. Al abrirla, salta a la vista una frase enigmática, escrita con la enrevesada letra de los periodistas: «El lago azul tiene reflejos». Nada más. Es la agenda de trabajo de la colega villaclareña Minoska Cadalso, que hallé en uno de los apartamentos de la urbanización de Fuerte Tiuna donde residen muchos colaboradores cubanos. Como aún tenía decenas de hojas libres y estaba, técnicamente, lista para adopción, desde entonces pasó a ser mi libreta de notas.

Si Venezuela es, como escribimos con toda corrección, un país bajo «el fuego» de la guerra no convencional del imperialismo y sus parásitos intestinales, los enviados especiales cubanos somos singulares corresponsales de guerra. Lo fue Minoska, por año y medio, y antes que ella y después de mí otros colegas reportaron o relatarán desde aquí las hazañas que en un frente muy peculiar protagonizan, junto al pueblo venezolano, doctores, enfermeros, educadores, entrenadores, ingenieros, técnicos, artistas, cuadros de dirección… de ambos sexos y variada procedencia.

En la guerra, como en el amor, los detalles deciden. Al cumplir las misiones, los colaboradores repiten el acto casi inadvertido con que a menudo fueron recibidos: el traspaso de bienes. Las cosas toman un significado especial y van de unas manos a otras como elocuente respaldo a la resistencia del relevo. Cual bélico filme real, lo más pequeño puede adquirir el valor de la lata de leche condensada en la trinchera lejana o del último cuarto del último cigarro en el reducto asediado de los tiradores. 

Un cubano que cumple su tarea deja a otro algo de comida en el refrigerador, el saldo que le queda en la tarjeta del estipendio, su línea telefónica para que intente, al menos intente, hacer llamadas locales —¡ay, San Etecsa que estás en otros cielos!—, contactos diversos y, lo más importante,  amigos. «¡Ayúdame a este!», pidió señalándome algún amigo mío a algún amigo suyo, antes de partir.

Así ando entonces, con la mochila que me dejó Javier, el pulóver que heredé de Naranjo, durmiendo en sábanas de Alina… pero no soy el único. Un colega calza las anchas zapatillas con que hizo la misión un amigo bayamés, y aunque nadie le cree que le queden bien… las luce con todo orgullo. Tiene todos los motivos para hacerlo: ellas han marcado miles de pasos, husmeando la solidaridad.

He sido testigo en estos meses de cómo una simple esponja de fregar ha pasado de un educador a una periodista, y de esta a su relevo y de este —que recibió desde Cuba una donación de los compañeros de trabajo: otra escuadra de élite en su misión— a un miembro de su equipo caraqueño. ¿Es que se cae Venezuela…? Al contrario: es que, en medio del acoso, tales actos la sostienen y levantan. Justo por ahí se comienza a salvar vidas.

Los ejemplos son infinitos. ¡Cuánta solidaridad se ha tejido al paso por aquí de más 238 000 cubanos de mano franca, en 15 años de colaboración! De historia en historia, los periodistas repasamos los hilos del afecto.

En el apartamento que ocupo hay una docena de libros sobre Cuba, Venezuela y sus cumbres morales compartidas. Todavía tienen la marca de insomnio de las pupilas de colegas que antes exploraron páginas ya marcadas por otros donde Fidel y Chávez dicen para siempre lo más hondo. Leyendo y viviendo para pintar en letras el paisaje de esta Revolución, uno se sabe dueño del gran «testamento» de la solidaridad.

Hace poco, un amigo de muchos regresó a La Habana. Por asunto de tallas, no pudo dejar a su relevo la bata blanca que otros le regalaron a él y, entonces, decidió llevarla entre los recuerdos de su misión. ¿Cuánto vale para él, que no lo es, esa bata de médico con que a menudo curó los espíritus con la infalible receta de la unidad? Venezuela siempre inspira batas blancas.

Un cepillo, un pantalón, un jarro, una receta casera para domar cierta harina rebelde, un consejo… cualquier cosa pasa a ser mucho más que una cosa. Es el motor de arranque de ese darse ilimitado que siempre acaba bien en cualquier país porque tiene en Cuba raíces naturales.

Andando Caracas con celeste agenda bajo el brazo, llego a pensar que tales abrazos de cubanos son el más brillante reflejo del lago azul que, en la orilla misma de mi misión, heredé entre las notas de Minoska Cadalso.

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