Extramarcianos

Autor:

Luis Luque Álvarez

Acabo de apagar el televisor. Otra película sobre extraterrestres, sobre unos individuos que aterrizaron en medio de la noche en una autopista norteamericana, y provocaron que un chofer saliera de la vía hacia una cuneta. Aún medio inconscientes él, su esposa y su hijo, los extraños visitantes se los llevaron al interior de la nave e hicieron unos cuantos experimentos con ellos.

La cantaleta se repite en la pantalla grande de vez en cuando.

Otra vez los ciudadanos de un mundo misterioso nos visitan. Casualmente, todos son verdes de piel, negros y enormes sus ojos, y la cabeza, por forma y volumen, semeja una calabaza. Por supuesto que todos —excepto aquel ET de buen corazón, que nos regaló Spielberg— tienen unos enormes deseos de hacerle daño a la raza humana, para conquistar la tierra y armar aquí una sucursal del planeta ÑPTR-KK-18, de donde vendrían en son de juerga cuando se les antoje.

En ocasiones, incluso apasionados en estos temas van a la televisión a hablarnos de extraterrestres con la mayor certeza del mundo. Y aportan datos, fechas, hechos inexplicables, que si una intermitente y misteriosa luz sobre una montaña —tal vez un pobrecito quinqué de algún excursionista—, que si unos campos de cultivo segados en modo extraño, que si un campesino se tragó el tabaco del susto, cuando su vaca fue absorbida hacia el interior de un platillo, etcétera.

También las hipótesis cobran notoriedad universal cuando se especula acerca de los dibujos de Nazca, en el Perú, o sobre las ruinas de Stonehenge, en Inglaterra. Incluso las mismísimas pirámides de Gizeh no escapan a la euforia, y hasta algunos quieren adivinar la figura de un cosmonauta en un bajorrelieve de uno de estos monumentos funerarios.

Quizá un día hasta tengamos noticia de que la Esfinge era una base de comunicaciones de los hombrecitos verdes —¿dije «hombrecitos»?— y de que Ramsés II era simplemente el jefe de personal allí.

En este caso, me pregunto qué sentido de las reales capacidades de nuestra especie tienen quienes suscriben tales ideas. Según ellos, el ser humano es tan poca cosa, que es imposible que 30 siglos atrás haya podido levantar tan majestuosas obras. Sin embargo, el hecho de que no alcancemos a conocer todos y cada uno de los medios y métodos de que se valieron los antiguos, no vale para desacreditarlos. Si no tengo todas las evidencias, ¿de qué me valgo para negar tan contundentemente lo demás?

Y ya que hablamos de pruebas, volvamos a nuestros ETés. Ciertamente, no se puede rechazar rotundamente su existencia. El universo es tan vasto y desconocido, que cada cual es libre de pensar lo que le plazca. No obstante, al menos en nuestro «barrio», el sistema solar, la distancia entre un planeta y otro es abismal, y casi imposible de cruzar físicamente en un período razonable.

Entonces, ¿vamos a dar crédito a esos «encuentros» tan fugaces, que no les han dado tiempo a los visitantes a sentarse a beber una cerveza con ninguno de nuestros semejantes y a entregarle en toda regla sus cartas de presentación? ¿Venir tan lejos para tan poco?

Por eso, me causa tan escaso impacto toda «noticia» sobre maquiavélicos tipos que «fueron avistados» cerca de tal localidad rural. Hasta hoy, disfruto del titilar de las estrellas teniendo muy poco cuidado de que marcianos, extraterrestres o comoquiera que se les llame, me estén espiando maliciosamente.

Mejor me cuido de otros, de los extramarcianos. Esos que siempre tratan de «darles la mala» a los de su misma especie, y que emplean sus artes e ingenio lo mismo para tumbarle en el peso o el precio a un comprador, que —en otras esferas más influyentes— crear medios de destrucción inimaginables para borrar ciudades enteras del mapa, lo mismo en Japón que en Iraq.

Y los extramarcianos, amigo, no descienden de platillos voladores.

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