Dicho en el alma

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Por donde lo abras, el equipaje poético de Cintio Vitier siempre te devolverá una imagen de su padre, Medardo. Una vez le pregunté al autor de Ese sol del mundo moral cómo encontró a Martí, y él, acariciando la mesa que construyó su abuelo, en la que escribe y redime todos los recuerdos, contestó: «Con mi maestro: mi padre».

El jueves, en la casona donde vivió el Ismaelillo y que hoy es la sede del Centro de Estudios Martianos, Cintio celebró discretamente, en una «conversación evocadora» con un grupo de amigos, el cumpleaños 120 del filósofo Medardo Vitier, uno de los más importantes educadores y ensayistas de su época, presidente del Grupo Minorista en Matanzas, autor de un libro ineludible, Las Ideas en Cuba, y del primer volumen que se publicara en la Isla dedicado íntegramente al Apóstol (1911). Fue, además, quien inscribió por primera vez el apellido Vitier en la tradición cultural cubana, que ya va por cuatro generaciones de brillantes escritores y músicos, entre ellos un joven que se ha revelado también como pintor «con un mundo, un trasmundo, personalísimo», como ha apuntado un crítico.

«Las Ideas en Cuba solo tuvieron un sentido: llegar a Martí», dijo Cintio, quien fuera desde los 12 años el mecanógrafo de su padre: «Me permitió conocer toda su obra por dentro. Ya se sabe que cuando uno copia los textos, los siente mejor», y recordó que más o menos a esa edad Medardo era pesador de caña en el antiguo central Merceditas, en Santa Clara, y que el joven campesino pasó de estudiante a maestro en el liceo donde estudió con gran esfuerzo de su familia. Severo Vitier, el padre de Medardo, era de oficio carpintero, cazador de venados y hombre de creencias religiosas profundas. Cintio nunca olvidó la historia que su abuelo le contara con «absoluta sencillez»: una noche mientras cabalgaba por un sendero de Las Villas, su caballo se crispó de pronto y frenó en seco. Frente a él cruzaron interminablemente «todos los animales de la Creación».

A Cristina Bolaños, la madre de Cintio, Medardo la conoció en Matanzas. Ella era su alumna en el colegio Irene Tolan. Él le dedicó algunas de las más bellas cartas de amor que Cintio conoce, en las que descubrió que su padre, además de pedagogo y filósofo, era un poeta. «Imagínense la carta de un novio cuyo tema principal es el silencio… Mi madre tenía los ojos más bellos que he visto. Después que leí a Juan Clemente Zenea descubrí que ella tenía los ojos de Adah Menken, la gran actriz norteamericana», y Fina García Marruz, Premio Nacional de Literatura como su esposo Cintio, complementa la evocación con los versos de Zenea que sabe de memoria: «Del verde de las alas en reposo / el verde puro de sus ojos era, / cuando tiñe su manta el bosque hojoso / con sombras de esmeralda en la ribera».

Medardo estudiaba obsesivamente, para espantar el tiempo que se le echaba encima, y porque, como dijo Guimaraes Rosa y recordó Fina, «maestro no es el que siempre enseña, sino el que de pronto aprende». Era genial, y lo era también en la condición doméstica. Fina recordó al humorista, al músico intuitivo y contó que cierta vez se aparecieron en la casa varios estudiantes, que abrumaban a Medardo con sus discursos y reclamos, sin llegar a nada concreto: «Perdone, maestro, que le hagamos perder su tiempo…», se disculpó uno de los muchachos, como si ser estudiante fuera un mérito en sí mismo. El viejo Vitier, que los había escuchado con paciencia, respondió: «Mire, joven, yo creo que aquí el único estudiante soy yo».

La «conversación evocadora» dedicada a Medardo Vitier en el Centro de Estudios Martianos, que sentí como una delicada e intensa celebración anticipada del Día de los Padres, terminó con palabras de Fina: «Vitier era la serenidad, el equilibrio de todos su dones. Era fiel a la frase martiana ‘concretar para vigorizar’. Él fue lo que le pidió Martí a su hijo en aquella carta tan conocida: ‘sé justo’. Medardo fue exactamente eso: un hombre justo».

Pero todo comenzó en el Centro de Estudios Martianos el jueves, cuando Cintio leyó, emocionándonos, un poema que escribiera para su padre en abril de 1962:

Dicho en el almaQuerido pesador de caña,querido filósofo,hijo del cazador de venados,del carpintero que hizo la mesadonde escribo,del lector de la Bibliaque una tarde, en un sendero de Las Villas,vio todos los animales de la Creación;hijo de Luz, de Varela, de Varona,querido niño estudioso,querido orador,amado anciano y maestro,poeta, padre mío, suave estoico,espíritu radiante,no me abandones.

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