Las perlas de Margarita

Cristóbal Colón no tuvo suerte con los nombres: muchos de los que cambió fueron cambiados, pero en lo que no falló nunca el célebre hombre de las tres carabelas fue en ubicar la hermosura

Autor:

Enrique Milanés León

CARACAS.— A la bella Venezuela se le desprendió una joya. La Isla Margarita, tesoro «escondido» en el Caribe, a 40 kilómetros del litoral continental sudamericano, sugiere desde su nombre cuánto puede brindar: en 1498 Cristóbal Colón la llamó La Asunción, pero luego fue renombrada, según dicen, por la cantidad de perlas que, como flores, abrillantaban sus aguas. El resplandor aún le sobra.

Margarita: así, como sus abundantes perlas, comenzó a llamarse el trozo de maravilla que, antes de la llegada del Almirante de la Mar Océana, los aborígenes denominaban Paraguachoa, término que en su lengua originaria significa sitio donde abundan los peces. Porque, entre tantos caminos marinos, los peces no se equivocan. 

No más bajarse del ferry o el avión, los visitantes se agobian escogiendo en el menú de arena de más de 50 playas de intenso turquesa: La Caracola, Parguito, El Agua, Manzanillo, El Yaque y otras tantas donde turistas de disímil origen queman calorías haciendo bodyboard, windsurf, surf, snorkel, golf, buceo y cabalgatas con olas besando los ásperos cascos de los caballos. Ningún bloqueo puede nublarle la belleza a Venezuela.

Como un dúo metido en el agua o una isla en par de voces, sus dos partes se enlazan por el Parque Nacional Laguna de La Restinga, espejo de agua de mar tejido al fondo con raíces de manglares. Cuando falla la paleta rosada del atardecer, bandadas de flamencos enmiendan la falta, pero el cofre margariteño deja ver otros brochazos de la naturaleza como el desove de las tortugas y la paciente ceremonia pesquera de los alcatraces.

En el lado oriental, el más desarrollado, se ubican la capital La Asunción y la ciudad colonial de Pampatar, del siglo XVI, que en rápida máquina del tiempo se sumergen, entre fortines, castillos y peculiares iglesias, en escenarios góticos absolutamente inesperados en esta ubicación geográfica.

En Margarita todo queda en línea con el índice: una atractiva madeja de vistosas carreteras y caminos simples que a menudo se esconden bajo los árboles conducen a mercados de artesanías como el de Conejeros o a tiendas exclusivas que ciertos turistas pueden permitirse. Así como los puestos de venta, están a la mano las islas de Cubagua y Coche, la pintoresca punta Manzanillo y el archipiélago de Los Frailes.

La isla mueve sus pétalos entre el 8 y el 15 de septiembre, período de los festejos de la Virgen del Valle, patrona del lugar. Entonces se multiplican los habituales bailes, ventas gastronómicas y música. Otro hito de celebración se produce los 5 de mayo, a raíz de los Velorios de cruz de mayo, cuando ese símbolo de la fe se adorna con flores y papeles.

Margarita es, también, fina mesa en el mar. En su rica cocina, que no evade los platos internacionales, impresionan el corocoro, pescado típico margariteño, el pargo, el jurel, el sapo de piedra, el carite, la sardina, la carachana, el chipichipi y otras tentaciones del paladar preparadas allí con recetas de ancestros que legaron, también, unas líneas de cocina para los postres de dulces naturales hechos con coco, lechosa o piña.

Definitivamente, Cristóbal Colón no tuvo suerte con los nombres: muchos de los que cambió fueron cambiados. Su La Asunción, que antes había sido la Paraguachoa de los aborígenes, es desde hace tiempo esta Margarita, pero en lo que no falló nunca el célebre hombre de las tres carabelas fue en ubicar la hermosura. ¿Quién olvida lo que dijo de Cuba?

Además del paso de turistas del mundo entero, en esta isla venezolana se han asentado españoles, alemanes, italianos, libaneses, franceses, daneses, argentinos, uruguayos… y se puede ver en ella hasta a doctores cubanos enfrascados, en instalaciones médicas de las zonas urbanas, sin tiempo para el ocio, en la misión que asegura todos los disfrutes de la vida. Unos y otros, en pleno descanso o trabajando duro por la plenitud de la salud humana, ven allí, hasta donde deja el horizonte, las perlas que apenas intuyó el gran almirante.

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