Nikki Haley se va

Autor:

Leonel Nodal

Tanto arremetió la prepotente Embajadora de Estados Unidos contra la ONU, por inservible —o insumisa— a la política exterior de su jefe, el presidente Donald Trump, que al parecer se hartó y dio el portazo, antes de que sus fracasados intentos por guiarla a su antojo, terminaran por desnudar sus fracasos.

Nikki Haley corrió la suerte de un perro guardián de casa de ricos, antipático y odioso, que asusta, ladra pero no muerde, solo incomoda, incita al repudio y, por último a la burla, por su fiereza enjaulada.

A pesar del enorme peso e influencia de la mayor potencia económica y militar del mundo, la Embajadora sin pedigrí diplomático alguno llamó la atención en el escenario de Naciones Unidas por su elegante y caro vestuario, incongruente con su tono amenazante y su rudo lenguaje. En eso compitió con Trump.

Hija de inmigrantes de la India, aunque no de los llegados a Estados Unidos sin un céntimo, nacida en Carolina del Sur como Nimrata Nikki Randhawa, se valió de sus raíces para colorear su imagen, pero terminó seducida por la supremacía blanca, racista y xenófoba del ala más reaccionaria del Partido Republicano. Tras su matrimonio con Michael Haley, un veterano de Afganistán, adoptó el apellido del marido.

Licenciada en Contabilidad, se incorporó en 1994 a la empresa de su madre, Exotica International, una firma de ropa de lujo, que creció hasta convertirse en una compañía multimillonaria, según fuentes de prensa.

Fue la primera mujer que resultó electa gobernadora de Carolina del Sur, en 2011. Desde ese puesto compitió por la nominación presidencial y fue una aguda crítica de Trump, quien tras su victoria la reclutó para que fuera su punta de lanza en el máximo órgano internacional.

En la ONU, Haley se distinguió por presionar por una línea dura contra Corea del Norte, Irán, Venezuela y Nicaragua. También fue una furiosa abogada de las sanciones preconizadas por Trump contra Rusia y Siria. Se hizo eco de los severos ataques contra la ONU. Justificó los recortes de asistencia internacional estadounidense, en particular a la Agencia encargada de proteger a los refugiados palestinos (UNRWA), en una clara armonía con Jared Kushner, el yerno y asesor judío-sionista del Presidente, de quien es íntima amiga.

Justificó el retiró de Estados Unidos del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, al que acusó de parcialidad con respecto a Washington e Israel. Al igual que su patrón, amenazó con retirar la ayuda financiera a los países que votaran a favor de la resolución presentada en la ONU que requirió a Washington revocar su decisión de trasladar su Embajada en Israel de Tel Aviv a Jerusalén. A pesar de exigir el voto en contra mediante abiertas presiones, 128 países desafiaron sus amenazas. Una vergonzosa derrota.

«Nos alzamos en defensa de Israel y comenzamos a retrotraer el implacable sesgo de la ONU en su contra», dijo     Nikki en su carta de renuncia, señalando ese hecho como uno de los mayores logros de su mandato.

Uno de sus más recientes dislates fue sumarse a una manifestación de extremistas opositores al Gobierno constitucional venezolano de Nicolás Maduro, en Nueva York, para megáfono en mano exhortarlos a su derrocamiento, un acto calificado de inusual e impropio para una diplomática en la ONU.

Aunque su salida fue orquestada como una amigable separación del equipo de Trump, el analista Jason Ditz opina que en abril se rompió el contubernio, al ser ridiculizada por un desmentido de fuentes de la Casa Blanca.

En abril de este año, Haley anunció una ronda de sanciones contra Rusia, por su actuación en Siria, señaló Ditz en Antiwar. Las sanciones no se impusieron y los funcionarios sugirieron que se confundió, lo que la llevó a responder: «yo no me confundo».

Existen otros motivos. Según se informa, Haley acumula una deuda personal de un millón de dólares, resultado de una controversial cadena de operaciones comerciales de su marido y otros familiares, según reveló en un detallado informe este miércoles The Post and Courier.

La renuncia también se produjo el mismo día en que un grupo de vigilancia del Gobierno pidió una investigación para determinar si Haley violó las regulaciones de ética federales, al aceptar vuelos en aviones privados de un grupo de amigos empresarios de Carolina del Sur, de acuerdo con una investigación publicada en The Hill.

Estoy cansada, dijo en el súbito anuncio de su renuncia.  Haley se apresuró a negar que tuviera intenciones de aspirar a la presidencia y confió que desea volver al ámbito de la inversión privada. «Es muy importante que los funcionarios entiendan cuándo es momento de retirarse. He dado todo estos últimos ocho años y creo que a veces es bueno rotar», dijo.

¡Ah, bueno! Dos años en la ONU como tropa de choque de Trump deben ser agotadores. Llegó la hora de pasar factura a los beneficiarios de su gestión. Y en eso, sin lugar a dudas, los primeros son Israel y el influyente lobby judío-sionista de Washington y Nueva York, dominante en la banca y el sector financiero, con vital influencia y nexos en el complejo militar-industrial, así como en poderosas transnacionales petroleras.

Nikki dijo que apoyará la reelección de Trump. Después se verá. Tal vez los próximos seis años le permitan acumular el capital suficiente para pagar deudas y entrar en la costosa carrera por la Casa Blanca en 2024. Hasta entonces hay tiempo para decidir si vale la pena. El destino final de Trump será una buena señal.

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