Fresa agria

Autor:

José Aurelio Paz

Dijo Antonio Machado una verdad del tamaño del mundo: «De cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa». Y es que la modernidad ha llegado al planeta vestida de la violencia más absurda.

Y no hablo ya de los grandes actos terroristas que azotan la cordura humana. Me refiero a esas pequeñas actitudes cotidianas que, en lugar de convocarnos a la búsqueda común de respuestas a los problemas también comunes, nos convierten en animales disparados, siempre listos a dar coces.

La tradición establece, como uno de los siete pecados capitales, la soberbia; ese sentimiento que infla la autoestima, que busca atención y honor inmerecidos y se olvida de la hermosura de las faldas de quien único es capaz de hacerle agachar la cabeza: la humildad.

No hay que andar mucho para encontrar a los soberbios. Lo mismo están detrás de un mostrador, que trepados a un escenario, camuflados tras el traje de teoricistas baratos o mirándolo todo desde un cargo público que puede ser tan frágil como el mismo aire y del cual, casi siempre, se descalabran por poner grandes distancias entre el lugar cimero donde se encuentran y quienes le colocaron allí.

Al respecto, ese maestro de la fábula que fue Esopo nos cuenta la historia del ingenuo asno y el león que salieron de caza y, ante una cueva donde se refugiaban cabras monteses, el segundo se quedó a guardar la salida mientras el primero ingresaba a la caverna coceando y rebuznando, en un gran alarde y revuelo para hacerlas salir. Terminada la acción, preguntó este a la fiera si su actuar no le había parecido excelente y esta, en tono burlón, respondió: «¡Oh sí, soberbia, que hasta yo mismo me hubiera asustado si no supiera de quién se trataba!».

¿Qué quiere decirnos el fabulista? Si te alabas a ti mismo acabarás siendo objeto de burla de los demás, sobre todo de aquellos que bien te conocen.

En tiempos tan difíciles la humildad es un sentimiento que hay que cultivar a la luz del día. No aparece en los planes de producción de ninguna empresa. No está comprendida en la proyección de los organismos internacionales que buscan el bienestar común del mundo. Incluso la familia no la prevé en sus necesidades más acuciantes. ¡Pero es tan necesaria y hace tanto bien!

Los grandes personajes de la historia siempre la han echado en su morral a la hora de emprender una tarea humana. De ello dan fe Gandhi, Luther King, la Madre Teresa de Calcuta, el Che… Martí es nuestro mejor ejemplo.

En tal sentido el Apóstol de Cuba, que quiso hacer un compendio de razones éticas en su poesía para que comulgara a la vez con su propio ideario, nos lo demuestra en sus Versos Sencillos. No solo por el adjetivo preciso y cierto sino, también, por el modo en que construye este humilde podio poético. ¿Por qué la redondilla como vehículo? Se preguntó una vez cierta crítica y ella misma halló la respuesta; el sentido tan popular de esa forma estrófica utilizada en toda la América de su tiempo permitía que los versos pudieran ser cantados, incluso memorizados por los niños. De ahí su éxito literario y humano.

Martí jamás olvidó que nació en una de las más humildes callejuelas habaneras, fruto de dos sencillos ciudadanos de este país, ni siquiera durante su estancia en Nueva York, mordido por la nostalgia de nuestro sol.

«Arte soy entre las artes / y en los montes, monte soy…». Lección meridiana esta, en dos simples versos, que habla de la actitud del ser en circunstancias y escenarios distintos. Él, como nadie, supo ser la idea suprema del análisis profundo, llámese social, cultural o político, en los grandes círculos intelectuales de nuestro continente. Pero, a su vez, también logró poner su verbo y su ejemplo a la altura de los tabaqueros de Tampa en un equilibrio perfecto.

Decía el escritor francés Albert Camus que la estupidez insiste siempre. Pero contra ella es preciso, también desde la humildad, luchar. ¡Ah, contradicción humana: los grandes siempre sintiéndose pequeños, mientras los pequeños ególatras se creen grandes!

Todos conocemos la triste historia de Masicas. El significado del nombre del ambicioso personaje, que nos regalara Martí en uno de sus más populares cuentos rescatados de la literatura universal, significa fresa agria.

Cada quien sabe lo que cultiva y se hace responsable de ello. Todos conocemos el sabor de nuestras fresas y el de las del patio del vecino. En tiempos tan difíciles hay que saber producir la dulzura de los buenos sentimientos para que crezcan buenas obras, si no queremos amanecer un día, como la ambiciosa mujercilla del leñador, tristemente muerta, cubierta solo de harapos y con el morral vacío por almohada.

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