Esquizofrenia anexionista

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

La pregunta del periodista al procónsul fue obvia: Si el Programa de EE.UU. para la «transición en Cuba» no es un acuerdo entre los dos países, ¿qué le hace pensar que ese informe tendrá el apoyo del pueblo de la Isla? Caleb McCarry, un republicano de Plainfield (Massachusetts) que no debe haber visto una palma en su vida, tropezó al responder, pero siguió andando con su sarta de lugares comunes sobre la democracia, la ayuda humanitaria que vendría después de una debacle y, a fin de cuentas, el desprecio absoluto a los cubanos, que es en verdad el hilo que hilvana palabra tras palabra en este nuevo informe.

Me recordó este hombre al subsecretario de Guerra del presidente William McKinley, un tal J. C. Breckenridge, quien en 1898, mientras el gobierno y la prensa norteamericana se deshacían en argumentos humanitarios para entrometerse en la guerra de independencia de Cuba, ya virtualmente ganada a los españoles, ajustaba en secreto los lineamientos estratégicos de la intervención:

«Cuba (…) tiene una población mayor que Puerto Rico. Esta consiste de blancos, negros y asiáticos y sus mezclas. Los habitantes son generalmente indolentes y apáticos. Claro está que la anexión inmediata a nuestra Federación de elementos tan perturbadores en tan gran número, sería una locura, y antes de plantearlo debemos sanear ese país, aunque sea aplicando el medio que la Divina Providencia aplicó a las ciudades de Sodoma y Gomorra… Habrá que destruir cuanto alcancen nuestros cañones, con el hierro y el fuego; habrá que extremar el bloqueo para que el hambre y la peste, su constante compañera, diezmen su población pacífica y mermen su ejército; y el ejército aliado (se refiere al Ejército Libertador cubano) habrá de emplearse constantemente en exploraciones y vanguardias, para que sufran indeclinablemente el peso de la guerra entre dos fuegos, y a ellos se encomendarán precisamente todas las expediciones peligrosas y desesperadas».*

¿Dirá algo parecido la parte no divulgada de este informe para la «transición», que discutió en secreto la semana pasada el Consejo de Seguridad Nacional en pleno? ¿Qué ocurre cuando esa desinformación o información sesgada alcanza a gran parte de todo un país?

Pues que viven en el limbo, y eso tarde o temprano se paga, y entonces no lo sufragan solo los engañados. Lo pagamos todos.

Como se sabe, no solo sobre Cuba se le miente a ese país. El actual gobierno de Bush ha mentido a sus ciudadanos en torno a cobertura médica, educación, medio ambiente, los recortes de impuestos y los planes de salud para los jubilados. Pero eso puede el pueblo llegar a descubrirlo, en cuanto los resultados le toquen el bolsillo. Sin embargo, ¿qué será necesario para que una gran mayoría de estadounidenses se entere de lo que su Administración concilia contra otros países, y de por qué se la aprecia tan poco en buena parte del mundo?

Un interesante artículo de Robert F. Kennedy (hijo mayor del hermano del asesinado presidente John Kennedy), publicado en la revista Vanity Fair, proporciona abundantes pistas acerca de la forma en que los votantes del presidente Bush, hijo, han sido y están siendo engañados. Según un estudio —dice Robert Jr.— más de un 80 por ciento de los votantes de Bush cree que el resto del mundo ha mejorado sus sentimientos respecto a EE.UU. gracias a la invasión de Iraq, y también piensa que tal guerra cuenta con el apoyo del mundo islámico. La mayoría de los partidarios de Bush creen que su jefe está contribuyendo a los acuerdos de Kyoto contra el calentamiento global, y eso les encanta.

¿Qué ocurre? El mismo Kennedy, hijo, lo explica a renglón seguido. Según una investigación de Nielsen Media, la cadena por cable que todos ven es la Fox, seguida por la CNBC y la MSNBC. Sin contar conque una abrumadora cantidad de personas obtiene sus noticias a través de las redes de canales de radio de extrema derecha, plagados de tertulias cuyos héroes suelen ser gente como Oliver North (el socio de Luis Posada Carriles que fue condenado por la operación Irán-Contra) y otros radicales del pensamiento conservador a ultranza. Existe, además, un laboratorio creador de noticias que se reúne cada miércoles bajo los auspicios de una poderosa organización que se dedica a boicotear las leyes federales que coartan sus negocios. En estas reuniones, unos 120 participantes, «incluyendo lobbystas de la industria y representantes de medios tan conservadores como The Washington Times», deciden los lemas que se lanzarán, las personas que se apoyarán y las reputaciones que serán despedazadas.

El gobierno obedece a las empresas y a los grupos ultraconservadores que votan por los republicanos —entre estos, el lobby de los cubanos de Miami—, aunque tengan que torcerle cotidianamente el cuello a la verdad. El sentido común se ha ido a bolina. Solo eso explica el por qué se presenta un infame programa en el que un gobierno extranjero y hostil habla por un pueblo al que ha bloqueado y hostigado durante más de 40 años, y por qué parece ser tragado como si nada por la opinión pública norteamericana y el traspatio europeo, donde se amplifica la obscena guapería del procónsul sin someterla, aunque sea ligeramente, al tamiz de la duda.

Y el hecho es que el gobierno norteamericano, además de ir contra toda moderación, ni siquiera es original. Cuando Caleb McCarry dijo este lunes que se destinarán 80 millones de dólares a la «humanitaria» tarea de financiar a los que promueven la «democracia» en Cuba —es decir, más dinero para los mercenarios—, solo reactualiza las palabras de aquel subsecretario de Guerra de McKinley que soñaba con arrasar a Cuba como a Sodoma y Gomorra: «Nuestra política debe ser siempre apoyar al más débil contra el más fuerte, hasta que hayamos obtenido el exterminio de ambos a fin de anexarnos a la Perla de las Antillas».*

Estoy segura de que si nos despreciaran menos, si no viajaran blindados por el pánico a la gente y tuvieran el valor de acercarse para que los seres humanos comunes les dieran sus opiniones, el Presidente de Estados Unidos, la Secretaria de Estado y el procónsul oriundo del condado desconocido de Plainfield se sorprenderían de saber cómo piensa el cubano y cualquier otro habitante de la Tierra con un mínimo de decencia. A la pregunta de por qué es inaceptable el plan diseñado por la Casa Blanca para Cuba, escucharían, por ejemplo, argumentos como el que escribió el Mayor General de la Independencia cubana, Máximo Gómez Báez, en su Diario, el 8 de enero de 1899, en plena —y dolorosamente vivida— intervención norteamericana: «Nada más racional y justo que el dueño de la casa sea el mismo que la va a vivir con su familia, el que la adorne y la amueble a su satisfacción y gusto, y no que se vea obligado a seguir, contra su voluntad y gusto, las imposiciones del vecino».

*Las citas de J. C. Breckenridge están tomadas de Documentos para la Historia de Cuba, de Hortensia Pichardo. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1971. Tomo I, pp. 511-514.

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