Comienza campeonato nacional de fútbol

Autor:

Juventud Rebelde

Nuestros niños necesitan más contacto con el balón para triunfar. Foto: Franklin Reyes Mucho me temo que, una vez más, la fiebre del Mundial de Fútbol pasó sin dejarnos su secuela saludable. Esa secuela propiciatoria de constantes vallitas callejeras, y muchachos corriendo detrás de una pelota, y alaridos de «goool», y pura fiesta.

Es una historia lamentable, pero que ya, por repetida, nos suena familiar. Cada vez que se arrima la Copa, comenzamos a hablar de aprovechar su tránsito para que el fútbol se perpetue en nuestras calles. Sin embargo, no bien finaliza el torneo, se apaga el entusiasmo. ¿Será que, a contrapelo del planeta, Cuba es el único país donde el fútbol no «engancha» a la gente?

¿Será que estamos hechos para las emociones del jonrón, y desdeñamos —por algún enigmático motivo— la gracia de los goles?

Yo aseguro que no. Responder afirmativamente a esas preguntas, implicaría creernos seres de otra galaxia, ajenos a un espectáculo tan maravilloso como la poesía de Lorca y los crepúsculos.

Entonces, ¿por qué siempre se nos «quita» la fiebre? Explicaciones puede haber muchísimas, pero la mía apunta hacia los medios de comunicación y las autoridades deportivas. Dicho en pocas palabras: hace falta mayor difusión; urgen balones.

Si queremos recoger una cosecha, primero hay que sembrar. A través de la televisión, la radio y los periódicos, resulta imprescindible, por ejemplo, que los niños se familiaricen con el juego del Barza, participen de un regate de Robben y conozcan las interioridades de la Premier League.

Hay esfuerzos en ese sentido, pero falta. No es suficiente con el solitario programa de mi amigo Reinier, ni con los limitados espacios que se agencian —a veces contra el escepticismo de sus jefes— los especialistas de diarios y radioemisoras. Léase bien: no propongo que nos repugnemos de fútbol. Casi todo en la vida lleva una medida, y esta no es la excepción. Solo clamo por una cruzada mediática que respete el derecho informativo de los otros deportes, pero exija un nuevo y justo modo de asimilar el suyo. Su propio, contundente y lógico derecho.

Por supuesto, de nada vale dicha divulgación sin el debido respaldo material. Esto es, se requieren millares de balones rodando por solares, parques y aun inhóspitos potreros. Detrás de esas pelotas, como locos, irán varios millares de niños, y entre ellos saldrán las estrellas de mañana.

Sé que la Industria Deportiva no carece de carencias. Sé, también, de los sueños bonitos que los directivos del INDER tienen que postergar por razones estrictamente financieras. Mas, no obstante, sigo pensando que podemos producir un grupo de balones asequibles al bolsillo del cubano común, y que el momento de mandarlos a las calles es precisamente este, cuando empieza un nuevo campeonato nacional y la fiebre todavía no se ha ido por completo.

¿Qué soluciones no encontrará un país obligado a inventar alternativas durante más de cuatro décadas? Por favor, hacen falta balones. No importa si de goma, si disponen de un pésimo bote o si son feos. Simplemente, balones.

Basta ya del absurdo prejuicio que nos hizo acumular tantos años de atraso futbolístico. Por eso, porque algunos lo vieron con ojos suspicaces, faltó el apoyo imprescindible para desarrollar este deporte, y por eso nos quedamos a la zaga.

De momento —qué lástima— somos potencia universal en muchas disciplinas, pero aún no lo somos en la más universal.

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