Un gigante en la familia

Autor:

Juventud Rebelde

Cuando la paz se enseñorea al final de un día lleno de apuros y cansancios, me quedo tranquila en la oscuridad, sobre la almohada, víctima de un insomnio típico de la recta final de mi embarazo. Así viene sucediendo hace ya no sé cuántas noches. Y acostumbrada a quedarme con los ojos abiertos donde nadie me ve, me pregunto en mis más recientes batallas por espantar la vigilia, cómo estará Fidel.

«Qué hace; cómo han transcurrido sus horas; cómo se siente…», indago sin respuestas, porque mi imaginación no alcanza a traspasar las inevitables y sabias barreras impuestas por un secreto de Estado que él mismo anunció y que no desgaja, como quisiéramos, frecuentes noticias.

Confieso que es difícil vivir esa sensación de que ni siquiera imaginarse los espacios y los sucesos lleve a descifrar alguna incógnita. Porque a millones de cubanos nos pasa con Fidel lo que con un familiar entrañable: sentimos que es parte consustancial de nuestros destinos, todo lo de él nos interesa y preocupa, y hasta solemos hablar de él como si de vez en cuando nos hiciera la visita a la casa.

Solo hace falta reparar en las expresiones de quienes lo queremos cuando el líder de la Revolución comparece públicamente, para entender lo que digo. Nosotros, con cariño y naturalidad pasmosa, comentamos según las circunstancias: «Está más delgado», o «está más repuesto», o «ha dormido poco», o «está fresquito como una lechuga», o «tiene un monte de cabellos», o «pasó hace muy poco por las manos del barbero…».

Es una relación por cuenta de la cual más de un coterráneo se siente en todo el derecho de afirmar cuando Fidel sube a tonos altos y emotivos en el hilo de su discurso, cuando suelta las palabras con todo su cuerpo y levanta los talones del suelo para dejarlos caer enérgicamente, que «ya se encabronó…», en simpática alusión al momento en que, como ha dicho Gabriel García Márquez, el Comandante salta y de un zarpazo rapta la atención y la sensibilidad de quienes le escuchan, o empieza a denunciar al enemigo de siempre, ese que no se le despinta ni un átomo y le resulta todo el tiempo previsible.

Cuando transcurren los días y Fidel no aparece, como si él fuera un pariente que debe darnos cuenta de sus actos, comentamos en alguna sobremesa de familia: «¿En qué andará, qué le absorbe tanto que no se le ve?», porque sabemos que para él el tiempo es oro, y que siempre está haciendo algo por el ser humano. Si llega a algún otro lugar del mundo, nos alegra que lo traten bien y nos enorgullece que lo admiren. Finalmente, en una enumeración que podría ser muy larga, podemos decir que, cuando podemos verlo, nuestros estados anímicos van a la par del suyo: su risa desatada, esa que le hace mover los hombros en un gesto tan particular, nos contagia, y así podemos transitar con él por el enojo, la preocupación o el bienestar.

Para quienes hemos tenido el privilegio de verlo más de una vez bien cerca, esa sensación de familia se acrecienta. Vamos guardando cada anécdota, las huellas de cada encuentro con cierto orgullo íntimo. Hay imágenes y expresiones que no se nos olvidan jamás, y que narramos a nuestros seres cercanos con el mismo sobrecogimiento con que fueron vividas.

Recordaré siempre, por ejemplo, que en una tarde calurosa, inmersa en un enjambre de colegas ansiosos, quedé frente por frente a Fidel con mi grabadora en la mano y no sé en qué instante ni por qué, sufrí un desmayo repentino por el cual, al regresar a este mundo, casi tenía la convicción de que mi carrera había fracasado. Los hermanos de oficio, los que me apoyaron, cuentan que el Comandante comentó en su habitual sensibilidad, quizá evitando comentarios inoportunos, que ese desvanecimiento podía sucederle a cualquiera, que incluso a él le había sucedido. A la mañana siguiente, sé que preguntó por mi estado de salud.

La última vez que pude mirarlo a solo metros y conversar con él fue en la provincia de Pinar del Río. Otra vez el oficio y la designación de mis jefes editoriales habían propiciado el encuentro al cual yo iba para compartir datos de una entrevista recién realizada, los cuales resultaban entonces de gran valor.

De todo cuanto recuerdo, hay un detalle asombroso: la blanquísima taza de la cual Fidel sorbía un poco de café tenía una grieta leve, visible, que se había vuelto oscura por la pátina del tiempo. Resultó demoledora aquella visión de un hombre extraordinario bebiendo felizmente de aquel recipiente notablemente usado. Esa era la revelación de la sencillez y la grandeza, del desprendimiento por las cosas excesivamente terrenales. Yo lo miré todo: las charreteras, los puños verdes y planchados del uniforme, los cabellos, las manos…, pero aquella tacita fue más fuerte que todo y parecía querer recordarme que toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz.

De un hombre así, asumido como parte consustancial de nuestra suerte, es muy difícil desentenderse y no pensarlo, en un momento como este, todos los días.

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