Navidad

Autor:

José Aurelio Paz

A estas alturas de diciembre, Manhattan es esa telaraña lumínica con sus fabricados Santa Claus recorriéndole las calles, mientras los homeless escuchan, desde el rincón menos frío de cualquier esquina, esa metálica y vacía voz que repite: «¡Merry Christmas!».

Lima también tendrá su Navidad y los niños de la calle, quienes tienen por casa, en la Plaza Dos de Mayo, los periódicos del día que no lograron vender, se preguntarán qué significa: «Noche de paz/ noche de amor...»; cuando la esperanza de una vida más digna está ausente del polvoriento camino que conduce «del puente a la alameda» y Chabuca Granda es ese fantasma insomne por la angustia, que ronda con los ojos desvaídos, ya sin «jazmines en el pelo y rosas en la cara...».

Puede ser que en Estocolmo, esta noche, cada perro tenga, en su cena de Nochebuena, como regalo de sobremesa, un hueso plástico y flamante con sabor a bisonte, a fresa o a tulipanes, junto a una tarjeta de felicitación que sus dueños le leerán, en un susurro paterno, al oído. Mientras, al otro lado del mundo, en las heladas noches mexicanas, los adolescentes «comecandelas» se llenarán la boca de keroseno y fuego, junto al enorme árbol de Navidad de la avenida Insurgentes, en un acto de magia agónico por quitarle a los choferes, frente a los semáforos, algunas monedas para una escueta cena.

Habrá ciudades de este planeta en que los abrigos de visón serán devorados por la mirada de quienes pasan frío al otro lado de la vidriera, y las grandes ofertas de lujosos autos competirán con los zapatos rotos de los que esperan, en las gélidas paradas, la llegada del autobús colectivo. Mientras, un enorme Niño Jesús, desde un pesebre de oro (¡vaya blasfemia!), resplandecerá en los altares de cualquier catedral junto a la plaza mayor.

¿Tendrán hoy en las mesas de Kazajastán, junto al tradicional pedazo de cordero, una botella familiar de Cocacola? ¿Logrará Berlín a pesar de no existir físicamente el muro, vendido cinco veces como souvenir político, conciliar la unidad de espíritu en una sociedad donde las diferencias sociales son cada vez más abismo y muralla? ¿Qué sucederá esta noche con los subsaharianos que, como aspiración única de un trabajo digno, son transportados en operaciones de tráfico humano a las costas españolas?

¿Cuál será el exquisito menú que recibirán los infantes de las tropas de ocupación en Nayaf, escogido especialmente por su aBUSHeado presidente? La política imperialista hará que la mayoría de los soldados «celebren» la Navidad a 17 000 kilómetros de sus hogares y, ¡tamaña ironía!, mucho más cerca de la tierra donde, según la tradición cristiana, nació Jesús de Nazaret, el niño que vino a traer la luz de la esperanza al mundo... no la luz segadora de los misiles.

¿Dónde andará naciendo, de verdad, la fraternidad a estas horas? ¿En una América que asusta al yanqui porque integra la voluntad del verdadero mensaje «paz y buena voluntad entre los seres humanos»?

Cuenta una anécdota que, en noche de Navidad, el Apóstol de Cuba desandaba las frías calles de Nueva York, durante su exilio, con su levita raída y sus zapatos rotos. Llevaba en la piel el glacial de la época que azotaba, sobre todo, su estómago. Un compatriota que le dio cobija en su casa, al recogerle la chaqueta se percató de un fardo de billetes en uno de los bolsillos. Intrigado, le preguntó a su huésped por qué, entonces, andaba en aquellas condiciones. Y Martí, con su impecable honestidad de siempre, le respondió que el dinero de los tabaqueros para la causa de la Patria era sagrado.

A estas alturas de diciembre, también en Cuba es Navidad, aunque su manifestación más clara y pegada a las esencias sea el discreto brasero que arde en sus iglesias, con la devoción cercana al acto mismo que dio razón a esta fecha. Ni Santa Claus en nuestras avenidas, ni niños sin techo ni almohada donde descansar su sonrisa, ni otros «comecandelas» que los cubanos de a pie, en la lucha por un país a la altura de sus palmas, donde el decoro y la bondad se suman en compartir la utopía de tiempos mejores para la Patria y la posibilidad de tejerle al mundo otro vestido mejor desde la perspectiva del amor.

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