Una máquina del tiempo para Israel

Autor:

Luis Luque Álvarez

«Después de la guerra, la situación será completamente diferente a como era anteriormente», sentenció el primer ministro israelí Ehud Olmert en los primeros días de agresión contra el Líbano.

La vida le ha dado la razón. Hay cambios. Más bien, sismos. Solo que no muy favorables para el establishment israelí, entonces convencido de que se trataría de un paseo: cruzar la frontera, darle tres bofetadas a Hizbolá y regresar por la tarde a casa.

Pero Hizbolá sigue en pie. En este instante, proporciona ayuda material a las familias que perdieron sus viviendas. Sus militantes permanecen en esa zona, no se han desarmado, ni el ejército libanés los ha confrontado, ni han entregado a los soldados israelíes capturados el 12 de julio, y su prestigio ha crecido.

Ello, por supuesto, tiene consecuencias en el Estado sionista, donde hay un shock nacional por los 154 fallecidos —117 de ellos militares— y los 3 970 cohetes caídos en 50 localidades israelitas, pésimo resultado para un país acostumbrado a las victorias bélicas.

En el centro de la diana, están las cabezas de Olmert, del ministro de Defensa Amir Peretz, y del jefe de Estado Mayor, general Dan Halutz. Porque, de alguna manera, todos han introducido el «delicado».

Los testimonios de los soldados hebreos asombran. Un oficial explicó que los mapas donde figuraban hipotéticos escondites de armas de Hizbolá, eran de 2002 y estaban caducos. Los tanquistas adujeron el escaso tiempo para entrenarse, por lo que muchos de sus vehículos quedaron reducidos a chatarra frente a los proyectiles enemigos. Otros, arguyeron que se les había enviado a combatir sin reservas de agua y que debieron aplacar la sed con las cantimploras perdidas por los guerrilleros. O que determinados equipamientos estaban en pésimas condiciones…

Luego el diario israelí Haaretz se pregunta para qué mameyes el Estado dedica 11 000 millones de dólares anuales como presupuesto de Defensa.

Y mientras estas peripecias sucedían en el teatro de operaciones, ¿en qué se entretenían los jerarcas?

Ninguno estaba en nada bueno. El vivaracho general Halutz se apuró a vender acciones por valor de 30 000 dólares, inmediatamente después de la captura de los dos soldados israelíes, temeroso de un desplome bursátil que, en efecto, ocurrió durante los dos primeros días de la agresión.

Con dos subordinados en poder del enemigo, no es muy ético andar jugando a hacer dinero, por lo que esto ha caído como un cubo de agua fría, con trozos de hielo incluidos.

¿Y qué hay de Olmert y de Peretz? El primero deberá dar cuentas de la compra ilegal de un apartamento en Jerusalén. Con el eco de la no-victoria, el pronóstico de los expertos es claro: no durará en el cargo más allá del verano.

Del segundo, pobre caricatura de lo que fue un sindicalista que luchaba por los derechos de los pobres y las minorías, solo quedará un amargo recuerdo y un nulo futuro como alternativa política. Lo último que ha dicho es que nadie lo alertó sobre los misiles de Hizbolá. ¿No sabías nada, Peretz? Entonces, ¿te queda algo que decir como ministro?

En este momento, algo del «cariño» de los israelíes por quienes metieron al país en guerra, lo dio una encuesta del diario Maariv: si al inicio las simpatías hacia el gobierno rondaban el 78 por ciento, ahora están en 40 puntos.

Decepción a pulso, señores halcones. Apuesto a que les encantaría montarse en la máquina del tiempo e ir atrás…

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