Tácticas y estrategias

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Hay que decir que no siempre el optimismo es mejor que el pesimismo, ni más constructivo, ni más eficaz. Si un ser humano está desarmado en medio de la selva con un león delante, es preferible ser escéptico frente al porvenir inmediato, que irrazonablemente optimista: es más probable que el león se coma al panglossiano que cree en la bondad innata de los leones africanos, que al pesimista que desde el primer instante buscará la forma de escapar.

En el momento que atravesamos sería una locura abandonarse a la idea trivial —y hasta ahora desmentida por la experiencia— de que el mundo superará buenamente la crisis y saldrá adelante. Si vamos a juzgar a la humanidad por lo que ha hecho hasta hoy, coincidiremos en que ha dado más pruebas de locura que de cordura. Hay más pruebas de que pueblos y hasta civilizaciones no salieron adelante, que de todo lo contrario.

Es cierto que los nazis, con sus casi perfectas cámaras de gas, convertían en humo a decenas de personas mientras les hacían escuchar música clásica, y después de Nuremberg pareció que la humanidad había sido capaz de despojarse de esos bárbaros acontecimientos. Pero el sadismo minucioso y no menos «científico» de los misiles inteligentes que revientan sobre mercados y escuelas en Iraq o en el Líbano, y los centros clandestinos de torturas, compiten en atrocidad con los inventos de los fascistas alemanes.

En lo que respecta a África y al resto de las regiones más empobrecidas de este mundo se destaca una apatía que roza la trivialidad. Es tan cotidiano el aluvión de cifras desgraciadas del Tercer Mundo, hemos visto tantas caras famélicas —que parecen las mismas— sobre las que se posan iguales moscas, se han despersonalizado tanto el hambre y el desamparo de la gente, que es rarísimo encontrar quien verdaderamente haga algo contra la desigualdad, ese enorme desorden moral de nuestra época. Todo parece indicar que las fuerzas de destrucción que sostienen este estado de cosas son de tipo planetario, por su alcance y su poder, e infinitamente más poderosas que la voluntad de los hombres que las enfrentan.

¿Por qué será que nos resulta tan poco sorprendente la desidia de los poderosos ante la amenazante degradación de buena parte del planeta y la miseria de la mayoría de quienes lo pueblan? ¿Dejaremos que los pesimistas acierten siempre más que los optimistas, y que el león se coma definitivamente al hombre? ¿Tendremos que aceptar la irreversible destrucción de Troya?

Parece que sí, de acuerdo con la retórica de muchos organismos internacionales y de los gobiernos del Primer Mundo, que ni siquiera han podido —o querido— reparar mínimamente los desastres que ellos mismos provocaron en sus antiguas colonias. Y sin embargo, hay ejemplos de otro antiguo mito griego en que fijarse, para no caer en la desolada inacción. Ulises, que no cejó en su empeño de regresar a Ítaca, a pesar de las penalidades del viaje, de alcanzar el lugar en donde se encontraban su paz y su integridad: es decir, no cejó de luchar por su sueño. Y Penélope, que cada noche destejió, sin desanimarse, la tela que fabricaba para engañar a los enemigos del sueño.

Paralela al pesimismo y al escepticismo, en contra de las fuerzas que nos recuerdan a Troya, la Penélope del sentido común ha surgido para ejercer presión internacional. Una reunión de más de 50 jefes de Estado que pasen por encima de sus diferencias y quizá lleguen a acuerdos en torno a estas realidades, parece un imposible, pero no desanima a los buscadores de Ítaca. El encuentro ya ha comenzado en La Habana y todo indica que se «cerrarán filas en defensa de nuestros derechos», como dijo ayer el canciller cubano Felipe Pérez Roque.

En el momento en que escribo esta nota, en una ajetreada y técnicamente perfecta sala de prensa, los rumores que llegan y el tableteo que agita las máquinas de centenares de periodistas solo hablan de una cosa: la voluntad de tantos países de reunirse en torno a este llamado a la responsabilidad que es la XIV reunión de los No Alineados. «Pesimistas tácticos y optimistas estratégicos», dijo alguna vez Fidel. Por ahí anda la Cumbre.

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